El lunes, Josephine empezó la mañana más temprano de lo que habría querido. A las seis y media salió de la cama, se dio una ducha rápida y se vistió con pantalones, camisa, suéter y botas. Luego se maquilló lo justo y necesario, lo suficiente para que su nueva jefa no creyera que había contratado a un zombi.
Consiguió hacer todo eso en media hora y bajó a la cocina para preparar el desayuno. Por suerte, Kian no era un niño al que hubiese que rogarle que se levantara. Madrugaba por naturaleza y, aquel día en particular, la emoción por su primer día de clases lo había impulsado fuera de la cama antes que el despertador. Apareció en la cocina con el uniforme puesto… o más o menos. La camisa estaba mal abotonada, la corbata cruzada sobre el hombro y llevaba los zapatos en la mano. Al menos tenía los pantalones y los calcetines en su lugar.
Josephine sonrió, enternecida.
—Buenos días, mamá —dijo él, antes de correr a abrazarla.
Ella se agachó y lo estrechó con fuerza.
—Buenos días, mi pequeño hombrecito de negocios.
Kian frunció el ceño.
—¿De negocios?
—Claro. Así pareces de esos hombres que van por la vida con maletín y hacen cosas muy importantes —explicó con exageración.
Kian soltó una risa, y entonces Josephine apagó el fuego y comenzó a acomodarle la ropa. Le abotonó bien la camisa, le anudó la corbata con cuidado y luego lo ayudó a calzarse.
—El desayuno está listo. Ve a la mesa —le besó la frente—. Lo llevo enseguida.
Kian asintió obediente y salió corriendo. Josephine se quedó unos segundos quieta, apoyada en la encimera. Estaba nerviosa. Su hijo había comenzado las clases en Brighton y se había adaptado con rapidez, a pesar de haber estado allí apenas unos meses. Pero ahora… ahora estaban en Londres. Los grupos ya estarían formados, las amistades avanzadas, y temía que le costara encontrar su lugar.
Sacudió la cabeza, obligándose a alejar esos pensamientos. Debía confiar en él. En su simpatía natural.
Llevó el desayuno a la mesa y comieron (o más bien lo engulleron) intercambiando pocas palabras. Ambos sabían que estaban justos de tiempo. Cuando terminaron, se pusieron en condiciones finales: se lavaron los dientes, Josephine peinó a Kian y se dio un toque de color en los labios. Tomaron la mochila, el bolso, los abrigos y salieron hacia el auto.
Justo cuando estaba por ponerlo en marcha, su teléfono vibró.
Theodore: Suerte a ambos en su primer día.
Josephine sonrió y giró la cabeza hacia Kian.
—Theodore te desea suerte en tu primer día de clases.
Kian también sonrió.
—Dile que gracias. Y que espero que nos visite pronto.
Ella asintió, divertida y tecleó con rapidez.
Josephine: Gracias. Kian dice que espera que nos visites pronto. Que tengas un buen día tú también.
Guardó el teléfono, respiró hondo y puso el auto en marcha de una vez, porque no pensaba llegar tarde. No iba a quedar mal entre los otros padres. Porque siempre existía ese grupo silencioso y observador que evaluaba al resto con ojo crítico, y a veces con cierta malicia. Lo había aprendido gracias a sus cuñadas, que habían pasado por esa experiencia primero que ella. De hecho, ya había podido comprobar que no exageraban.
Llegaron al colegio con cinco minutos de sobra. Perfecto. Josephine se bajó del auto con la cabeza en alto, orgullosa de su puntualidad. Abrió la puerta de Kian; él saltó al suelo, se colocó la mochila y se tomaron de la mano para entrar.
Ella lo guió por los pasillos. Recordaba bien el salón; se la habían mostrado el día que fue a inscribirlo y a conocer las instalaciones. Cuando lo encontró, ambos se miraron y asintieron antes de llamar suavemente a la puerta.
La maestra, que estaba ayudando a unos niños con sus abrigos, terminó lo que hacía y les abrió con una sonrisa amplia.
—Buenos días, señora Huxley —saludó, estrechándole la mano a Josephine. Luego dirigió la mirada a Kian—. Estoy muy segura de que tú eres Kian.
Él sonrió al instante.
—¿Cómo lo sabe?
—Tengo pajaritos espías —respondió ella, guiñándole un ojo antes de hacerse a un lado—. Pasen, por favor. Soy Anne. Y, señora Huxley, tú nombre es Josephine, ¿verdad?
Josephine asintió, encantada por la calidez de aquella mujer. Ya la había conocido brevemente durante la visita, pero verla interactuar con Kian la tranquilizó aún más.
—Así es. Y estoy más nerviosa que él —admitió con una risa suave, mientras observaba cómo Kian soltaba su mano sin dificultad—. Creo que está mejor preparado que yo.
—Les pasa a todos los padres —la tranquilizó Anne—. Pero puedes estar segura de que, si Kian necesita algo, te llamaremos.
Josephine respiró un poco más tranquila.
—Vengan por aquí —continuó Anne—. Mira, Kian, este será tu espacio.
Señaló un pequeño perchero identificado con su nombre.
—Puedes guardar tus cosas aquí.