A la una en punto Josephine tuvo su receso para almorzar, así que salió de la oficina después de ordenar lo justo y necesario y se dirigió a la salida.
Apenas cruzó la puerta del edificio, lo vio.
Theodore ya estaba afuera, apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos y una postura relajada que contrastaba con el ritmo acelerado del lugar. Se incorporó apenas la vio, dedicándole una sonrisa abierta.
Ella se acercó con una sonrisa también.
—Hola, qué puntual —dijo.
Theodore rio suavemente.
—Imagino que no tendrás más que una hora.
—Exacto —asintió—. ¿Hay algo aquí cerca?
—Por allá —señaló con la cabeza—. Podemos ir caminando.
Josephine asintió sin dudar y comenzó a caminar junto a él.
—¿Tú viniste caminando? —preguntó mientras avanzaban.
—No, mi auto está aquí a la vuelta —explicó—. Hoy no me apetecía hacer ejercicio.
—Te entiendo —dijo Josephine riendo—. Estoy tan cansada.
—¿Sigues con la casa hecha un caos? —preguntó Theodore.
—Más o menos, ya está más decente, pero todavía falta —se encogió de hombros—. De todas formas, en mi primer día de trabajo ya me asignaron tres manuscritos, así que ordenaré a paso de tortuga.
—¿Tres manuscritos? —preguntó asombrado—. ¿Y cuánto tiempo tienes para leerlos?
—Dos semanas. No son muy largos y es lo que normalmente hacía en la antigua editorial.
Theodore asintió mientras cruzaban la calle, claramente impresionado.
—¿Ya conociste a tu jefa?
Josephine negó.
—Dejó a su asistente y él me hizo un recorrido, me mostró mi oficina y me dio los manuscritos. Un hombre súper amable —dijo con entusiasmo—. Mi jefa me envió un mensaje disculpándose, no estaba en la ciudad y su vuelo se retrasó, así que la conoceré en la tarde. Me atrevo a decir que ya es un ambiente mejor que en mi antiguo trabajo.
—Me alegra mucho escuchar eso —sonrió—. ¿Los manuscritos son todos de romance?
—Sí, todo color de rosas como me gusta —rio—. Ah, y lo bueno de este trabajo es que solo tengo que venir a la oficina los lunes y los viernes, o cuando tenga que reunirme con un autor o agente.
—¿Prefieres trabajar en casa?
—Sí, siento que trasladarme me hace perder tiempo —admitió—. Además, en mi casa me preparo todos los cafés que sean necesarios.
Theodore sonrió, como si entendiera perfectamente.
—Yo tengo mi propio estudio de arte en casa —explicó—. Así que puedo trabajar a la hora que se me dé la gana. Aunque ahora estoy tomándome un receso.
—¿Solo para exponer?
—Exacto —dijo, señalando un restaurante—. Es ahí.
Josephine asintió y lo siguió. Theodore se adelantó para abrirle la puerta y ella entró encantada, apreciando el gesto sencillo pero atento.
—Qué caballeroso —comentó, sonriendo—. Gracias.
Él rio.
—No es nada. ¿Dónde prefieres sentarte?
—Al fondo, creo que vi una mesa para dos.
Josephine se encaminó con seguridad para que él la siguiera y, efectivamente, encontró una pequeña mesa que no parecía pensada para más de dos comensales. Tenía un pequeño arreglo floral y cierto encanto discreto que la hacía acogedora.
Se sentó primero y Theodore se ubicó frente a ella con actitud tranquila. Una mesera no tardó en traerles el menú y ellos no demoraron en pedir lo que querían comer. Filete de carne con papas fritas. ¿Saludable? No tanto, pero era exactamente lo que Josephine necesitaba para sobrevivir el resto del día sin desmoronarse.
—¿Y entonces Kian se quedó tranquilo en el colegio? —preguntó Theodore cuando la mesera se fue con sus pedidos.
—Muy tranquilo, pero a mí hasta se me escaparon unas lágrimas —rio negando con la cabeza—. Es que estaba precioso y su uniforme lo hacía ver como un pequeño señor de negocios.
Theodore rio.
—Son duros los primeros días de clases —concordó—. Lo pasé con Sophie hace ya unos cuantos años y hace poco con Louis. Yo no lloré, pero mis hermanos… para ellos fue un momento complejo.
—Estoy segura de que nadie está listo para afrontar que sus hijos ya no son bebés —dijo con seriedad. Luego sonrió a medias—. Perdona, hoy estoy en modo mamá dramática y nostálgica. Es probable que en la noche me ponga a ver fotos viejas.
Theodore rio con suavidad.
—No me molesta. Para eso te invité, supuse que necesitabas un hombro.
Josephine le sonrió, agradecida.
—Me caes bien —dijo. Luego bajó la voz, casi en un susurro—. Y te juro que no es porque seas Calloway.
Theodore la miró con complicidad, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—¿Por qué susurras?
Josephine alzó apenas los hombros, todavía inclinada hacia adelante, como si aquello fuera un secreto de vida o muerte y no una simple conversación durante el almuerzo.