El héroe de Kian

~10~

Josephine supo que su jefa era buena (o al menos decente, que ya era mucho) apenas la vio entrar esa tarde a su oficina con expresión preocupada. No fue una entrada triunfal ni autoritaria, sino más bien apurada, humana, como si hubiese llegado con una lista mental de cosas pendientes que no lograba ordenar.

Era una mujer espléndida. Josephine calculó que debía rondar los sesenta años, aunque había algo en su porte y en su manera de moverse que la hacía parecer eternamente joven. Era coqueta, elegante sin esfuerzo, y tenía esa clase de presencia con la que no se necesita elevar la voz para imponerse.

—Josephine —dijo con una sonrisa avergonzada—, lo siento mucho, qué pena no haber estado aquí en la mañana.

Josephine respondió con una sonrisa tranquila y sincera.

—Señora Ravencroft, encantada de conocerla —le estrechó la mano con firmeza—. No se preocupe, un percance puede tenerlo cualquiera y no hay forma de controlar los vuelos.

La mujer resopló suavemente y tomó asiento, como si esas palabras le hubiesen quitado un peso de encima. Josephine se acomodó frente a ella, separadas por el escritorio, notando que por primera vez en mucho tiempo no se sentía tensa al estar frente a una figura de autoridad.

—Odio ser impuntual —negó con la cabeza—, pero supongo que ya no puedo hacer nada al respecto —sonrió—. ¿Cómo estuvo el recorrido por la editorial? ¿Te sientes a gusto? ¿Derek fue lindo contigo?

Josephine no dudó ni un segundo.

—Estoy encantada con este lugar —confirmó con una sonrisa honesta—. Y Derek fue muy amable y simpático. Me hizo sentir bienvenida desde el primer momento.

—Excelente —respondió, claramente aliviada—. Me alegra escuchar eso.

Hubo un pequeño silencio, cómodo. Esa mujer tenía algo parecido a la calidez de su madre.

—Bueno —continuó—, creo que no tengo mucho más que hacer que darte oficialmente la bienvenida al equipo. No dudes en preguntar si tienes cualquier duda, por pequeña que parezca.

—Muchas gracias, señora Ravencroft —respondió Josephine con sinceridad—. De verdad estoy muy contenta de trabajar aquí y no se va a arrepentir de haberme contratado.

Ella sonrió de una manera que hizo que Josephine se relajara aún más.

—Puedes llamarme Rose.

Josephine alzó las cejas, divertida.

—De acuerdo, admito que me gusta más que señora Ravencroft.

Rose rio mientras se ponía de pie.

—A mí también —confesó—. Generalmente solo dejo que me llamen por mi apellido las personas que me caen mal.

Josephine no pudo evitar reír con ella. Aquello ya era una muy buena señal.

—Siento que sea una charla tan corta —agregó Rose—, pero debo hacer algunas llamadas que me quedaron pendientes de la mañana.

—Descuida —respondió Josephine—. Yo iba a empezar a juntar mis cosas, no quiero llegar tarde por mi hijo.

—Pero claro, tienes un bebé —dijo Rose con ternura—. Y sí, recuerdo su edad, solo que sé muy bien que las mamás tenemos bebés de por vida.

Josephine rio, sintiéndose extrañamente comprendida.

—¿Tienes hijos? —preguntó.

—Dos —respondió Rose—. Un hombre y una mujer, ambos cerca de los cuarenta. Y hasta soy abuela, pero para mí siempre serán mis niños.

Josephine asintió con una sonrisa suave.

—Creo que me pasará lo mismo.

—No lo dudes —respondió Rose suspirando, con una mezcla de cansancio y cariño—. Bueno, querida, no te distraigo más. Ve por tu bebé. Ha sido un placer conocerte.

—Lo mismo digo —respondió Josephine con una felicidad que no intentó disimular.

Rose salió de la oficina con paso decidido. Josephine tuvo la ligera sospecha de que era de esas personas que siempre estaban corriendo de un lugar a otro, no por desorden, sino porque su trabajo y su vida eran una agenda llena.

Recogió los manuscritos, su estuche con lápices, rotuladores y bolígrafos (no podía trabajar sin ellos) y salió rumbo al estacionamiento, saludando a un par de compañeros con la mano. Le devolvieron el saludo y eso le provocó una sonrisa automática.

Una vez dentro del auto, suspiró largo y profundo.

Había sobrevivido al primer día de trabajo. Y no solo eso, lo había hecho con éxito. Algo en su interior le decía que iba a adaptarse rápido a Londres. No era una certeza, era más bien una corazonada, pero Josephine solía confiar bastante en esas sensaciones.

Su teléfono vibró.

Al ver la pantalla, sonrió sin darse cuenta.

Theodore: Si ya saliste del trabajo, ¿puedo llamarte?

Josephine no lo pensó demasiado. Marcó de inmediato, activó el altavoz y dejó el teléfono a un lado antes de poner el auto en marcha.

La voz de Theodore se escuchó unos segundos después.

—Josephine…

—Theodore —respondió ella, con ambas manos en el volante y la vista al frente—. ¿Ocurre algo?




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