Theodore había pasado la tarde del lunes en un estado que no lograba definir del todo. No era ansiedad exactamente, tampoco nervios, pero sí una expectativa persistente que se colaba en cada cosa que hacía. Ni hablar de la noche. Se acostó temprano, pero le costó dormir, como si su mente se negara a apagarse del todo.
Tenía muchas ganas de visitar a Josephine.
Y ese pensamiento, simple y directo, fue el que lo hizo ponerse de pie temprano cuando amaneció el martes. No porque tuviera obligaciones urgentes ni porque alguien lo esperara a primera hora, sino porque quedarse en la cama se le antojaba imposible. Así que se levantó, se dio una ducha larga, dejó que el agua caliente le despejara la cabeza y, una vez vestido, se preparó un café fuerte.
Mientras lo bebía de pie en la cocina, apoyado contra la encimera, se sorprendió a sí mismo sonriendo sin motivo aparente. No recordaba la última vez que una invitación a almorzar le había generado esa sensación de anticipación agradable, casi juvenil.
Después tomó las llaves y salió rumbo a la pastelería de su hermana Catherine. El trayecto lo hizo casi en automático y una vez allí, eligió con cuidado. No sabía qué podía llegar a gustarle a Josephine, pero optó por algo clásico: chocolate. Era una apuesta segura. La mayoría de las personas amaban el chocolate. A no ser, claro, que tuviera alergias o una aversión profunda e inexplicable hacia él, cosa que esperaba no fuera el caso.
También pidió una tarta de fresas, fresca y delicada, para la abuela Judith. Al fin y al cabo, antes de ir a casa de Josephine debía pasar por la suya.
Diez minutos más tarde llegó a su primer destino con dos cajas cuidadosamente acomodadas entre los brazos. Apenas cruzó la puerta, Judith lo miró de arriba abajo con una ceja levantada, gesto que Theodore conocía demasiado bien.
—¿Te despertaste con antojos? —preguntó, burlona.
—No deberías reírte —respondió él con una media sonrisa—, porque uno es un obsequio para ti.
Judith sonrió con perspicacia.
—¿Y el otro?
—Un postre para Josephine.
—¿Para la vecina?
—Sí —asintió Theodore mientras dejaba una de las cajas sobre la mesa—. Me invitó a almorzar y creí que sería un buen gesto llevar el postre.
Judith soltó una risita y se sentó con cuidado, apoyando el bastón en la silla de al lado.
—¿Te gusta?
Theodore abrió el refrigerador y guardó el postre.
—Me cae bien.
Judith lo observó con desconfianza, sin parpadear.
—Es bonita.
—¿Ya la conociste? —preguntó Theodore.
—La observo por la ventana.
Theodore estalló en una carcajada.
—¿No sería más fácil salir y saludarla?
—Bueno —respondió Judith con naturalidad—, ya que es tan amiga tuya, podrías decirle que venga.
Theodore negó con la cabeza, aún riendo. Sacó la tarta de fresas, la colocó sobre la mesa y comenzó a cortarla en porciones. Luego se sentó frente a ella y empezó a servir el té que Judith ya había preparado.
—No es tan amiga —explicó—, solo estamos conociéndonos. Aunque, la verdad… es como si la conociera de toda la vida. Nuestras conversaciones fluyen.
—Te gusta —sentenció Judith sin dudar.
—Me cae bien —insistió—. Es muy graciosa y cálida.
—Te le quieres meter en la cama —dijo Judith, y luego dio un sorbo al té como si hubiese comentado el clima.
Theodore casi se atraganta.
—¿Es en serio? —preguntó entre risas—. Acabo de conocerla.
—¿Por qué de pronto eres tan mojigato?
—No es que sea mojigato —replicó—, pero una cosa es hablar con una mujer para pasar el rato y otra diferente es hacer amistad con una vecina. ¿Me parece linda? Sí. Más que eso, es bellísima y tiene la sonrisa más hermosa que he visto en mi vida —admitió sin darse cuenta—, pero no creo que esté interesada en citas.
—¿Por qué no?
—Porque acaba de mudarse a una ciudad nueva y se nota que necesita un amigo —respondió, llevándose un trozo de tarta a la boca.
—¿Y qué es mejor que un amigo con el que te puedes dar acostones?
Theodore soltó una carcajada abierta.
—¿Es porque tiene un hijo? —continuó Judith.
—No, claro que no —negó de inmediato—. Eso no me detendría si quisiera algo con ella. Solo… no quiero arruinarlo. Parece ser la única mujer que no finge que le importa lo que digo.
Judith lo miró con atención, evaluándolo.
—Bueno, es que tus últimas citas fueron con puras superficiales —comentó—. Se te pegan como moscas a la miel.
—De todas formas ahora prefiero enfocarme en mis exposiciones —se encogió de hombros—. Resulta que la mamá de Josephine es mi fan, así que las invité.
—Así que vas a conocer a la suegra —se burló.
—Mjm —respondió con la boca llena. Luego tragó—. No sé a dónde quieres llegar con esto.