Josephine abrió la puerta apenas Theodore le envió el mensaje avisándole que estaba por cruzar la calle. No porque fuera estrictamente necesario, sino porque la idea de verlo llegar le despertó una impaciencia inesperada. Al hacerlo, lo vio a mitad de camino, cargando una caja con una mano, la otra hundida en el bolsillo del abrigo y el rostro casi completamente oculto por la bufanda y el cuello levantado.
—Tienes suerte, tengo la chimenea encendida —le dijo Josephine apenas lo tuvo lo suficientemente cerca como para que la oyera sin necesidad de alzar la voz.
Él rio mientras se descubría el rostro.
Josephine se hizo a un lado para dejarlo pasar y, cuando cerró la puerta, lo saludó con un abrazo ligero y una palmadita en el brazo, un gesto sencillo que se sintió natural, como si llevaran más tiempo conociéndose del que realmente había pasado.
—Traje el postre —informó Theodore, levantando un poco la caja—. Ya hay olor a comida casera, que delicia.
—Ah, sí, ya tengo todo en marcha —respondió ella tomando la caja—. Ponte cómodo. Puedes colgar el abrigo, sentarte en el sofá —señaló con la cabeza—. Como en tu casa. ¿Te ofrezco algo de beber?
—No, gracias —dijo él con una sonrisa tranquila.
—De acuerdo. Dejaré esto en el refrigerador y regreso enseguida.
Theodore asintió mientras se quitaba el abrigo y lo colgaba con cuidado. Josephine fue hasta la cocina, guardó el postre y revisó el horno. El pollo dorado burbujeaba suavemente en la fuente, la salsa espesa y aromática anunciaba que todo marchaba según lo planeado. Sonrió satisfecha, ajustó apenas la temperatura y regresó a la sala.
—¿Estabas leyendo aquí? —preguntó Theodore, señalando la manta doblada de forma poco prolija sobre el sofá.
—Sí —respondió con una sonrisa medio culpable mientras se sentaba y se cubría las piernas—. Y por si te lo preguntas, efectivamente estoy de pijama.
Theodore la observó con más atención, recorriendo el pijama, el cabello recogido en una coleta y rio.
—Descuida, es tu casa al fin y al cabo —se encogió de hombros.
—Te prometo que iré como una persona más elegante a tu exposición —dijo ella, divertida.
—Bueno, honestamente yo no voy a juzgar cómo te vistas para asistir a mi exposición —admitió—. De eso se encargan los mismos asistentes.
Josephine soltó una carcajada genuina y se inclinó un poco hacia él, cómplice.
—Tienes mucho público estirado.
—No fui yo quien lo dijo —respondió, fingiendo inocencia.
Josephine volvió a reír.
—Con mi mamá tenemos una especie de juego —explicó—. Cuando vamos a lugares así, sobre todo de arte, jugamos a vestirnos como gente fina, pero en realidad somos esto —se señaló a sí misma—. Dos señoras que aman estar en pijama.
Theodore sonrió con un destello pícaro y se inclinó apenas hacia ella.
—Creo que llevo jugando ese juego unos cuantos años.
—Bueno, no me sorprende —dijo Josephine apoyando el brazo en el respaldo del sofá—. Mi mamá siempre recalca tu sencillez. Asegura que eso no se puede fingir.
—¿De verdad dice eso?
—Sí —confirmó—. Te ama.
Theodore rio, llevándose una mano al pecho.
—En serio espero no decepcionarla cuando me conozca.
—No creo —aseguró Josephine—. Eres muy cálido y transmites vibras bonitas.
—Gracias —dijo él, visiblemente halagado—. Y entonces, ¿qué vas a usar para la exposición?
—Todavía no tengo una idea concreta —admitió—. Debo llamar a mi mamá y lo haré esta noche, así que probablemente nos pongamos de acuerdo. Nos gusta combinar.
—¿Por qué presiento que tu mamá es súper divertida?
—Porque lo es —respondió sin dudarlo.
Theodore sonrió, como si esa confirmación fuera exactamente lo que esperaba oír.
—¿Sabes? —dijo luego, cambiando de tema con aparente ligereza—. Hablando de familia, ¿te gustaría conocer a mi abuela?
Josephine lo miró con curiosidad.
—¿A tu abuela?
—Sí, la de aquí enfrente —explicó—. Es muy chismosa y sabe que hay nueva vecina, pero por ahora solo se limita a observarte por la ventana —hizo una mueca algo incómoda—. Me dijo que te invitara a beber el té algún día.
Josephine rio enternecida. Su propia abuela, que en paz descansara, había sido una experta en ese mismo arte: esconderse tras las cortinas.
—Sí, claro —respondió—. Con gusto iré a conocerla. De hecho, hoy hablé un momento con la vecina de aquí al lado. Y más tarde iré a casa de tu hermano, porque le escribí a Sophie.
—¿Sí?
—Sí —asintió—. Me respondió hace un rato. Dice que encantada hará la prueba y yo le dije que iría a verla. Me parece más apropiado que sus padres me conozcan, porque soy una extraña.
—Me alegra escuchar eso —dijo Theodore, entusiasmado—. Seguro vas a llevarte muy bien con mi cuñada. No es porque sean mi familia, pero son muy simpáticos y van a recibirte excelente.