El héroe de Kian

~13~

Theodore sonrió apenas probó el pollo. No fue una sonrisa educada ni una de compromiso, sino una auténtica, de esas que aparecen sin permiso cuando algo supera las expectativas. Masticó con calma, como si quisiera asegurarse de que no era una ilusión provocada por el hambre, y luego volvió a pinchar otro trozo, confirmando que no, que aquello estaba realmente bueno. Tan bueno que, por un segundo, se preguntó si Josephine no habría estudiado secretamente cocina con algún chef profesional en algún momento de su vida.

—¿Tiene mostaza? —preguntó al fin, mirándola con interés genuino.

Josephine abrió los ojos de golpe y, sin pensarlo dos veces, lo tomó del brazo con gesto horrorizado.

—Ay, por favor, no me digas que eres alérgico.

Theodore rio de inmediato, sorprendido por la rapidez de su reacción.

—No, no —se apresuró a decir—. Tranquila. Es que estoy intentando descifrar qué es lo que lo hace tan bueno.

Josephine soltó el aire que parecía haber estado conteniendo desde que él pronunció la palabra mostaza.

—Menos mal —dijo, llevándose una mano al pecho—. Ya me estaba imaginando una visita de urgencia al hospital y a mí explicándole a los médicos y la policía que no quise envenenarte.

—Habría sido una historia muy poco gloriosa —bromeó Theodore.

—Sí, especialmente para mí.

Ella volvió a sentarse correctamente y asintió.

—Sí, tiene mostaza —confirmó—. Pero no puedo decirte más.

—Bueno, de cierto modo tampoco me serviría saberlo —admitió Theodore—. No sé cocinar ni con receta.

Josephine alzó una ceja, claramente intrigada.

—¿Cómo es eso posible? —preguntó—. Si yo te diera las proporciones justas, ¿igual te saldría mal?

Theodore asintió lentamente, con seriedad.

—Yo sé que parece que soy un perezoso que no quiere aprender —se llevó la mano al corazón—, pero te prometo que lo he intentado. La comida se me quema, se me queda cruda o, milagrosamente, logra estar ambas cosas a la vez. Y eso sin mencionar que no tengo buen criterio con la sal: o me paso o no pongo nada.

Josephine rio, negando con la cabeza.

—Eso es… un talento especial.

—No el tipo de talento que uno presume —admitió—. Así que como comida hecha y, cuando mis hermanos me invitan a almorzar o cenar, soy inmensamente feliz. Ah, y mi abuela siempre me prepara alguna cosa para que me lleve a casa.

—Oh —dijo Josephine con una sonrisa suave—. Qué linda. Tu abuela debe ser una persona muy dulce.

Theodore ladeó la cabeza y sonrió a medias, como si estuviera midiendo la respuesta correcta.

—Más o menos —dijo al fin—. Digamos que lo que tiene de dulce lo tiene de descarada y chismosa.

Josephine, que justo se estaba llevando otro trozo de pollo a la boca, no pudo evitar reír. Lo hizo con tanta ganas que tuvo que cubrirse la boca con la mano mientras masticaba, y tardó un segundo más de lo normal en tragar.

—Yo creo que las personas se ponen más descaradas con la edad —opinó finalmente—. Mi abuela solía decir que, después de vivir tanto, ya no le importaba lo que la gente pensara de ella. Y entonces soltaba comentarios… poco apropiados.

—¿Solía decir? —preguntó Theodore con cuidado.

—Falleció —asintió ella lentamente—. Era una abuela increíble. Lamentablemente solo pude conocerla a ella. Era la mamá de mi mamá. Mi abuelo materno murió cuando yo tenía cinco años, así que mis recuerdos de él son bastante borrosos. Y mis abuelos paternos fallecieron antes de que yo naciera.

Theodore la escuchó con atención, dejando el cubierto a un lado.

—Te entiendo —dijo con suavidad—. Mis abuelos paternos murieron cuando yo era muy joven y mis abuelos maternos… no eran cariñosos ni nada de eso que uno espera de un abuelo. Nunca tuvimos relación. Ni siquiera mi mamá la tenía.

—Lo siento mucho —dijo Josephine, y le acarició el brazo de manera instintiva.

Theodore bajó la vista un segundo hacia el lugar donde ella lo tocaba y sonrió. Empezaba a darse cuenta de que Josephine era de esas personas que expresaban afecto con el cuerpo: abrazos espontáneos, palmaditas, caricias tranquilizadoras. Y, lejos de incomodarlo, aquello le resultaba extrañamente reconfortante.

—Espera —dijo ella de pronto, frunciendo el ceño—. Entonces tu abuela de aquí enfrente es…

—Una abuela adoptiva —aclaró él.

—¡Ah! —Josephine se inclinó ligeramente hacia adelante, interesada—. ¿Y quién adoptó a quién?

Theodore se lo pensó un momento.

—Creo que ella a mí —respondió—. La cosa fue así: cuando mi hermano Alex se mudó a este barrio, ella ya vivía aquí. Cuando Sophie era bebé, yo la sacaba a pasear en la carriola y siempre intercambiaba saludos con quien, hasta ese momento, era conocida como la señora Carter, la chismosa del barrio.

Josephine sonrió, encantada.

—¿Vivía sola?

—Sí —asintió—. Ya era viuda. Tiempo después yo empecé a viajar por el mundo y apenas volvía a Londres para pasar un rato con mis hermanos y con Sophie. Pero siempre que regresaba y la veía, la saludaba. Nos quedábamos charlando un rato. Un día hizo una tarta de manzana espectacular y me invitó a pasar a su casa a tomar el té.




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