Josephine llamó a la puerta de la casa de los Blake y esperó a ser atendida junto a Kian, quien estaba bastante ansioso por conocer a su posible niñera. Él se balanceaba levemente sobre las puntas de los pies, como si eso pudiera acelerar el proceso de espera.
—¿Crees que sea amable? —susurró, levantando la vista hacia ella con ojos expectantes.
Josephine apretó su mano con suavidad, transmitiéndole calma, o al menos intentándolo.
—Tiene que serlo o no podrá ser tu niñera —respondió con dulzura—. No te preocupes, no te voy a dejar con nadie con quien no te sientas a gusto.
Kian asintió y apretó un poco más fuerte su mano, como si ese gesto sellara un pacto silencioso entre ambos. Josephine sonrió justo cuando la puerta se abrió.
Una mujer de cabello rubio, sonrisa amplia y mirada amable apareció frente a ellos, irradiando una calidez que se sentía incluso antes de que hablara.
—Bienvenidos, deben ser Josephine y Kian —dijo con entusiasmo, haciéndose a un lado—. Pasen, por favor, yo soy Isabelle.
Josephine se relajó de inmediato. Había algo en el tono de Isabelle, en su forma de moverse, que resultaba tranquilizador.
—Es un gusto conocerte, Isabelle —respondió con una sonrisa.
—¿Eres la mamá de Sophie? —intervino Kian, visiblemente emocionado.
Isabelle cerró la puerta y comenzó a guiarlos hacia el interior de la casa, que olía delicioso, como si alguien estuviera horneando.
—Así es, soy la mamá de Sophie —confirmó—. Ella está sacando unas galletas del horno ahora mismo, pero vendrá enseguida.
Y ahí estaba la respuesta a tan espectacular aroma. Josephine agradeció en silencio la dedicación.
—Pónganse cómodos —continuó Isabelle al llegar a la sala—. ¿Te gusta el chocolate caliente, Kian?
Kian asintió sin dudarlo.
—Me encanta.
—Perfecto —sonrió Isabelle—. Entonces enseguida regreso, voy a ayudar a Sophie.
—De acuerdo, gracias —dijo Josephine, encantada con tanta dulzura.
Isabelle desapareció rumbo a la cocina.
—Qué agradable —susurró Kian.
Josephine rio en voz baja.
—Sí, seguro Sophie es igual de encantadora.
Kian frunció el ceño, pensativo.
—¿Esa mujer es la hermana de Theodore?
Josephine negó con paciencia, acostumbrada a los laberintos familiares que los adultos daban por obvios.
—Ella está casada con el hermano de Theodore.
Kian asintió lentamente, procesando el parentesco con seriedad absoluta. Pero no llegó a formular otra pregunta porque en ese momento apareció Sophie con una bandeja cargada de galletas y una taza humeante de chocolate caliente. Tenía el cabello negro recogido de manera práctica y una expresión segura, serena, impropia de alguien de su edad. Dejó todo sobre la mesa de centro y se acercó a ellos.
—Sophie Blake —se presentó, extendiendo la mano—. Qué gusto conocerlos al fin.
Josephine le estrechó la mano, divertida por la formalidad.
—Hola, Kian —dijo Sophie enseguida, repitiendo el gesto con él, pero con una suavidad especial—. Aquí tienes chocolate caliente. Bebe con cuidado, ¿sí? Creo que quedó bien, pero por si acaso.
Le entregó la taza con cuidado y señaló la bandeja.
—Y ahí tienes galletas, son de limón.
Kian la miró como si fuera una heroína de película.
—Gracias —murmuró, sin apartar los ojos de ella.
—Josephine, mamá trae enseguida el té para nosotras —agregó Sophie.
Josephine levantó las cejas, ligeramente impresionada.
—Gracias —dijo—. Pero qué forma de atendernos.
Sophie sonrió con una expresión orgullosa, casi profesional, y se sentó frente a ellos. Luego tomó una carpeta que descansaba en el sofá y, con total naturalidad, sacó una hoja dentro de un folio transparente.
Josephine tardó un segundo en procesarlo.
¿Era… un currículum?
Se obligó a no mostrar sorpresa cuando confirmó que efectivamente lo era.
—No tengo experiencia laboral formal, claramente —dijo Sophie sin el menor rastro de vergüenza—, pero tengo buenas aptitudes para ser la niñera de Kian.
Josephine tomó el currículum y comenzó a leerlo con atención, tratando de mantener una expresión neutra, aunque por dentro estaba genuinamente sorprendida.
—Tocas violín —comentó, alzando la vista.
—Y piano —agregó Sophie con una sonrisa tranquila.
Kian dejó de respirar por un segundo.
—¿Es difícil? —preguntó.
—No si te gusta —respondió Sophie—. Y si te interesa, puedo enseñarte a tocar cualquiera de los dos.
—Sí, sí quiero —dijo él sin pensarlo dos veces, con los ojos abiertos de par en par.