Josephine se contempló frente al espejo mientras se aplicaba la crema facial con movimientos lentos y metódicos, como si aquel pequeño ritual nocturno fuera una forma de decirle a su cuerpo que el día había terminado y que podía, por fin, relajarse. El aroma suave de los productos que había usado en su baño había invadido el dormitorio, mezclándose con el del té que reposaba sobre el tocador, ya casi frío.
Kian se había dormido temprano, exhausto. El colegio, las nuevas rutinas, las emociones acumuladas y la visita a casa de los Blake habían drenado cada gramo de energía que tenía. Josephine lo había arropado con cuidado, besado en la frente y se había quedado observándolo unos segundos más de lo necesario, sonriendo como la mamá orgullosa que era.
Luego se había regalado ese baño largo, sin apuro y al finalizar se había envuelto en su bata de señora (porque no había mejor forma de describirla) escuchando música baja y permitiéndose el lujo de usar absolutamente todas las cremas y aceites posibles, incluso aquellos que guardaba “para ocasiones especiales”, aunque no supiera muy bien qué calificaba como tal.
Había mensajeado a su madre para llamarla, con la idea de hablarle finalmente de su encuentro con “Mathis Calloway” pero ella estaba por salir rumbo al teatro con sus amigas, así que habían acordado hablar a la mañana siguiente sin falta. Josephine no se molestó; al contrario, sonrió al imaginarla arreglándose frente al espejo con entusiasmo juvenil.
Así que ahí estaba, frente al espejo, con la piel brillante por la crema, debatiéndose entre buscar una película o leer un par de páginas de la novela que tenía empezada.
Hasta que su teléfono vibró.
Josephine bajó la vista y sonrió de inmediato.
Theodore: ¿Estás durmiendo?
Ese hombre aparecía siempre en el momento justo, como si tuviera un radar especial para rescatarla, esta vez, del más absoluto aburrimiento.
Josephine: No. ¿Quieres hacer videollamada?
No hubo respuesta escrita. En cambio, la pantalla se iluminó con su nombre. Josephine soltó una pequeña risa, dejó el teléfono apoyado contra el espejo y atendió.
—Hola —saludó, agitando la mano con naturalidad.
—Hola —respondió él, sonriendo—. Perdona la hora, estoy por cenar y quería compañía.
A Josephine le gustó esa frase. Compañía. No distracción, no pasar el rato. Compañía.
—Descuida —dijo—. Yo estaba pensando qué hacer. El plan era charlar con mi mamá, pero tenía cosas que hacer.
—¿Kian ya está durmiendo?
—Sí —respondió con una sonrisa—. El colegio drena sus energías —bromeó—. Además estuvimos con Sophie e Isabelle y claro, después tuvo que regresar a hacer la tarea.
—Día largo —comentó Theodore mientras se movía por la cocina con el pitido del microondas de fondo—. ¿Qué te pareció Sophie?
—Impresionante. No encuentro otra forma de describirla —rio—. Mañana hará una prueba.
—Sabía que era una buena opción.
Josephine notó el orgullo en su voz y no pudo evitar sentirse enternecida.
—¿Qué vas a cenar? —preguntó, curiosa.
—Pasta casera, no hecha por mí, por supuesto —rio, mostrándole el recipiente—. Mi madre me envió un mensaje en la tarde diciendo que me había guardado una porción.
—Tiene buena pinta.
—Es italiana, ella sabe de estas cosas.
—En teoría tú eres medio italiano entonces.
—Sí, pero mis hermanos se robaron todo el don ancestral culinario.
Josephine se llevó una mano a la boca para contener la carcajada. Agradeció que Kian durmiera profundamente.
Mientras tanto, Theodore se desplazó con el teléfono en la mano.
—Tú no digas nada, pero voy a comer en el sofá.
—Tiene sentido —dijo ella—. Cuando uno está solo no es necesaria la mesa.
—Exacto. Literalmente tengo una mesa solo para cuando viene mi familia. O cuando tengo una cita.
Josephine inclinó ligeramente la cabeza, con una sonrisa pícara.
—¿Y no has tenido citas últimamente?
—No —se encogió de hombros—. Estoy algo así como espantado. Es como si no pudiera conectar con nadie.
Josephine suspiró con comprensión.
—Te entiendo. Hace unos meses tuve una cita y el hombre no dejó el teléfono en toda la cena.
—Qué incómodo.
—Sí. Tenía que repetirle dos veces las cosas porque obviamente no me escuchaba —recordó divertida—. No volví a probar nada más luego de eso. Literalmente fue como… ¿dejé a mi hijo al cuidado de mis padres por esto? No señor. Podría haber visto una película con él.
—¿Cómo lo conociste?
—Por una compañera de trabajo, amigo del novio de ella —explicó—. La pobre no sabía cómo pedirme disculpas.
—También me hubiese dado pena presentarte a semejante idiota.