Cuando el rostro sonriente de Josephine apareció en la pantalla de su teléfono, Theodore sintió que algo en su pecho se acomodaba en su sitio con una facilidad inquietante. Sonrió casi por reflejo.
—Buenas noches —saludó.
—Hola, estaba esperando este momento —dijo ella, suspirando con dramatismo exagerado.
Él arqueó una ceja.
—¿Hablar conmigo?
—Meterme a la cama —admitió sin pudor—, pero te juro que también hablar contigo.
Theodore entornó los ojos, divertido.
—Me siento ofendido.
—Pero si dije que también quería hablar contigo —rio Josephine—. Eres mi único amigo aquí, así que valoro mucho nuestras conversaciones.
Amigo. Sostuvo la palabra en silencio un segundo más de lo necesario, como si necesitara probarla para entender si le gustaba o no.
—Acabas de redimirte —bromeó.
—Si te tuviera al lado te daría un golpe —resopló ella.
—No creo que quieras golpearme luego de la propuesta que tengo para ti.
Josephine entrecerró los ojos con curiosidad.
—¿Otra más? Ya tenemos demasiados planes pendientes.
Y era cierto. Theodore hizo un rápido inventario mental: exposición, cena prometida con vino para chismes, clases de pintura, clases de cocina, fiesta con djs, encuentro con la abuela Judith, presentación de Louis y Kian… ¿En qué momento su agenda social se había vuelto tan interesante?
—Sí, pero esto es algo para hacer el viernes en la noche —dijo con entusiasmo genuino—. ¿Qué dices si cenamos afuera para celebrar su primera semana en Londres?
La vio acomodarse entre las almohadas, con esa naturalidad doméstica que, sin saber cómo, le parecía íntima.
—Me encantaría.
Y ahí estaba otra vez esa sensación: lo fácil que era todo con ella.
—Bien, yo paso a buscarlos.
—De acuerdo, Kian va a estar contento. Tenía tanto miedo de que no le guste Londres, pero se está adaptando muy bien —suspiró aliviada—. Y ahora que tiene niñera…
—¿Aprobaste a Sophie? —la interrumpió, incapaz de disimular el orgullo.
—Sí, porque es excelente —dijo con una sinceridad que lo dejó satisfecho—. Trató a Kian con tanta dulzura que quedé encantada. Mañana vendrá otra vez como para que se acostumbre a la casa y el viernes ya será su primera vez sin mi supervisión.
Theodore sonrió. Sophie estaría insoportable de felicidad.
—Me alegra mucho escuchar eso.
—Te agradezco la sugerencia, me ahorraste tiempo.
—No es nada.
—Sí lo es, creo que Kian tiene razón con lo de que eres un héroe.
Él negó, divertido.
—Solo quise ser hospitalario, para que digas “oh, qué amable la gente de Londres”.
Josephine rio y, por un segundo, Theodore se permitió disfrutar del hecho de que era él quien provocaba esa risa. No una vez. Varias veces por día.
Tal vez, la abuela Judith tenía razón.
Tal vez él se estaba sintiendo ligeramente atraído por Josephine.
Pero solo un poco.
Y eso, curiosamente, era lo que lo inquietaba porque no tenía una semana de conocerla.
No era que no pudiera sentir atracción por una mujer que acababa de conocer; eso le había pasado antes y no tenía nada de extraordinario. Lo verdaderamente extraño era otra cosa. Era esa cercanía que no había sido construida con tiempo, sino que parecía haber estado ahí desde el primer momento. La conexión inmediata. La facilidad con la que podían pasar de un tema trivial a algo personal sin que resultara incómodo. Esa sensación de estar hablando con alguien que, de algún modo inexplicable, ya lo conocía.
—Ey —dijo Josephine.
Theodore parpadeó.
—¿Sí?
—Te estaba diciendo que… bueno, no importa. ¿En qué te quedaste pensando?
—En nada —negó, aunque le salió con entonación sospechosa.
Josephine volvió a reír.
—Claro, en nada. Típico.
Sí. Definitivamente su risa tenía efectos secundarios en él.
—¿Tienes sueño? —agregó ella.
—No, ¿y tú? —respondió él, intentando recomponerse.
—Tampoco, pero yo no soy la que se quedó mirando a la nada y le perdió el hilo a la conversación —dijo con mirada traviesa—. ¿Algo que te aqueje de lo que quieras hablar?
Qué peligrosa podía ser esa pregunta cuando alguien la hacía con interés genuino.
—No, prometo que no —rio, volviendo a la realidad—. Mejor hablemos de lo de hoy en la tarde.
—¿Sobre la clase de arte que quieres darme?
—Exacto.
—Yo solo pinto cosas abstractas —aseguró—. Bueno, eso es lo que digo cuando alguien confunde mis árboles con brócolis.