El jueves Theodore pasó a visitar a la abuela Judith. Ella, por supuesto, había querido tocar el tema de Josephine, pero él lo había esquivado como un campeón olímpico del desvío emocional, hablando con entusiasmo estratégico de lo poco que faltaba para dar inicio a las primeras exposiciones.
Un tema perfectamente lógico. Profesional.
Además, no parecía en absoluto una excusa para evadir un asunto que no quería tocar. No delante de la abuela Judith, quien con total seguridad encontraría la forma de inmiscuirse entre él y Josephine para mover algún que otro hilo con la delicadeza de una titiritera veterana.
Después de un grato momento con té y pastel (y de sobrevivir a tres intentos más de interrogatorio disfrazados de curiosidad inocente) decidió que se iría a casa. Pero entonces vio las luces encendidas dentro de la casa de Josephine.
Y fue como si una fuerza invisible, poderosa y ligeramente imprudente, lo hiciera caminar hacia allá.
Podría haber seguido de largo.
Pero no lo hizo.
Tocó el timbre y esperó, pensando que tal vez debería haber enviado un mensaje primero. Demasiado tarde para reflexiones prudentes.
La puerta se abrió.
Y no fue Josephine quien apareció, sino Sophie.
—Pero mira nada más a quién tenemos aquí —dijo ella en tono burlón, apoyándose en el marco de la puerta con exagerada calma—. ¿Soy yo o te has hecho buen amigo de la vecina?
Theodore la observó, imperturbable por fuera. Por dentro evaluaba seriamente la posibilidad de quitar su nombre de la herencia.
—Antes de fastidiarme, recuerda quién te consiguió el empleo, mocosa.
Sophie rio y lo abrazó sin pedir permiso. Theodore no tardó en apretujarla con cariño, resignado a que su autoridad como adulto era puramente decorativa.
Entonces apareció Josephine detrás.
—Venía a preguntar quién era, pero ya veo que se reunió la familia —bromeó—. Pasa, Theodore.
Él sonrió, y no supo de qué forma lo hizo, pero cuando miró de reojo, Sophie lo estaba observando con atención. Con una expresión que decía: Te estoy estudiando, tío Theo.
La ignoró lo suficiente como para intercambiar un abrazo rápido con Josephine y entrar a la casa.
—Josephine me invitó a comer —dijo Sophie con aire satisfecho.
—Tú también puedes quedarte —dijo Josephine—. Si no tienes prisa.
—No la tengo, así que me sumo —dijo Theodore, encantado—. Estaba en casa de la abuela Jude y pensé que sería descortés irme a casa sin saludar.
Excusa impecable. Redactada mentalmente en menos de cinco segundos.
—¿Y también pasaste a saludar a mis papás y a mis hermanos? —preguntó Sophie con una sonrisa que no escondía en absoluto sus intenciones.
—No, pero como estás aquí, luego te acompaño a tu casa y saludo a todos —respondió con una sonrisa triunfal mientras se quitaba el abrigo y lo colgaba.
Sophie sonrió aprobadora, pero sin dejar de sonreír de esa forma… aterradora. ¿Por qué su sobrina parecía saber que él tenía un ligero interés por Josephine?
¿Acaso lo llevaba escrito en la frente?
—Le estaba cobrando a Sophie que anoche vimos una película —dijo Josephine mientras caminaban a la sala.
Theodore empezó a entender que quizá Sophie estaba recolectando información sobre su rápido acercamiento con Josephine de una manera sencilla. Con charlas casuales.
—No sabía que existía eso de ver películas a la distancia —dijo Sophie entonces, sentándose en el sofá de un cuerpo que quedaba estratégicamente en buena posición para observarlos a ellos dos en el otro sofá—. ¿Es como algo romántico?
Fantástico.
Ahora no solo tenía que tenerle miedo a una anciana con cero filtro, sino también a una adolescente con una perspicacia pocas veces vista en alguien de su edad.
—No, también vale con amigas y amigos —dijo Josephine tranquila, sin inmutarse por la pregunta con segundas intenciones—. Deberías hacerlo, es divertido.
—Muy divertido —confirmó Theodore—. A no ser que la película sea un drama destructor de almas.
Josephine lo miró acusadora.
—Me dijiste que el drama era de tus géneros favoritos.
—Y lo es, solo que…
—Al tío Theo le gusta que lo abracen —dijo Sophie con los ojos brillantes de picardía.
—Iba a decir que hacía tiempo que no veía uno —la corrigió lanzándole una mirada de advertencia.
Advertencia débil. Blanda. Theodore no sabía regañar a sus sobrinos. Era el tío divertido que dejaba hacer a los niños lo que sus padres no. Su reputación de autoridad era nula.
—¿Y Kian? —preguntó entonces, desviando el tema por conveniencia, pero también porque le resultaba extraño no escucharlo.
—Durmiendo una siesta —explicó Josephine—. Sophie se puso a leerle y cayó rendido, pero no lo dejaré descansar más que una hora o luego no dormirá en la noche.