El héroe de Kian

~21~

Cuando Josephine despertó de lo que pensó sería una siesta estratégica de diez minutos, descubrió que el universo había decidido regalarle una hora completa de inconsciencia. Miró el reloj, parpadeó dos veces y calculó con la rapidez de una madre organizada: cuarenta minutos para estar lista antes de que Theodore pasara por ellos.

Cuarenta.

Media atontada por el sueño, se levantó con esa sensación extraña de no saber en qué dimensión estaba. Caminó hasta el baño como si el suelo tuviera una leve pendiente y se metió en la ducha con la firme intención de “reactivar el sistema”. Sabía que necesitaba agua caliente para volver a ser una persona funcional, pero tampoco podía permitirse disfrutarla. Cinco minutos cronometrados. Ni uno más.

Mientras tanto, el asunto Kian estaba resuelto. Él se había dado un baño después de que Sophie se marchara, lo que había sido una jugada maestra. Así que cuando Josephine lo despertó, se puso en marcha enseguida, porque la ilusión de salir a conocer la ciudad era superior a cualquier siesta.

Cuando Theodore tocó el timbre, Josephine estaba frente al espejo aplicándose un poco de labial. Nada extravagante. Un rosa discreto, de esos que susurran “estoy arreglada” pero aparentan “me veo así naturalmente”. Quería parecer fresca, no exhausta. Como si hubiese saltado de la cama con cierto glamour.

Al salir, Kian se le lanzó encima a Theodore con entusiasmo puro.

Josephine también estaba contenta. Mucho. Solo que no entendía por qué su cuerpo había decidido entrar en modo ahorro de energía justo esa noche. Era como si alguien hubiese activado la función “batería baja” sin avisarle. Sin embargo, empezó a espabilarse en cuanto llegaron al restaurante y el olor a comida la envolvió con la promesa de carbohidratos reconfortantes.

—Qué lindo lugar —dijo al localizar la chimenea encendida—. Tiene una vibra acogedora.

El sitio era cálido, con luces tenues y mesas de madera oscura. El tipo de restaurante donde uno siente que es parte de una familia.

—Pensé que iba a gustarles —dijo Theodore con una sonrisa mientras señalaba alrededor—. ¿Dónde quieren sentarse?

—¡Allá! —exclamó Kian antes de salir disparado.

Lo siguieron con esa sonrisa que solo aparece cuando el entusiasmo infantil lidera el camino. La mesa tenía vista a la calle, y antes de que Josephine pudiera siquiera tocar la silla, Theodore se adelantó y la corrió para ella.

Sonrió, encantada.

Amaba esos detalles profundamente. Y agradecía que él los pusiera en práctica.

—Gracias —dijo.

Theodore le devolvió la sonrisa con calma.

Intentó ayudar a Kian con la silla, pero él ya se había subido y estaba observando la calle con entusiasmo. Finalmente se sentó frente a ella.

A los pocos segundos, una joven de sonrisa enorme apareció con los menús y un cojín elevador.

—Buenas noches, soy Brittany y esta noche les atenderé —dijo con entusiasmo profesional.

Josephine y Theodore la saludaron cordialmente, pero Kian activó inmediatamente su “modo socialización”.

—Hola Brittany, yo soy Kian.

Josephine contuvo una sonrisa. Su hijo era capaz de presentarse con más seguridad que muchos adultos.

—Qué nombre tan precioso —dijo Brittany con genuina dulzura—. ¿Qué dices, Kian, si pongo este cojín en tu silla para que la mesa no te quede tan alta?

Kian asintió con solemnidad.

—Muchas gracias, te voy a dejar propina por tu buena atención.

Brittany literalmente pareció derretirse.

—Aww, gracias, precioso —le sonrió mientras acomodaba el cojín.

Cuando terminó, Kian probó su nueva altura.

—Quedó súper —declaró, satisfecho.

Brittany dio un aplauso breve, casi ceremonial.

—Excelente. Entonces volveré en breve para tomarles la orden.

Cuando se alejó lo suficiente, Kian comentó con convicción:

—La gente aquí es simpática. El tío Michael me mintió.

Josephine lo miró con cautela.

—¿Qué te dijo tu tío Michael?

—Que en las ciudades grandes las personas son amargadas y no tienen buenos modales.

Josephine soltó una pequeña risa.

—Sí, es un comentario muy Michael —concedió, mirando a Theodore—. Mi hermano es muy sociable, así que prefiere los lugares pequeños donde todos se conocen.

Theodore asintió.

—Bueno, no se puede negar que aquí las personas tienen un ritmo acelerado. A veces no reparan en saludos.

Kian arrugó la nariz.

—Mi abuela dice que un saludo puede cambiarle el día a la otra persona.

Josephine sintió ese impulso orgulloso que solo las madres entienden.

—¿Sí? —preguntó Theodore, interesado.

—Sí, sobre todo si está trabajando, como Brittany. Hay que ser lindos con ella porque seguro está cansada y aun así le toca sonreír.




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