El héroe de Kian

~22~

Theodore estaba cómodamente sentado en su silla, con esa satisfacción que se alcanza cuando uno ha comido más de lo necesario y, aun así, no se arrepiente. Conversaba relajado, alternando miradas entre Josephine y Kian, cuando su teléfono vibró sobre la mesa.

Lo miró con rapidez, casi por reflejo. No quería que Josephine pensara que había algo más interesante en la pantalla que compartir ese momento con ellos. Sin embargo, al ver la palabra hospital junto al nombre de Catherine, arrugó el ceño y volvió a leer con atención.

Y entonces su expresión cambió por completo.

—Mi sobrina va a nacer —anunció con una mezcla de incredulidad y entusiasmo mientras miraba a Josephine—. Cathie ya está en el hospital.

A Josephine se le iluminaron los ojos como si la noticia fuera también suya.

—¿De verdad?

—Sí, finalmente —rio, todavía procesándolo—. Pensé que esa niña se iba a quedar a vivir ahí dentro.

Josephine sonrió con ternura.

—Si quieres ir a verla…

Theodore hizo una pequeña mueca, dividido.

—Me gustaría, pero no quiero dejarlos así de repente. Aunque… no creo tardar demasiado. Solo pasaré para saber si necesitan algo. ¿Quieren acompañarme y luego los llevo a casa?

Josephine se encogió de hombros con naturalidad.

—Sí, claro. ¿Tienes ganas, Kian, o prefieres volver en taxi a casa?

Kian entornó los ojos como si estuviera tomando una decisión trascendental.

—Quiero ir con Theodore.

Theodore no pudo evitar sonreír.

—Está bien, entonces pagaré y nos vamos.

En cuanto divisó a Brittany, pidió la cuenta. Pagó casi de inmediato y, por supuesto, dejó una propina generosa. No solo porque era lo que hacía siempre, sino porque Kian lo observaba con atención, como si estuviera auditando su comportamiento moral.

Salieron ajustándose los abrigos y se subieron al auto. El hospital no quedaba demasiado lejos. Estaba en dirección opuesta a la casa de Josephine, sí, pero eso no importaba porque llevarlos no era ninguna molestia.

Condujo con una energía distinta. Había algo en la inminencia de un nacimiento que cambiaba el aire.

Llegaron en poco más de cinco minutos.

Josephine se ofreció a quedarse en recepción para no incomodar, pero Theodore negó con suavidad. Probablemente aún no habría llegado toda la familia y, de cualquier forma, no planeaba quedarse demasiado tiempo.

Subieron al ala de maternidad y encontraron la habitación enseguida. Su padre estaba allí junto a Reinhold, Louis y Georgia.

Theodore se acercó con una sonrisa amplia y los abrazó uno por uno.

—¿Cómo están? ¿Cathie está con mamá?

Reinhold asintió.

—Sí, todavía no está lista. Estaremos aquí un par de horas probablemente.

Theodore levantó en brazos a Georgia, que ya reclamaba atención.

—¿Necesitan algo?

—No, está bien —dijo Reinhold—. Aunque… ¿podrían quedarse a dormir Lou y Gigi en tu casa?

Theodore ni siquiera dudó.

—Claro que sí. Veremos unas películas, ¿qué dicen?

Louis y Georgia asintieron con entusiasmo.

Entonces notó que Reinhold miraba por encima de su hombro y recordó que no había llegado solo.

—Lo siento —se disculpó girándose hacia Josephine y Kian—. Ellos son mi padre, George; mi cuñado Reinhold; y mis sobrinos, Louis y Georgia. —Luego miró a su familia—. Ella es una amiga, Josephine, y su hijo Kian.

Josephine se acercó con una sonrisa cálida y estrechó la mano de los adultos. Con los niños fue más suave, casi ceremonial.

—Siento venir en un momento tan familiar —explicó—. Estábamos cenando fuera. Theodore nos estaba enseñando un poco de la ciudad.

Su padre la miró con una sonrisa.

—Descuida. Si eres amiga de Theodore, eres bienvenida en la familia. ¿No son de Londres?

Josephine negó.

—Venimos de Brighton.

—Ah, creo haber escuchado de ti —dijo Reinhold, pensativo—. ¿Eres vecina de Alexander e Isabelle?

—Así es.

—Entonces sí escuché de ti —sonrió—. Izzy le comentó a Cath que Sophie cuida a tu hijo.

—Sí, a mí —intervino Kian, feliz.

Theodore miró a Louis.

—Lou, Kian estaba muy entusiasmado por conocerte. Tiene tu edad.

Louis lo analizó apenas dos segundos. Y, como la mayoría de los niños, que gestionan las amistades con una eficacia envidiable y sin rodeos innecesarios, asintió con naturalidad y miró a Kian de frente.

—¿Quieres ser mi amigo?

A Kian le brillaron los ojos.

—Sí.

Louis levantó el puño y Kian lo chocó con una risa. Eso fue suficiente. Se alejaron para sentarse en unas sillas y conversar con la intensidad de quienes ya comparten una historia épica.




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