El heroe del pueblo

El heroe del pueblo capitulo 1

El héroe del pueblo

Nunca pensé que un arete podía cambiarlo todo.

La mañana arrancó como cualquier otra en el instituto. El pasillo olía a desinfectante barato y a ese perfume dulzón que siempre usan las chicas del grupo de Valentina. Ellas ya estaban ahí, apoyadas contra las taquillas, cuchicheando con los ojos muy abiertos. A su lado, Diego reía por lo bajo, con esa risa de superioridad que tanto le gusta y que a todos los demás les parece insoportable. Era el rey del instituto, el chico dorado, el ex de mi novia.

Me detuve un segundo antes de doblar la esquina. No me habían visto aún.

—Dicen que le arrancaron el arete de un tirón —susurró Camila, una de las populares, con ese tono de quien está disfrutando demasiado la atención—. La hija del alcalde. Imagínate.

—Y el celular también desapareció —añadió la otra, Martina, abrazándose a sí misma como si tuviera frío aunque hacía calor—. La encontraron cerca del puente viejo. Mi papá es amigo de un policía y dijo que... bueno, que no fue rápido.

Diego chasqueó la lengua.

—Alguien la quería callar. Seguro sabía algo.

—O era un loco —dijo el tercer chico, Tomás, encogiéndose de hombros—. En este pueblo no pasa nada y de repente... esto.

Respiré hondo y seguí caminando. Al pasar junto a ellos, Camila me miró de reojo y bajó la voz aún más, como si yo no mereciera escuchar. No me importó. Ya había oído suficiente en los pasillos durante toda la mañana. El pueblo entero no hablaba de otra cosa.

Al fondo del pasillo la vi. Carla. Mi novia. Estaba apoyada en el marco de la puerta del aula esperándome, con el cabello castaño recogido en una coleta alta y esa sonrisa que siempre me hacía sentir que el mundo no era tan malo como parecía. Llevábamos juntos ocho meses. Ocho meses en los que medio instituto se preguntaba cómo alguien como ella podía estar con alguien como yo. Ni yo mismo lo entendía del todo. Carla era de ese tipo de personas que iluminan una habitación solo con entrar. Y yo... yo era más bien el que se quedaba en una esquina, observando.

Pero a ella no parecía importarle. Me miraba como si yo fuera especial. Y eso, para alguien como yo, lo era todo.

—Buenos días —dije cuando llegué a su lado.

—Llegas tarde —me reprochó, pero su tono era cálido, de esos que acarician.

—Me dormí. Otra vez.

—Siempre te duermes. Algún día voy a tener que ir a despertarte yo misma.

—Mis padres están de viaje, ya lo sabes. No tendrías que dar explicaciones a nadie.

Ella sonrió apenas, pero no dijo nada. Nunca le gustaba que mencionara lo de mis padres. Decía que le daba pena imaginarme solo en esa casa tan grande. Yo me encogía de hombros y cambiaba de tema. Ya estaba acostumbrado a la soledad. Mi padre trabajaba en el extranjero desde hacía años; mi madre lo acompañaba en sus viajes largos. No era algo triste, era simplemente mi vida.

—Vamos, que ya va a empezar la clase.

Entramos juntos al aula. El murmullo del grupo de Valentina seguía ahí, flotando en el ambiente como el zumbido de una mosca. El asesinato de la hija del alcalde era lo único que importaba en el pueblo. Lo único de lo que todos hablaban. Y cuanto más hablaban, más me inquietaba a mí. Conocía a Lucía Herrera de vista. Habíamos coincidido en un par de fiestas. Era una chica alegre, ruidosa, de las que siempre están en el centro de todo. No merecía terminar como terminó.

La clase de historia fue un suplicio. El profesor Morales hablaba de la Revolución Francesa y yo miraba por la ventana, viendo las copas de los árboles mecerse con el viento. Carla tomaba apuntes a mi lado, concentrada, mordiendo de vez en cuando la tapa del bolígrafo. Cada tanto su rodilla rozaba la mía por debajo de la mesa. Eran esos pequeños gestos los que me anclaban a la normalidad.

Entonces la puerta se abrió.

Primero fue un golpe seco, de esos que no piden permiso. Luego entraron dos policías uniformados y el director, con el rostro pálido y las manos temblorosas. La clase entera enmudeció. La tiza del profesor Morales se quedó suspendida en el aire, a medio camino de escribir una fecha que nadie iba a recordar.

—Disculpen la interrupción —dijo el director, y su voz sonó demasiado aguda, demasiado frágil—. Necesitamos que Diego Salazar nos acompañe.

Todas las cabezas giraron hacia Diego.

Él estaba en la última fila, con los pies apoyados en la mochila del de adelante y el celular escondido bajo la mesa. Tardó un segundo en reaccionar. Primero alzó las cejas, luego sonrió un poco, como si aquello fuera una broma.

—¿Yo? ¿Para qué?

Los policías no respondieron. Avanzaron entre las mesas con pasos pesados, y cuando llegaron a su lado, uno de ellos apoyó una mano firme en su hombro.

—Quedas detenido. No opongas resistencia.

La sonrisa de Diego se borró de golpe.

—¿Detenido? ¿De qué están hablando? ¡Yo no hice nada!

—Hemos recibido una llamada esta mañana. Un testigo asegura haberte visto anoche con la hija del alcalde, poco antes de la hora estimada de su muerte.

Un murmullo recorrió el aula como un escalofrío colectivo. Carla me agarró la mano por debajo de la mesa. Estaba helada.

—¡Eso es mentira! —gritó Diego, levantándose tan brusco que la silla cayó hacia atrás y golpeó el suelo con un estruendo—. ¡Yo no vi a nadie anoche! ¡Estuve en mi casa!

—Registraremos tus pertenencias —dijo el segundo policía con una voz tan plana que daba miedo.

Agarraron la mochila de Diego. Él intentó resistirse, pero el agente que lo sujetaba lo mantuvo quieto. Yo observaba desde mi sitio. Quieto. Callado. Como todos los demás. Pero algo en el estómago se me retorcía. Diego era muchas cosas —arrogante, ruidoso, un idiota a veces—, pero ¿un asesino?

La cremallera de la mochila sonó como un disparo en el silencio. El policía metió la mano y empezó a sacar cosas: libros, un estuche, papeles arrugados. Nada fuera de lo normal. Y entonces su mano se detuvo en el fondo del bolsillo.




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