Oscuridad absoluta. Un silencio que no deja espacio para nada más.
No alcanzo a ver nada. No puedo tocar nada, no logro sentir algo fuera de un vacío que rodea mi cuerpo por todos lados. Respirar es un acto de resistencia. El aire que queda en mis pulmones es espeso, tiene una textura sólida que se atora en mi tráquea, se siente como si lo tuviera que masticar antes de poderlo bajar.
Intenté inhalar otra vez. Llegó una presión sin consuelo, una nada que me rodea y se aferra a mi piel. El líquido se cuela en mi boca y lo expulso antes de que se deslice hacia mis pulmones. La calma inicial se derrite y deja mi desesperación pura al descubierto. Me falta algo vital. Aire. Oxígeno. Vida.
Mi pecho se agita por su cuenta, como si dentro de mí existiera un mecanismo suelto intentando romper una jaula de huesos para escapar. Quise nadar. ¿Hacia dónde? ¿Qué dirección podría ser la correcta? No hay una salida, no veo la superficie.
Moví mis brazos con golpes desordenados, buscando una dirección que no existe. Cada manotazo es más débil que el anterior. Cada pataleada trae consigo una intención de convencerme que todavía tengo esperanza, aunque sé que no la hay. Mis pulmones queman, duelen sin la presencia de un calor real. La presión crece en mi diafragma, sube por mi garganta y la envuelve en un anillo de hierro, mi última exhalación escapa sin que pueda contenerla.
Creo ver burbujas naciendo de mi interior y alejándose de mí. Ondas pequeñas, redondas, que van hacia ninguna parte. Mi existencia es un naufragio suspendido en lo desconocido, restos de un casco que ya no recuerda qué rumbo llevaba.
El silencio es total. No puedo asegurar si ya perdí la consciencia. Tal vez se desprendió de mí desde hace mucho. Aquí no existe el tiempo, aquí no existe nada. Quizás esto es la muerte, una permanencia sin cuerpo.
Algo rasga mi visión. Una luz. Un destello irrumpe y corta la oscuridad. Se abre paso hasta mis ojos incluso cerrados, atraviesa los párpados y mi cráneo, encendiendo una materia apagada en la parte trasera de mi cabeza. Intenté alejarme, pero no encuentro la fuerza, mis extremidades pesan más que el vacío mismo.
De la claridad surge una mano. Se proyectó desde el resplandor, se hundió en la penumbra donde estoy atrapado y me tomó del brazo. Un tirón que me arrancó del lugar donde estoy suspendido y comenzó a arrastrarme hacia la luz. No sé si es salvación o una forma distinta de morir. No sé si me eleva o lleva mi ser a un lugar más profundo. Solo percibo que me separa del vacío. Y desperté.
Me incorporé de golpe, empapado en sudor, jadeando, regresando del fondo de un mundo sin aire. Dirigí mi palma directo al pecho; mis dedos presionando, buscando hueso, carne, calor, cualquier evidencia de que sigo hecho de algo y no me disolví en aquella oscuridad. Mi corazón late con violencia. Golpea. Golpea. Golpea. Demasiado rápido, fuerte, como un pistón fuera de control.
Permanecí sentado un momento, respirando de forma desigual, escuchando mi mecanismo interno tratar de recuperar su ritmo. Y en medio de todo, sin darme cuenta, pensé con una claridad desagradable que permanece en mi lengua: El mismo sueño, otra vez. Hice un esfuerzo por calmarme, pero las imágenes siguen pulsando en mi cabeza, pegadas a mis pensamientos como agua, escurriéndose.
* * *
Conozco bien la sensación. El sueño, o pesadilla, o lo que fuera, se ha repetido esporádicamente durante los últimos cuatro solsticios de mi vida, dos veranos e inviernos despertando de esta manera. Y ahora, con cuarenta y seis solsticios sobre mis hombros, sigo sin comprender su causa. Nada en mi vida en Elmira ha sido tan inquietante. Mi hogar es rutinario, estable, predecible hasta el cansancio. Una calma que se extiende por cada esquina de la aldea.
El amanecer todavía no llega. Mi cama, una estructura híbrida que muchos en Elmira utilizamos, hecha de madera y tubos metálicos sosteniendo una tela de algodón tensada, crujió bajo mi peso cuando me incorporé. A un costado, como es usual, reposa la pequeña caja de madera donde guardo los únicos objetos que realmente puedo considerar valiosos en este cuarto.
Extendí la mano. No hacía falta luz para encontrar la tapa. La abrí unos pocos centímetros. Dentro, mi monolito metálico espera. Un artefacto pequeño, con diminutos engranajes expuestos, sin ocultar su mecanismo. Lo tomé, sintiendo el frío del metal en la piel, y giré dos veces la pequeña protuberancia de cobre. Una luz cálida brotó del centro, suave pero firme, una llama diminuta atrapada en una jaula que le da forma a mi madrugada. Siempre me da la sensación de que todavía existe un yo y no me he perdido en la oscuridad.
La luz se reflejó en los tubos metálicos y proyectó sombras en la pared de mi cuarto. El pulso acelerado sigue latiendo bajo mi piel, el sudor frío pega la ropa a mi espalda, mi respiración va y regresa con irregularidad, sin sentirla del todo mía.
Me levanté despacio, dejando que los pies encontraran el suelo. Mi hogar no tiene lujos. Únicamente lo necesario para vivir, una mesa estrecha, un estante sencillo, un par de sillas, unos cajones. Pero aun dentro de esa austeridad, las paredes cobran vida gracias a los dibujos que he creado con mis propias manos: plantas, insectos, raíces, alas, caparazones; cada uno acompañado de mis notas escritas con cuidado. Al detenerme frente a ellos, mi mente regresa al mundo real. Son un ancla que me recuerda quién soy. Que el líquido oscuro, la luz repentina y el brazo que me rescata pertenecen solo a un sueño.