El Híbrido

La Academia

—¿Perdido de nuevo, Nafir? —escuché a mis espaldas.

Reconocí la voz antes de girar. Cuando me di la vuelta, la encontré más cerca de lo que esperaba. Afatali me supera por poco en altura, pero su presencia siempre parece mantenida con una seguridad firme. Las facciones suaves liman la rudeza natural de su cuerpo, y su cabello castaño, largo, suelto, ligeramente enredado por la brisa de la mañana, brilla con un cuidado paciente de quienes utilizan miel en lugar de prisa. Ese pelo cae sobre la fuerza que despide y contrasta con la oscuridad del mío, parece ser una calma sólida sostenida en carne y músculo, un equilibrio que jamás he logrado entender.

Mi aspecto suave, a pesar de tener manos ásperas por el trabajo, y mi composición delgada parecen aún más pequeñas frente a ella.

No sé exactamente por qué sigue buscándome; desde hace trece solsticios, cuando apareció en la granja para reforzar las estructuras y me encontró sumergido entre tierra, herramientas y decepción. Desconozco si se acercó a mí por compasión o curiosidad, pero desde entonces comenzó a presentarse con pretextos de revisar marcos, apuntalar vigas o ajustar uniones que no necesitaban tanta ayuda, hasta que su presencia se volvió parte del orden de mis días. No somos familia, ni compañeros de oficio, ni nada que pueda decir sin que mi voz titubee, pero aun ahora, cada vez que ella aparece frente a mí, me invade la sensación de que le debo mi ser entero por no haberme dejado desmoronar en aquella granja recién había sido asignado.

—Te busqué en tu casa. ¿Estás listo? —preguntó.

Quise decir que sí, que lo estaba. Mi boca eligió otra respuesta:

—Nunca… pero espera un poco —bromeé, con la sensación de hacerlo como una especie de escudo.

Con el rostro todavía mojado, regresé a mi hogar. Cambié la ropa de descanso por las prendas del día, me puse las botas con rapidez y, con un pequeño salto para encajar el talón, crucé de nuevo el umbral para reunirme con ella.

—Gracias por aceptar acompañarme —dijo con una sonrisa—, sabes que eres importante para Goz.

Devolví su gesto de una forma que se siente frágil en mi cara, fingiendo que todo está en orden, mientras mi corazón insiste en buscar una salida entre las costillas para ir a esconderse en sus labios. Caminamos lado a lado, adentrándonos en la aldea, y no pude evitar voltear mi cabeza para contemplar mi propia casa desde fuera; madera, lámina, piedra y barro ensamblados con mi esfuerzo, un intento de darle a mi vida forma y armazón.

Las casas cercanas al corazón de Elmira cambian sus materiales gradualmente. Primero barro, luego ladrillo. Y, al acercarnos al pilar central, comienza una piedra gris que nadie sabe reproducir; un material que parece haber estado ahí desde el comienzo, levantado como un molde pensado para nuestra aldea, la misma roca de la que nacen las columnas que sostienen la membrana de la ciudad.

Elmira siempre ha sido así, cada persona, cada construcción, tiene un propósito y lo demuestra en sus materiales.

* * *

Los niños nacen en una casa con un padre y una madre, pero su crianza está a cargo de la comunidad entera. Tras las primeras diez noches de nuestro primer suspiro somos llevados a la Academia. Ahí dentro, la atención es compartida. Todos somos hermanos y al mismo tiempo estamos solos. En este lugar, los niños, a los treinta solsticios de edad, reciben un oficio durante la selección. De ahí en adelante, nuestro padre es quien quiera que sea el mentor de nuestro llamado.

Los lazos familiares no tienen valor para la mayoría. Nadie puede asegurar con certeza quién es hijo de quién, y aun así, cada adulto se mueve y habla como si lo fuera. Silvia, la apotecaria, puede ser tan madre como Rael, el cantero; Anisa, la lectora de las palabras que aparecen en la base del pilar a las que nombramos “runas”, puede guiar con el mismo peso de cualquier padre.

Nunca fue un misterio para mí por qué anhelaba pertenecer al trabajo de Anisa. No compartimos rasgos ni historia, pero su manera de estudiar nuestro mundo de manera metódica, casi reverente, me hace sentir que habitamos un lenguaje parecido, incluso cuando jamás he tenido una sola runa frente a mis ojos. Pero el día de mi selección…

—Nafir, granjero —había dicho ella, sin una sola duda.

Recuerdo el sonido de la sala, la respiración detenida. Sobre todo recuerdo la sensación en mi estómago. Algo que, sin tenerlo consciente, me había sostenido desde niño se soltó de golpe y me dejó caer sin previo aviso llevándome a una desilusión de mi propia existencia.

Dieciséis solsticios desde ese entonces. Durante varios días vagué por Elmira preguntándome por qué el destino se había sentido tan ajeno, tan indiferente conmigo. Dina, la cuidadora que me enseñó todo lo que sé de cosecha en aquel tiempo, gastó un solsticio invernal entero en descubrir cómo hacerme entrar en razón.

A pesar de tener un par de asignados más que ahora trabajan en la granja norte, ella siempre había tomado un interés particular en que aceptara mi destino. “Las plantas crecen sin preguntarse por qué su tierra es menos fértil” siempre me decía. Pero mientras ella podía ver crecimiento en cualquier situación yo pensaba en las semillas que nunca brotaron, las que jamás tuvieron oportunidad de florecer.

Con el paso de los ciclos, sin embargo, descubrí otra cosa. Que la naturaleza también habla. Si uno prestaba suficiente atención, las raíces, los insectos, el trigo, todos ellos conservan un orden, un lenguaje, una coherencia propia. Quizá no son runas, pero se sienten igual de profundas. Aprendí a leerlas. Ese se volvió mi arte silencioso. Un arte que me habría gustado mostrarle a Dina, si aún compartiera este aire con nosotros.




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