El Híbrido

Selección

Permanecí detrás de ambos, atento a sus voces. Los escuché comentar sobre un rumor que se había esparcido por los pasillos de la Academia.

—Lo que vio Naura… —preguntó Goz.

—¿El monstruo del bosque? —repitió Afatali, conteniendo una risa con un pequeño tono burlón.

—Sí —dijo él, con completa seriedad—. ¿Lo encontraron?

Ella sonrió, con los ojos cerrados, y ladeó un poco la cabeza, entretenida. Después de un suspiro corto respondió:

—Era una simple libra. Unas crecen tanto que ya no pueden entrar.

Al escucharla, mi mente se fue directo hacia la memoria de esas criaturas. Roedores enormes, con formas musculosas cubiertas por un pelaje espeso. Orejas largas que vibran ante cualquier ruido y patas delgadas capaces de impulsarlas por encima de la altura de una persona. Sus incisivos destrozan raíces duras que ningún otro animal puede aprovechar. A pesar de su tamaño intimidan más de lo que deberían, pero en realidad viven asustadas. Se quedan inmóviles cuando perciben peligro, confiando en que la quietud las vuelve inexistentes, y luego, cuando encuentran una oportunidad, huyen en un estallido repentino.

Aquí las cazamos, aunque no son nuestra fuente principal de alimento. Sus pieles son lo más valioso. La mochila que cargo ahora está hecha con una de ellas y todavía conserva un olor terroso que siempre me lleva a los bordes de la ciudad, a casa.

Aparecieron también en mi memoria las libélulas gigantes. Mucho más comunes que las libras y con una carne rica en proteína. Tienen un tórax grueso, lleno de energía y cuatro alas transparentes sosteniendo todo ese peso sin esfuerzo, tomando vuelos largos sobre los ríos. Impresionan a cualquiera que no las vea con frecuencia, a quien casi nunca abandona las calles centrales, aunque en esencia son inofensivas. Las alas sirven para artesanías coloridas. En Elmira dependemos mucho más de ellas que de cualquier otro animal.

—¡No! —exclamó Goz de pronto.

Ese grito arrancó de golpe mis pensamientos. De nuevo me perdí en ideas sobre animales mientras el mundo sigue avanzando. Al parecer Goz insistía ahora en que lo que Naura había visto era más grande que una libra, que no alcanzó a distinguirlo bien porque ya estaba oscuro, pero que estaba seguro que no se trataba de ellas.

—De cualquier forma no puede entrar, así que no hay por qué preocuparse, monstruo o no —dijo Afatali con firmeza—. Además, si llegara a hacerlo, nos tienes a nosotros para protegerte.

Mientras hablaba giró de nuevo la cabeza hacia mí. Me encontró caminando en silencio, con la atención fija en el pilar central. Aun distraído, sigo escuchando todo. Mis exploraciones me llevan con frecuencia al contorno del domo, en busca de nuevas criaturas para dibujar, y sé que Afatali tiene razón. Yo mismo he visto animales incapaces de cruzar. Más de una vez apoyé mi brazo contra ese límite firme y transparente. No duele, pero tampoco cede. Nunca lo he sentido como una prisión, es más como una frontera natural que ha estado allí desde siempre. Aun así, cada vez que rozo esa superficie la misma idea regresa a mi, una pregunta silenciosa: ¿Qué otros seres viven más allá?

Me sumergí de nuevo en mis pensamientos. Cerca del límite aparecen plantas e insectos que nunca hemos visto, los más extraños que encuentro en mis recorridos viven ahora para siempre en mis cuadernos. En esa franja brotan formas nuevas, hojas con venas repetidas en espirales perfectos, caparazones con patrones que imitan los hexágonos de Elmira, flores que se inclinan hacia la luz como si respondieran a un llamado. No me parece una locura pensar que Naura haya observado algo desconocido.

Además, Boferr, mentor de la granja sur donde trabajo, hace poco me contó sobre cortes extraños en la piedra de una columna perimetral. Por lo que me dijo, no se parecían a los arañazos de las libras. Eran incisiones profundas, curvas, con un inicio limpio y un final cortado, marcas que daban la impresión de haber sido clavadas desde el exterior hacia adentro, con insistencia. Cuando habló de eso, Jair, otro de los granjeros repitió haber escuchado que en esa misma dirección habían encontrado restos de animales destrozados de manera violenta y sanguinaria, cadáveres despedazados pegados a la membrana, justo donde la sombra del bosque se intensifica.

Tengo presentes también los rebaños en los bordes. Las libras pastan a pocos pasos de la tela luminosa, flancos pegados al resplandor, y aun así se mueven como si al otro lado no hubiera ciudad, ni calles, ni mis intentos de detallarlos de mejor manera en papel. Desde dentro podemos seguir cada uno de sus pasos, distinguir el brillo de sus ojos, contar los insectos que les recorren el lomo, pero ellas no reaccionan a nuestra presencia. Incluso he visto a cazadores atravesar el estómago de libras con facilidad y arrastrarlas dentro del domo. Para las especies de afuera, el interior parece ser una simple capa de luz sin contenido.

A veces, sin embargo, su comportamiento cambia. Cuando comienza a caer la noche he visto cómo sus cabezas se alzan al unísono hacia la oscuridad, hacia un punto lejano, como si algo caminara por fuera del alcance de nuestra vista. Los insectos se quedan inmóviles, alineados cerca del domo, con antenas tensas en dirección a un mismo punto del exterior, y luego todo regresa a la normalidad, sin rastro de lo que provocó esa tensión. Ninguna de las criaturas parece registrar a la gente de Elmira.

Recordé también los días en la Academia, cuando nos enseñaban que los antiguos precursores llegaron en buques inmensos que transportaban los cimientos de la vida. Dicen que esos navíos eligieron qué especies poblarían este mundo y que el propósito de cada ser se revela el día de nuestra selección. Nunca nos instruyeron sobre las cosas que se quedaron afuera, lejos del alcance de nosotros.




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