Finalmente, nuestra felicitación a Goz quedó aplazada. No nos dieron oportunidad de acercarnos a él, ni dirigirle palabra o gesto alguno. Es como volver de una expedición con las manos vacías. Afatali cargó su propia molestia por la situación y yo me hundí más en el conflicto interno que el día había despertado desde temprano.
Al parecer, algo en el proceso de selección del nuevo lector de runas requiere más de lo que presenciamos, un ritual del que nadie puede formar parte. Solo alcancé a ver cómo se lo llevaron por un pasillo lateral, envuelto en humo de incienso. Después de eso, me separé de Afatali para retomar mi jornada, aunque tardía. Me dolió el silencio que me acompañó de regreso hacia los campos, es mayor de lo que esperaba.
Todavía siento el calor de su mano en la mía. Resulta absurdo, pero cada vez que intento pensar en otra cosa, el recuerdo de su contacto y, la manera en la que nuestras respiraciones se confundieron por un instante cuando exhaló cerca de mi cara, me traen de regreso a lo mismo. Lo que más me desconcierta no son los gestos en sí, es la esperanza que encendieron. Una que duele más que cualquier rechazo directo. Mis dedos se cerraron por instinto, atrapando ese fantasma de calor. Me dije a mí mismo que todo está bien, que aunque mi vida no se parece a lo que alguna vez imaginé, aprendería a estar conforme con el camino que se abre frente a mí. Repetí la idea varias veces, como si intentara memorizar un rezo.
La vereda desciende hacia el valle y, desde la pequeña explanada, se despliega el mismo paisaje de siempre, el vapor elevándose desde las tuberías enterradas, el domo de Elmira respirando y los campos extendiéndose en el horizonte.
Comencé a bajar. Los demás granjeros están en plena faena. Por haber asistido a la selección, le había pedido a Lara que cubriera mis primeras tareas. Y ahí estaba, empujando la herramienta cultivadora a paso firme. La rueda transmite un temblor constante a los dientes que remueven la capa superficial del suelo y arrancan las primeras malezas del solsticio invernal. El vapor que sale del terreno envuelve su silueta. A un lado, apoyado en una carretilla reforzada que construimos el ciclo pasado, Boferr me vio acercarme y soltó una carcajada.
—Ya era hora, Nafir —dijo todavía sonriendo—. Lara terminó tu trabajo de esta mañana, ya empezamos a cosechar.
Sobre el borde de la carretilla descansan sacos llenos de centeno, cebada y chícharo, los cultivos que mejor soportan el invierno.
—Gracias por cubrirme —murmuré.
—Bah —Boferr agitó el brazo—. Tus juguetes hacen la mitad del trabajo.
Se refiere al rastrillo de doble cabezal que lleva amarrado al cinturón y a la rueda cultivadora que Lara guía. Me acerqué a la montaña de objetos cercana a la carretilla. Me deshice de mis pertenencias, colocándolas junto a las demás, y me agaché para tomar el rastrillo que descansa junto a ellas. Giré el collar metálico hasta ajustar las púas cortas, adecuadas para alisar el suelo antes de sembrar. El mecanismo respondió con un clic limpio, que se sintió como un asentimiento.
—¿Ves? —dijo Boferr—. Hasta ese sonido inspira confianza.
Tal vez sigo sin saber qué lugar ocupo en el corazón de Afatali, pero aquí mis manos saben qué hacer.
* * *
Me uní a los demás y el frío del solsticio comenzó a ceder bajo la rutina. Terminé un par de hileras, pero cuando estaba a punto de hundir el rastrillo en la tierra una voz distinta me llamó. Esta vez era Jair, un hombre mayor de gafas de latón y un abrigo siempre manchado de aceite.
—Nafir, necesito ayuda con una de las tuberías —dijo, asomándose por la puerta del edificio junto al granero—. Parece que no está calentando como debería. Ya sabes que eres el único que puede ayudarme con estas cosas.
Asentí y dejé el rastrillo a un lado. Jair se encarga de mantener la maquinaria en marcha, pero el funcionamiento exacto y buena parte del diseño han quedado grabados en mi mente tras noches de estudio. El corazón de la granja no son solo sus cultivos, es también el entramado de tuberías, bombas y pistones que corren bajo nuestros pies y trepan por las paredes de madera remendada con latón en la casa central del campo. Dentro de ese lugar, junto a los barriles donde guardábamos los granos de la temporada, tengo un espacio especial para mí.
Recuerdo cuando Boferr me pidió limpiar las hierbas del campo y encontré plantas que jamás había visto. Dina nunca me había hablado de ellas. “Solo ponlas en el barril de composta” eran mis instrucciones, pero la manera en la que sobresalían de las hileras de cosecha me hacía querer mantenerlas. Al poco tiempo descubrí que su origen no proviene solo de la tierra. Las aves de cuatro alas coloridas que sobrevuelan nuestras cabezas, libres de ir a donde quisieran dejan caer semillas con sus deshechos. Silvia, la apotecaria, vio en mí un facilitador de algo que su ayudante hacía y, a falta de más seleccionados, recargó su necesidad en mi interés.
En ese espacio, dentro de una pequeña caja, descansan las semillas experimentales que he rescatado, esperando el momento a ser llevadas a la farmacéutica. Hoy será uno de los días en el que la visitaría.
Ingresé en el lugar donde se controla toda la maquinaria. Las tuberías de cobre que llevan calor a los campos están conectadas a una serie de bombas de agua accionadas por pistones que resoplan como animales.
Jair me mostró la tubería que falla, una sección floja por el cambio de temperatura, una avería que exige la presencia de dos. Una persona debe ajustar el flujo y mantenerlo bajo, la otra asegura la junta. Mientras reparamos las válvulas y el calor vuelve a deslizarse por la tubería, se escuchó a lo lejos el gemido del domo. Es el punto del día en el que las placas translúcidas se desplazan milímetro a milímetro, expandiendo los límites de nuestra pequeña civilización. Recordándome, ruidosamente, la diferencia de labores entre lo que hago y lo que deseo. Por ahora, mi tarea es más simple. Mantener el calor corriendo por las venas de la granja y asegurarme de que nada se detenga.