Desde afuera, la construcción frente a mí parece sencilla, con algunas plantas de exterior que solo se dan aquí y un techo cubierto en parte por enredaderas de hiedra. Al cruzar la puerta, todo cambia. El aire, como es de costumbre, está repleto del aroma de hierbas maceradas, el calor de calderos pequeños sube por tuberías metálicas, y las repisas, rebosantes de frascos con raíces, flores y hongos encapsulados cubren las paredes.
En el mostrador vi una pequeña bolsa de papel con el nombre de Boferr escrito. Una aprendiz joven, seguramente recién seleccionada, se acercó de inmediato. Su voz titubeo cuando intentó saludarme.
—Hola… ¿puedo ayudarte? —preguntó con cierta inseguridad.
—Busco a Silvia —respondí—. Vengo por lo de Boferr… y también tengo algo que entregarle.
Levanté la caja en mis brazos para que pudiera verla. La aprendiz asintió rápidamente y desapareció detrás de una cortina. Un momento después, salió Silvia, con el delantal marcado por manchas de resina y tierra, sus dedos son delgados pero endurecidos por el trabajo y su cabello oscuro y corto acentúa todavía más su gran estatura.
—Nafir —dijo con una sonrisa franca—. Ven, quiero enseñarte algo.
Me llevó hasta la mesa de trabajo del fondo. Sobre la superficie colocó una planta de hojas gruesas y rojizas, aún brillantes por un rocío reciente.
—Creció más rápido de lo que esperaba —exclamó con satisfacción—. Su savia entumece la zona donde se aplica. Sí funcionó como imaginaba, puedo preparar una pomada con ella.
Me quedé contemplando la planta con asombro. Silvia empezó a trabajar con el mortero de manera natural. En poco tiempo preparó un frasco con la pomada y me lo tendió.
—Nam y Boferr te lo van a agradecer —dijo al entregarme el frasco—. Aunque no la cure, no encontré efecto adverso alguno. ¿Verdad, Mona?
—Ninguno —respondió la aprendiz, sin mostrar preocupación por haber sido utilizada como prueba.
Agradecí el descubrimiento, dejé el resto de semillas para los experimentos de Silvia, tomé las medicinas de la bolsa del mostrador y salí rumbo a la casa de mi compañero. Su vivienda quedaba un poco apartada, me da la impresión de que su cansancio acumulado había ido empujando sus paredes hacia la periferia del pueblo.
Cuando llegué, hice una pausa antes de tocar, tratando de no añadir mi propio peso a la casa. Abrió su puerta y noté la diferencia de inmediato. Lejos de las risas del campo, su semblante guarda una sombra profunda, tiene su cabello desordenado, las ojeras marcadas y una sonrisa desgastada.
—Gracias, Nafir —dijo al tomar la bolsa.
—También traigo este ungüento —añadí, mostrándole el frasco—. ¿Recuerdas la hoja roja que encontré en un nido, la que me dejó punzadas en la muñeca? Silvia cree que puede ayudar.
Al decirlo, se encendió en mi conciencia la presencia del calor en mi mano. Sigue sintiéndose ajena, como si perteneciera más a Afatali que a mi.
—No sabes cuánto significa esto —dijo tomando el frasco con cuidado.
Le expliqué cómo aplicarlo, es un gesto pequeño, pero dentro de esta casa silenciosa, me hizo sentir como si le diera un regalo enorme.
—¿Comiste algo? —preguntó de pronto, señalando una mesa donde vi lo que seguramente es pan duro y un guiso que se ve frío.
Negué con suavidad.
—Estoy bien. Todos hacemos lo que podemos por los demás. No es necesario que me des algo.
Soltó una risa baja, casi amarga.
—Eso es lo que decimos —respondió—. Pero no siempre lo que hacemos.
Sus ojos se desviaron un instante hacia la habitación donde descansa su mujer. Me ofreció el plato de todas formas.
—Entra. Si no lo comparto, se enfría de cualquier manera. Y tu casa queda lejos.
No discutí más. Entré y me senté en la mesa, más por darle el gusto que por hambre. Él asintió, mostrándose más tranquilo.
Tras una pequeña charla sobre el trabajo y nuestros compañeros, interrumpida solo por la tos débil que llega desde la habitación principal cambié el tema.
—¿Te acuerdas de la historia que nos contó Jair? La de los raspones en las columnas —pregunté, con la curiosidad de lo que había escuchado por la mañana.
—Sabes que a Jair le gusta exagerar pero —dijo, deteniéndose un poco—, pero no es la primera cosa extraña que escucho, ¿Sabes que Lara vive cerca de la casa de Anisa, no? El palacio que tiene en las afueras.
—Sí, hace poco pasé por ahí, hay una cueva que descubrí cerca y quiero visitar —contesté intentando descifrar el punto de la conversación. El día parece insistente en recordarme mis anhelos.
—Bueno, Lara dice que Anisa rara vez sale de su casa y que puede escuchar golpes y ruidos de vez en cuando venir de ahí. Te digo Nafir, la gente cuenta historias de afuera pero yo creo que los verdaderos problemas están aquí adentro, con nosotros —concluyó.
Asentí, tomando la última cucharada de caldo, vaciando mi plato. No estoy seguro de si Boferr habla para sí mismo o si me intenta decir algo, pero el único misterio de mi interés en este momento es visitar esa cueva de nuevo y la esperanza de encontrar algún espécimen interesante para plasmar en mis dibujos.