El Híbrido

Desnudos

Estoy en un bosque infinito, más frondoso que cualquiera que haya pisado despierto. Las copas de los árboles forman un techo, sin fisuras, y todo parece más grande, los árboles me observan.

Corro escapando de algo. Los colores se distorsionan en pinceladas urgentes. Un temor sin origen me empujó a seguir corriendo sin ver atrás.

Entre la maleza que pasa creo distinguir un claro. Un espacio abierto donde existe una luz que intenta abrirse paso. Mis pies obedecieron de inmediato y se lanzaron hacia allí, buscando ese respiro. Estoy a punto de alcanzar el borde. Justo antes de salir al claro el suelo desapareció. Caí en un abismo de oscuridad líquida. Intento nadar, pero cada brazada se hunde más en aquella sustancia.

El aire me abandona, solo permanece el eco de mi aliento escapando en burbujas hacia un lugar imposible de imaginar. La única compañía es la confusión, un laberinto negro donde todo pierde estructura. Cada movimiento es un intento inútil de encontrar una salida. La desesperación se incorporó en mí. La incapacidad de respirar es el único pensamiento claro, y la oscuridad parece burlarse.

Justo cuando la desesperanza estaba a punto de consumirlo todo, apareció una luz. Una mano cálida surgió de la penumbra, se aferró a mi brazo y me arrastró hacia una claridad que no puedo explicar.

Desperté empapado en sudor, aún cansado, y con mi corazón golpeando con fuerza. Por un momento, la sensación de aquella mano cálida se quedó en mi mente, un rescoldo diminuto en medio del frío de la madrugada. Es el mismo calor, el mismo consuelo silencioso que, ahora en el sueño, me había traído de vuelta a la superficie, Afatali.

* * *

El primer saludo de mi día lo dieron las paredes, cubiertas por los dibujos. Empecé a prepararme para lo que fuera que estuviera por llegar. Junto a la puerta me espera la mochila que había dejado lista anoche, y al tocar mi propio brazo noté que no queda rastro del calor reconfortante que había imaginado en el sueño, el calor de ella.

Antes de vestirme para el trabajo decidí repetir la rutina del día anterior. Salí de la casa y caminé hacia el pozo cercano. La oscuridad aún cubre todo, pero ya se adivina una claridad en el horizonte.

Al llegar al pozo dejé que el agua fresca fluyera. Formé una cuna para recoger un poco y empapé mi rostro, tratando de arrancar el sudor salado de la pesadilla. El agua está más fría, quizá al dormir necesitaré más abrigo.

Me incliné para beber y, al levantar la vista, los primeros rayos tocaron mis hombros. Esperé un momento para ver el reflejo de la luz naciente del pilar en el agua que sostengo, pero el destello no llegó. Temí mover los ojos, temí girar la cabeza y enfrentar lo que eso significa.

Tras un tiempo inmedible, dejé caer el agua y obligué a mi cuello a girar. Levanté la vista y confirmé mi miedo. Los rayos del sol no encuentran la superficie en el domo.

Sin pensarlo, empujé la puerta de mi casa, me calcé las botas, tomé la mochila y corrí hacia el interior del pueblo, mis pasos resonando sobre la tierra endurecida por el frío. La luz tenue volvió todo un poco deshabitado. En este momento del día siempre había gente afuera, Jopan encendiendo la forja, los granjeros preparando surcos, las mujeres del molino revisando las correas del mecanismo que tritura el grano. Esta vez no hay nadie. Puertas cerradas, calles vacías.

El silencio resulta tan antinatural que erizó los vellos de mi piel. No escucho nada o no quise escuchar nada. Solo corrí. Mi mente está tan fija en ella que el resto del mundo se volvió un trazo borroso. El aire arde en mis pulmones, pero no aflojé el paso. Tengo que llegar a su casa, tengo que verla.

Cuando por fin llegué, empujé la puerta con tanta fuerza que casi la arranco de las bisagras. La mesa donde solía dejar trozos de madera está limpia. Las cajas de herramientas han desaparecido. Sus botas, que siempre quedaban tiradas junto a la entrada, ya no están. Ni siquiera los pequeños bloques que talla para los niños permanecen aquí. La casa está recién deshabitada, como si el tiempo que me llevó ponerme las botas hubiera sido suficiente para borrar su rastro.

No sé cuánto tiempo estuve quieto. Quise llamarla, pero mi voz se quedó atrapada detrás de la lengua. Solo cuando salí de la casa el mundo regresó. Puertas golpeándose, ventanas abriéndose, gente hablando desde las sombras, sus voces cada vez más desesperadas:

—¿Viste el cielo?

—El domo no está reflejando nada.

—Esto debe ser una prueba de la lectora.

—¿Una prueba? No tiene sentido.

—Quizá es para el aprendiz nuevo…

—No digan tonterías, esto no es una prueba.

Cada frase pasa de la confusión y se acerca al miedo. Elmira despertó sin escudo, expuesta al amanecer. No tengo dirección, hasta que escuché mi nombre.

—¡Nafir!

Giré, el aire que me quedaba escapó de inmediato. Afatali viene hacia mí, corriendo con determinación. Empuña una lanza. Reconocí el pulido de la madera, el trabajo de sus dedos. El material de la punta, con remaches limpios y precisos, era de Jopan. Probablemente la había fabricado hacía mucho, tal vez para darle cierta tranquilidad en sus visitas a los niños de la Academia, o porque en el fondo algún rincón de ella creía que la necesitaría, que las historias de monstruos que circulan entre los pasillos no eran solo cuentos. Llegó hasta mí, respirando con fuerza.




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