No sé cuánto tiempo ha pasado, noté que la luz que entra por la grieta cambió, el sol parece comenzar su descenso. Mis músculos duelen por el miedo acumulado que cargo y una postura incómoda. Tengo hilos metálicos sobre la ropa, restos de la oruga que dibujé antes de rendirme al descanso. Los fui retirando con los dedos, uno por uno. La dureza del material es evidente. Da la impresión de poder cortar cualquier cosa, son resistentes. Quitarlos resultó más sencillo que forzarme a salir de ahí.
Miré fuera de la cueva. La luz obligó a mis ojos a entrecerrarse. Desde aquí se alcanzan a ver algunas casas de Elmira exhalando humo por techos y ventanas. No distingo su origen; solo son columnas elevándose hasta perderse. El pueblo se extiende hacia la falda de la montaña. Todo se ve igual y, al mismo tiempo, ya no lo es.
Tomé aire y empecé a descender. No quise cruzar el centro del pueblo, así que bordeé los límites por senderos que conozco, manteniendo siempre a la vista los techos que alguna vez me dieron seguridad. A medida que el lugar se acerca, observo calles detenidas a medias. Algunas puertas las encontré abiertas, meciéndose con el viento. Herramientas tiradas, telas desgarradas colgando de las ventanas, huellas marcadas en el polvo que parecen iniciar sin llegar a ningún final.
Un ruido en la maleza detuvo mis pasos. Me agaché. De entre las ramas saltó una libra, más grande que cualquiera que he visto. Su pelaje rojizo tiene reflejos extraños bajo la luz, claramente creció en un entorno distinto. Permaneció quieta solo un momento y luego dio un salto, perdiéndose en las sombras. ¿Entró hoy? ¿Siempre estuvo esperando una apertura? Pensé en la silueta enorme que vi en la casa de Anisa, ese ser aferrado al barandal con su siseo húmedo que todavía no logro sacar de mi cabeza.
Bajé la vista, mi palma sigue manchada de sangre seca. La froté con el pulgar, sin poder eliminarla del todo. No sé de quién es.
Al acercarme al refugio, noté la ausencia de movimiento alrededor, el edificio permanece intacto. Me adosé al muro en el callejón lateral por el que llegué, pegado a la piedra, sin atreverme a asomarme por la entrada principal. Entonces escuché un susurro:
—Pssst.
Giré con el corazón de nuevo en mi boca. Goz, medio oculto en la sombra que proyectan dos barriles cercanos. Tiene los brazos raspados, la ropa sucia y la respiración temblorosa. Apreté los dedos en la piedra, queriendo romperla. Me acerqué a él, cruzando de mi lado al suyo rápidamente, tratando de mantener la voz baja.
—Goz… ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no entraste?
Hizo un gesto brusco, pidiéndome silencio.
—No hables tan fuerte… Hay personas dentro del refugio.
Por supuesto que debe haber personas. Toda Elmira habría corrido hacia ese lugar. Iba a preguntarle a qué se refería, qué tipo de personas, dónde estaba Afatali, cuando un sonido nos cortó la respiración. Un golpe, pesado, contra la puerta principal del refugio. Después, un arrastre.
Goz retrocedió un paso, pálido. Sentí, aún más que cuando salí de mi casa, que el aire empezó a escasear. El color oscuro de la sangre se sintió más duro sobre mi piel. Antes de decir algo más el sonido regresó, ahora acompañado. Otro golpe hueco contra la madera, seguido de pasos. En lugar de pisadas caóticas de aldeanos en pánico, tienen un ritmo seguro. Quienes crean esos ruidos parecen acostumbrados a transitar sobre cosas rotas.
Desde donde estamos escondidos logramos ver una franja de la entrada al refugio. Las puertas pesadas se abrieron de golpe, arrastrando tierra. Llegaron voces desde el interior, no parecen ser de Elmira. Tampoco me recuerdan al sonido rasposo que escuché bajo la casa. Esto es violencia convertida en palabras, sonidos ásperos, guturales, una lengua llena de hierro caliente intentando acomodar sílabas. Golpes breves de k, q, erres vibrantes, ruidos concluidos a medias. No entiendo ninguna palabra. Mi mente, en cambio, sabe que eso no nos pertenece. Mis manos comenzaron a sudar. Vimos algo salir del refugio. Incliné mi columna lo necesario para asomarme por la esquina sin delatarme y Goz se posicionó a mi lado.
Dos figuras salieron de ahí, humanas solo en forma. Llevan armaduras improvisadas, placas de láminas remachadas sin orden, pieles curtidas unidas sobre los hombros y correas tensas sujetando fragmentos de fierro. Parecen haber saqueado mundos distintos y obligado a cada pieza a encajar sin tradición. Me recordaron a la libra atípica que acabo de ver, algo similar pero diferente.
Uno de ellos sostiene a una mujer por debajo de los brazos, arrastrándola como un bulto. La reconozco, días atrás la vi recoger agua en el pozo. Recuerdo su expresión al notar el diseño de la flor y el calor que sentí cuando me regaló una sonrisa al identificarme como el creador. Ahora su cabello cae desordenado, su respiración es un resoplido grave, sus pies raspan la tierra sin fuerza. No intenta escapar. Uno habló.
—¿Nar bal ren ho?
La otra persona, o criatura, respondió.
—Nar bal ke nar… gar ta.
El sonido heló mi espalda. Ninguna de esas sílabas tiene sentido para mis oídos. Hay más de una pesadilla acompañando ese horror del subterráneo. Tengo que retroceder. Goz dio un paso al frente.
—Goz… no —alcancé a susurrar e intenté tomarlo del brazo. Mis dedos atraparon la correa de su cantimplora y la jalé intentando detenerlo, pero terminé arrancándola de su cinturón.