El Híbrido

Bosque

Mis músculos se movieron por un instinto primario, la necesidad latente de esconderme, de perderme en un rincón donde nadie pueda encontrarme. Corrí hasta que mis piernas dejaron de obedecerme. Busqué con desesperación algún lugar que me desaparezca del mundo. No puedo regresar a la cueva, queda demasiado cerca, y seguir caminando sin rumbo no tiene sentido. Dormir a la intemperie, expuesto al cielo, es imposible. Necesito un pedazo de tierra que no me exija nada, que solo trague mi cuerpo sin preguntar.

Encontré lo que busco en un árbol enorme, de corteza resquebrajada y raíces gruesas que se alzan del suelo. Entre dos de ellas se abre una oquedad profunda y natural, lo bastante amplia para una figura acurrucada. Me arrodillé frente al hueco. Luego, empecé a juntar un escondite con poca habilidad y dedos raspados. Reuní ramas secas, hojas caídas, pedazos de corteza, lo que pueda arrancarle al lugar. Los coloqué frente a la entrada con movimientos bruscos. Cada rama cruje con una fuerza inesperada, creando un estallido que hace que mi corazón golpee desesperado, queriendo huir de mi costado y escapar más rápido de lo que puedo moverme. Mi cabeza gira con cada sonido, siento el cuello rígido. Esperé figuras entre los árboles, manchas rojas en mejillas desconocidas, acero entre la maleza, pero el tiempo pasa y no aparece nadie, o tal vez el miedo es tan compacto y absoluto que me dejó incapaz de distinguir si hay algo más a mi alrededor.

Cuando terminé de cubrir la entrada, me arrastré hacia adentro del hueco. El espacio es sofocante, un nido para alguien que no sabe dónde depositar su masa. Es perfecto. Las raíces rasparon mi espalda y la mochila de piel con sus hebillas opacas se clavó en mi costilla. Me encogí hasta donde mis huesos lo permitieron, reducido a la forma frágil de un niño asustado empeñado en desaparecer dentro de sí mismo. La oscuridad me rodea, el olor a lodo llenó mi nariz, cubriéndome, mezclado con un aliento a óxido. Tapé mis hombros con la tela que cargo y el silencio me aplastó. Es tan profundo que cada uno de mis latidos rebota contra mis costillas, retumbando en mi cráneo, marcando un ritmo incontrolable.

Imágenes comenzaron a aparecer frente a mí, en el espacio del hueco que no está siendo desperdiciado para contenerme. Primero Goz, ocurriendo aquí mismo, superpuesto a la oscuridad. La garra del extraño sujetando su cabello, la tensión en nuestras gargantas, los músculos de ambos duros, inútiles. El filo deslizándose donde no debe hacerlo. El sonido. La carne de su piel, y la mía, abriéndose en conjunto. Los espasmos finales, los dedos arañando la tierra en un último intento de aferrarse a algo que se va. Y, finalmente, sus ojos, apuntando hacia donde yo estoy, en el árbol. Ojos que se quedaron en mí y que sé que no me van a abandonar nunca.

Después llegaron los demás, uno tras otro, traídos por la misma corriente. Boferr tirado junto a una mesa rota. Jopan inmóvil, dentro de la forja silenciosa, entre hierro y hollín sin propósito. Los agricultores esparcidos en los surcos, tendidos entre la tierra removida. Cada uno cae en mi mente con la misma brutalidad, la misma falta de piedad. Todos muertos, no hay otra explicación.

Y entre ellos apareció Afatali. La percibí en el humo que se eleva desde el pueblo, en las volutas negras sobre los techos. La imaginé cerrando los ojos. La imaginé soltándome. La imaginé apagándose sin hacer ruido. Una idea egoísta cruzó mi estómago con un ardor punzante:

—No le dijiste lo que sentías. Ni una sola vez. Ni cuando estaba viva, al alcance de tu voz. —Me odio por pensar eso antes que cualquier otra cosa.

Fue entonces cuando las voces comenzaron.

—No sirves de nada.

La escuché pegada a mi oído, escondida conmigo.

—Pudiste correr hacia él.

—Pudiste empujar al hombre de la lanza. Distraerlo. Gritar. Hacer algo.

Otra voz, más débil, quebrada, intentó alzarse.

—No tenía nada… no sabía qué hacer…

La voz fuerte rio.

—Mentiras. Pudiste ir con Anisa antes. Pudiste seguir a Afatali. Pudiste ir al refugio.

—Pudiste no huir a la cueva. Pudiste enfrentarte a algo finalmente.

La voz pequeña tembló.

—Intenté sobrevivir…

—Exacto —dijo la voz fuerte—. Porque sabes huir, solo eres bueno para eso.

La sentencia cayó una tras otra de manera inevitable.

—Huiste cuando Goz te necesitaba.

—Cuando viste sangre.

—Huiste cuando la criatura del subterráneo se movió.

—Cuando podías decir algo.

—Huiste de ella.

Algo se resquebrajó en mi interior, un sonido interno que nadie puede escuchar.

—Ahora todos están muertos —continuó la voz de manera implacable—. Y tú sigues vivo. Porque eres miserable.

Mi garganta arde, áspera, y el deseo de gritar quemó mis pulmones. Quise llorar con fuerza, desgarrar la tierra con los dedos hasta hacerlos sangrar, pero el miedo sigue acompañándome, incluso aquí dentro.

Lloré en silencio, con la cara hundida entre las rodillas, con los sollozos atascados entre mis piernas, con cada parte de mí temblando hacia adentro. Entonces escuché un susurro familiar.




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