El Híbrido

Día Cero

La mochila de libra cuelga de mi hombro con un peso insoportable, más de lo que su tamaño justifica. Realicé un recuento de lo que lleva dentro: dos cantimploras secas, la libreta de dibujos, la pluma metálica, tres frascos, el pedernal, la cuerda, el cuchillo de Jopan y unas cuantas herramientas pequeñas. Por fuera, tengo enrollada la tela que Afatali me había regalado. Todo lo que queda de mi vida anterior cabe comprimido ahí, golpeando mi costado a cada paso, recordándome que ya no existe nada más. Todo lo necesario para sobrevivir con la excepción de lo más vital. Agua y alimento.

Mis músculos todavía no se acostumbran a moverse después de las noches apretado dentro del árbol. Cada paso se siente como una jornada completa en los campos.

Empecé a caminar sin un rumbo claro, me alejé del árbol hasta donde mi energía me lo permitió. No llegué lejos antes de tener que detenerme a descansar. Muchas cosas que el bosque me ofrece no están registradas en mi libreta, olores dulces y amargos. Insectos con colores vivos y plantas que hacen parecer a las que conozco tristes imitaciones. Es un mapa nuevo y yo camino sin leyendas, con la mente vacía de referencias.

Recordé las lecciones de Silvia. Entre frascos y vapores, hablando de hongos y raíces mientras el vidrio del taller se empañaba con el aliento de las infusiones. Cada palabra suya parece haber estado esperando este momento.

—Raíz de piedra —repetí por dentro para no perder mi uso de razón—. Hojas similares a hiedra venenosa, con una fruta espinada comestible. Alcanucia, un tubérculo de sabor agrio, pero nutritivo. Envengante, el hongo de capas onduladas que da un poco de energía y te mantiene despierto. Hierba solar, una flor con un centro cubierto de pequeños pistilos que siempre apuntan al sol, útil para enfermedades pulmonares.

Y las advertencias girando junto a esos nombres para no cometer errores bajo la hambruna:

—Ruinaalimento, produce vómito y dolor. Turbución, alucinaciones. Pentro, te corroe los intestinos y mueres con dolor. Cincel azulado, deja el organismo inmóvil mientras tu mente se mantiene despierta.

Las imágenes de esas enseñanzas se mezclan con el cansancio y la deshidratación. No puedo asegurar que mi memoria esté acertando del todo, pero mis anotaciones conectaron los puntos que la falta de agua distorsiona en mi mente. Caminé hasta poder encontrar algo que distinga sin espacio para dudas.

Finalmente vi una planta de hojas gruesas, rojizas, que me hizo pensar en la hoja de fuego. Me acerqué con cuidado y con el corazón acelerado, la aceché como si fuera una presa viva que escaparía de mi vista. Las hojas mantienen el mismo rojo vivo que recuerdo. Las nervaduras parecen en su sitio. Rompí una y la savia salió espesa, con un olor ligeramente mineral. Froté un poco en mi antebrazo. Primero sentí un cosquilleo leve, luego un entumecimiento.

—Hoja de fuego —murmuré—. Al menos eso parece.

Deseé que comerla entumeciera mi estómago, pero reconocí esa idea como efecto del cansancio. Aun así, encontrarla e identificarla me dio la pequeña esperanza de no estar completamente indefenso. Que no todo lo que sé está en mi espalda y que este mundo nuevo aún tiene algo que ofrecer incluso para alguien como yo.

Más adelante encontré una planta de tallos largos y espinosos, coronados por un fruto lleno de púas suaves. Parece una versión más salvaje de la raíz de piedra. Tomó un tiempo convencer a mi mente de que vale la pena intentar alimentarme de ella. Saqué el cuchillo de Jopan y abrí el fruto con el mejor cuidado que alguien desesperado puede tener. Alejé las espinas de mis dedos. El centro es blando, de un color pálido que no da señales de un peligro inminente.

Corté un trozo pequeño y lo acerqué a mi boca, sorprendido del poco asco que me dio su consistencia babosa. Lo mastiqué despacio, atento al más leve cambio: ardor, mareo, cualquier señal de veneno. Nada. Esperé un poco y tomé otro pedazo. Luego otro. El hambre no mejoró, pero hizo de mi hueco algo soportable.

Seguí avanzando hasta que mis músculos cedieron por su cuenta y me obligaron a descansar en la base de un tronco grueso. Sacudí las cantimploras vacías, un gesto inútil, ritualístico. Las agité de nuevo con la cabeza caída como si algo diferente fuera a ocurrir. Pensé en el pozo de Elmira, la flor de bronce que diseñé para adornar la salida del agua. Aquí ni siquiera sé dónde está el río más cercano, si es que existe alguno.

Sé que el norte del pueblo tenía acceso a un pequeño arroyo. La presencia de montañas a mi costado derecho me hizo pensar que no debo estar lejos de uno. Sin embargo, el ritmo al que me muevo en mi estado actual crea su propia barrera. Pensé que posiblemente así se sentirían las criaturas que no lograban vernos desde el otro lado del domo. Desplacé la idea de mi mente, reconociendo la distracción que la falta de sustento me causa. Silvia solía decir que donde hubiera insectos bien alimentados, tarde o temprano habría agua.

Cerré los ojos y escuché. Zumbidos lejanos, aleteos dispersos, el leve golpe de algo contra una rama oculta. Seguí el vuelo de un grupo de libélulas grandes, no tan enormes como las de la aldea, pero lo bastante llamativas como para no ignorarlas. Planean en círculos sobrevolando un claro. Cuando me acerqué, lo que encontré fue un área de tierra lodosa, sin algún arroyo visible. El lugar huele a hojas pudriéndose y ramas caídas. Introduje los dedos y la tierra se pegó a mis uñas en grumos.

Intenté excavar hasta encontrar agua. La tierra se hizo menos compacta, más densa, pero no encontré nada líquido, solo barro espeso. Me quedé viendo el pequeño hoyo ridículo que hice, y una risa quiso salir sin lograr hacerlo. Me incorporé de nuevo.




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