El crepúsculo se cernía sobre la antigua biblioteca, tiñendo los polvorientos anaqueles con pinceladas violáceas y naranjas que se deslizaban lentamente por los lomos de los libros. El aroma a pergamino viejo se mezclaba con un sutil matiz terroso que brotaba de los frascos de hongos en el estante más cercano. Allí, entre columnas talladas con símbolos arcanos, el tiempo parecía haberse detenido hacía siglos.
Para Silas, esa hora en que el mundo de los mortales comenzaba a desvanecerse tenía un significado íntimo. Era el momento en que sentía más nítidamente el abismo entre su naturaleza inmortal y la efímera humanidad que estudiaba con obsesión. Mientras el último resplandor solar se retiraba detrás de los ventanales ojivales, una familiar melancolía se alojaba en su pecho.
Kael, en cambio, celebraba la llegada de la noche como quien aguarda a un viejo amante. Se movía con una gracia felina entre las estanterías, sus pisadas apenas un susurro sobre la piedra. Pasó un dedo distraído por el lomo de un códice medieval, dejando un rastro en el polvo.
—Siempre me ha parecido poético este momento, ¿no crees, Silas? —comentó, deteniéndose frente a la ventana. Sus pupilas, negras como un pozo, se dilataron cuando el crepúsculo dio paso a la penumbra total—. El mundo se aquieta... y nosotros despertamos.
Silas no respondió de inmediato. Sus ojos recorrían con avidez las intrincadas ilustraciones de un tratado de alquimia del siglo XVII, absorto en símbolos que tal vez prometían alguna revelación perdida. Cuando finalmente habló, su voz llegó envuelta en un leve tono de distracción:
—Poético, sí. Aunque no todos compartimos tu entusiasmo.
Kael soltó un suspiro teatral y se giró. La penumbra resaltó la línea de su mandíbula y el brillo casi divertido en su mirada.
—Es que tú siempre fuiste un erudito atrapado en un mausoleo de papel. —Sonrió con calidez—. Yo prefiero recordarme que seguimos aquí fuera, Silas. Caminando entre ellos. Respirando su miedo y su deseo.
Silas alzó una ceja.
—No respiramos, Kael.
—Metáfora —replicó el otro con un gesto despreocupado.
El silencio se estiró entre ellos, cómodo y denso, como tantas otras veces. Aunque sus temperamentos se oponían, compartían un vínculo más profundo que cualquier discrepancia: el compromiso de vivir sin sangre humana.
Aquel pacto personal había comenzado siglos atrás, cuando la última gran purga de vampiros se saldó con ciudades enteras bañadas en matanzas y piras funerarias. Silas recordaba demasiado bien el hedor dulzón de la sangre fresca y el rugido salvaje en su garganta. Fue entonces cuando comprendió que su especie siempre estaría al borde de su propia extinción si no renunciaba a su hambre más primitiva.
Kael, por su parte, abrazó aquella abstinencia con un fervor casi juguetón, como quien se impone un reto exótico. Pero en su sonrisa siempre latía cierta inquietud.
En la penumbra, Kael caminó hasta la mesa donde reposaba un cuenco de cerámica esmaltada con su peculiar sustento: un líquido oscuro y denso, elaborado con hongos criados en la penumbra de sótanos milenarios. La receta se había transmitido de generación en generación entre pequeños círculos disidentes de vampiros, y requería días de fermentación y un toque de alquimia menor. Aunque no poseía la vitalidad de la sangre auténtica, mitigaba la sed y amortiguaba la agresividad que durante siglos los había condenado al exilio y la persecución.
—¿Piensas salir esta noche? —preguntó Silas al fin, cerrando el tratado con un suave golpe que levantó un soplo de polvo.
—Tal vez —respondió Kael con naturalidad—. La noche es joven, y Quequén siempre tiene algo que ofrecer a quienes saben mirar.
Un instante después, añadió con un matiz de nostalgia:
—O a quienes prefieren no mirar demasiado de cerca.
Silas percibió el cambio en su tono, pero no lo comentó. En su mundo, la melancolía y el ansia eran hermanas inseparables.
—Recuerda las reglas, Kael —advirtió, aunque sabía que la advertencia caería en terreno estéril.
—Siempre las recuerdo —aseguró Kael, alzando el cuenco a modo de brindis—. No me malinterpretes, hermano. Esta dieta nuestra me hace menos... agresivo. Menos propenso a los accidentes.
Silas se acercó a otro cuenco idéntico. Contempló el líquido con una expresión que no era precisamente de deseo. Aún así, bebió un sorbo lento. El sabor era terroso, casi metálico, y le dejó una leve sensación de vacío en el paladar. Por un instante, su mente evocó un recuerdo: un corazón que latía frenético bajo sus manos, el calor vital derramándose en su boca. Sacudió la cabeza para disiparlo.
—No es el sabor lo importante —murmuró, casi para sí mismo—. Es lo que significa.
—Una ilusión de humanidad —replicó Kael suavemente, dejando el cuenco sobre la mesa—. Y aún así, no puedo evitar pensar que esta ilusión es lo único que nos mantiene cuerdos.
Se miraron en silencio, unidos por una comprensión mutua que no requería palabras.
Un reloj de péndulo dio la hora. El sonido resonó con solemnidad en la estancia. Fue entonces cuando ambos percibieron un leve crujido más allá de los muros de la biblioteca. Una vibración, casi imperceptible, que presagiaba el mensaje que pronto alteraría su rutina.
Silas entornó los ojos, atento. No era inusual que el Consejo enviara emisarios a horas intempestivas, pero algo en aquella quietud le erizó la piel.
—Parece que esta noche no será tan tranquila —dijo, sin emoción en la voz.
Kael se apartó de la ventana y se pasó una mano por el cabello revuelto.
—No temas, Silas. Quizá solo quieren otro informe de nuestras “actividades”. —La ironía se le escapaba en cada sílaba.
—O quizá —respondió Silas con un susurro apenas audible— han encontrado algo que consideran... inaceptable.
La puerta principal se abrió con un gemido largo, que pareció rasgar la calma de la biblioteca como un presagio. Afuera, la noche de Quequén se adensaba con un silencio expectante.