El híbrido prohibido

Cenizas y secretos en el bosque

La orden del Consejo había llegado envuelta en la formalidad fría de un pergamino sellado con el símbolo arcaico de su linaje. “Una amenaza debe ser extinguida.” Las palabras resonaron en la mente de Silas, incluso ahora, varias noches después, mientras él y Kael se adentraban en el denso bosque.

“¿Estás seguro de que entendiste todo?”, preguntó Silas, con la preocupación tensando su voz. La despreocupación habitual de Kael en temas serios siempre lo ponía nervioso.

“Absolutamente,” respondió Kael con un encogimiento de hombros. “Una bruja entrometida llamada Maeve. Demasiado curiosa sobre nuestro mundo. El remedio del Consejo: una purificación por fuego. Clásico, ¿no crees?”

La cabaña se alzó ante ellos como un faro de luz cálida en la penumbra del bosque. No era la guarida sombría que Silas había imaginado. Las ventanas irradiaban un resplandor dorado, y una voluta de humo perfumado ascendía perezosamente de la chimenea. Al acercarse, Silas percibió el inconfundible aroma de hierbas: lavanda, romero, algo más terroso y desconocido.

La puerta, de madera tosca pero adornada con intrincados tallados de nudos celtas, no estaba cerrada con llave. Kael la abrió con suavidad, y ambos entraron en un espacio acogedor y sorprendentemente luminoso. Las paredes estaban repletas de estanterías desbordantes de libros de lomos desgastados. Atados de hierbas secas colgaban del techo, llenando el aire con su fragancia embriagadora. Símbolos protectores, tallados en madera y pintados en pergaminos, adornaban las paredes, sutiles recordatorios de que estaban en territorio mágico.

En el centro de la estancia, junto a una mesa cubierta de frascos y morteros, se encontraba Maeve. Su cabello, de un intenso color naranja cobrizo, caía en ondas sueltas sobre sus hombros. Sus ojos verdes, brillantes e inquisitivos, los observaron con una calma desconcertante. No mostró sorpresa ni miedo, solo una curiosidad aguda.

Antes de que pudiera pronunciar palabra, Kael actuó. Con un movimiento fluido de su mano, ejerció su poder vampírico, tejiendo una sutil sugestión en la mente de la bruja. Sus ojos se desenfocaron ligeramente, y obedientemente se dejó guiar hacia una silla de madera rústica. Silas la ató con una cuerda resistente, sintiéndose incómodo con la facilidad con la que habían doblegado su voluntad.

Una vez segura, la hipnosis se desvaneció de los ojos de Maeve. En lugar de pánico, una leve sonrisa sarcástica curvó sus labios.

“¿Así que son ustedes los enviados del honorable y discreto aquelarre de chupasangres?”, dijo con voz tranquila, aunque con un deje de burla. “Debo decir que esperaba algo más... dramático.”

Kael, apoyado contra una estantería con una desenvoltura encantadora, respondió con una sonrisa igualmente seductora.

“Depende de nuestra anfitriona, ¿no crees? No queríamos arruinar una cabaña tan... aromática.”

Silas observaba la interacción con creciente inquietud. El coqueteo apenas velado de Kael con la mujer que debían incinerar era una clara desviación del plan.

“Kael,” siseó en voz baja, “recuerda por qué estamos aquí.”

“Oh, lo recuerdo perfectamente, Silas,” respondió Kael sin apartar la mirada de Maeve. Sus ojos brillaban con una intensidad que no era propia de la simple hipnosis. “Pero, verás, he estado escuchando a nuestra encantadora anfitriona mientras la atábamos. Parece que su ‘curiosidad’ sobre nuestra sociedad se limita a intentar entender cómo podemos vivir tanto tiempo sin aburrirnos mortalmente.”

Maeve soltó una pequeña risa. “Bueno, esa también era una de mis preguntas.”

La tensión en la cabaña se había diluido, reemplazada por una atmósfera extrañamente cordial. Silas se sentía fuera de lugar, como un espectador incómodo en una obra de teatro inesperada.

“Kael,” insistió Silas, acercándose. “El Consejo no aprobará esto. Se suponía que debíamos...”

“Quemarla,” terminó Kael, mirando a Maeve a los ojos. “Sí. Pero, Silas, ¿ves algún mal real en ella? ¿Alguna amenaza genuina?”

Silas dudó. Maeve no parecía una hechicera malévola, solo una estudiosa con una sed de conocimiento que, desafortunadamente, se había extendido a su mundo secreto.

“No la quemaremos,” declaró Kael con una firmeza inesperada. Se acercó a Maeve y desató sus ligaduras.

Silas palideció. “¿Estás loco? ¡Nos meteremos en graves problemas!”

“Lo sé,” respondió Kael, ayudando a Maeve a levantarse. “Pero no puedo hacerlo, Silas. Simplemente no puedo.”

En los minutos siguientes, Kael explicó brevemente a Maeve la naturaleza de su misión y el conservadurismo implacable del Consejo. Maeve escuchó con atención, asintiendo pensativamente.

“Entiendo,” dijo finalmente. “Para ustedes, mi existencia es una amenaza. Pero yo no deseo daño a su gente. Solo quería entender.”

Maeve desvió la vista hacia las estanterías repletas, como si despidiera mentalmente cada tomo, cada frasco y cada recuerdo. Su voz se tornó más baja, casi un susurro cargado de cansancio.

“¿Y qué se supone que haga ahora? Todo mi trabajo… mi hogar…”

Kael la observó con gravedad. La luz de las lámparas vacilaba sobre su rostro, acentuando la decisión que había tomado mucho antes de encender la primera chispa de duda.

“Vendrás conmigo,” dijo al fin. “Mi refugio está apartado. Nadie del Consejo pensará buscarte allí. Podrás reorganizar tus notas, decidir si quieres huir más lejos o… quedarte el tiempo que necesites.”

Maeve sostuvo su mirada, midiendo su sinceridad. Un silencio tenso se instaló mientras el crepitar de la chimenea llenaba el aire.

“¿Y qué ganarás tú con esto?” preguntó, con un dejo de ironía que apenas disimulaba su vulnerabilidad.

Kael esbozó una sonrisa que no era del todo despreocupada.

“Quizá algo de paz. O una conversación interesante cuando la noche se vuelva demasiado larga.”

Maeve respiró hondo. Finalmente asintió.

“De acuerdo,” dijo con un hilo de voz. “Te acompañaré.”



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En el texto hay: vampiros, drama, amor imposible

Editado: 27.01.2026

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