El híbrido prohibido

El precio de la desobediencia

La casa de Kael, una elegante casona colonial con vistas al Atlántico en los acantilados de Quequén, siempre había sido un reflejo de su dueño: amplia, acogedora, pero impregnada de un aire de soltería despreocupada. Las paredes estaban decoradas con mapas antiguos y relojes que no marcaban ninguna hora real. La luz que se filtraba por los ventanales de cedro solía teñirlo todo de un dorado suave, como si incluso el tiempo se tomara un respiro allí.

La llegada de Maeve transformó ese refugio en algo más que una guarida vampírica. Fue como si las sombras mismas, tan cómodas en aquel lugar, retrocedieran para dar paso a la calidez de su presencia. Sus hierbas aromáticas, que antes perfumaban su cabaña perdida en el bosque, ahora se extendían por la casa de Kael, mezclándose con el aroma a humedad salina que traía la brisa del Atlántico. Al principio, Kael protestó cuando vio ristras de ajenjo colgadas junto a su colección de armas antiguas, pero pronto empezó a encontrar consuelo en esa fragancia que hablaba de un hogar nuevo, forjado en el secreto y la insensatez.

Kael no perdió tiempo. Apenas amaneció sobre las dunas, se presentó solo ante el Consejo. Entró en el gran salón abovedado con su porte relajado y ese carisma que muchos confundían con arrogancia. Pero aquella mañana, su voz no tembló ni un instante cuando declaró con firmeza:

—La bruja ha sido purificada.

Su mentira fue tan perfecta que durante un instante creyó que podría durar para siempre. Deliberadamente omitió cualquier mención de Silas. Así, si la verdad emergía —y en su fuero interno sabía que siempre terminaba emergiendo— el Consejo solo se volvería contra él. Silas quedaría al margen de las represalias.

Cuando Silas se enteró de esa jugada, la rabia le quemó por dentro. No por el peligro que Kael había atraído sobre sí mismo, sino por la manipulación silenciosa. Aquella noche, se presentó en la casona sin previo aviso. Entró sin llamar, cerró la puerta con un golpe seco y encontró a Kael en la biblioteca, revisando unos pergaminos. La brisa marina se coló tras él como un augurio de tormenta.

—¡Eres un idiota! —espetó Silas, su voz apenas un susurro cargado de furia—. ¿Qué demonios crees que haces? ¡Crees que eres un héroe, pero solo has cavado tu propia tumba!

Kael levantó la vista con la calma exasperante que lo caracterizaba. Sus ojos, tan pálidos que casi parecían plata, se fijaron en los de su viejo amigo.

—No es sobre heroísmo, Silas. Es sobre lealtad. Y sobre hacer lo correcto.

En ese instante, Silas supo que no había nada que pudiera decir para cambiar su resolución. Kael jamás se arrepentiría. Y en el fondo, esa certeza lo aterraba más que cualquier amenaza del Consejo.

Mientras tanto, en la intimidad de la casona, el amor entre Kael y Maeve florecía con la velocidad de una flor nocturna. La casa empezó a latir con una vida nueva, casi humana. Las risas de Maeve llenaban los pasillos antaño silenciosos. Kael se descubría sonriendo por cosas que antes le habrían resultado triviales: un cuenco de hierbas frescas, una melodía entonada en voz baja, la manera en que ella organizaba sus libros como si cada uno fuera un tesoro.

Pasaban las noches explorando los secretos del otro. Kael le contaba historias sobre el vasto mundo vampírico, los pactos ancestrales, las guerras de clanes que habían dejado ciudades enteras en ruinas. Maeve, a su vez, le enseñaba las propiedades de plantas que crecían solo bajo la luna y compartía antiguos ritos celtas que hablaban de equilibrio y renacimiento. A veces, Kael despertaba antes del crepúsculo solo para observarla dormir, maravillado por la fragilidad de su respiración y el calor de su piel.

Silas seguía viéndolos de vez en cuando. En su reclusión, agradecía esas visitas que traían un aire de normalidad. Siempre se marchaba con un nudo en el pecho, incapaz de decidir si los envidiaba o los compadecía.

Una noche, su visita fue distinta. Apenas entraron en la biblioteca, Silas percibió un brillo inusual en los ojos de Kael. Maeve, aunque serena, llevaba en el semblante una luz radiante que no necesitaba palabras.

—Tenemos noticias, viejo amigo —anunció Kael, incapaz de disimular su emoción.

Maeve puso una mano suave sobre su vientre. En el silencio que siguió, una pequeña ráfaga de aire cálido recorrió la estancia, como si un poder antiguo hubiera sido invocado.

Silas tardó un instante en comprender. Cuando lo hizo, su mirada pasó del asombro al horror.

—¿Están locos? —susurró con voz rota—. ¿Saben lo que significa esto? Un híbrido… es una abominación a los ojos del Consejo.

Maeve sostuvo su mirada sin vacilar.

—Es un milagro —corrigió con suavidad—. Y no pienso avergonzarme de ello.

Silas bajó la vista, sintiendo que las palabras se le enredaban en la garganta. A pesar de todo, no pudo evitar una punzada de alegría. Durante siglos, había olvidado que incluso los inmortales podían amar con tanta fuerza.

El tiempo empezó a fluir con un ritmo distinto, marcado no por las lunas vampíricas, sino por el crecimiento del vientre de Maeve. Kael se volvió más protector que nunca. No permitía que Maeve saliera sola ni siquiera al jardín. Silas comprendía la razón: no importaba cuán alta fuera aquella casa ni cuántos conjuros la protegieran. Algún día, el Consejo descubriría la verdad.

Y así ocurrió.

Una noche de tormenta, con el viento aullando sobre Quequén como un coro de banshees, Maeve dio a luz a una niña. La pequeña nació envuelta en un silencio solemne. Tenía el cabello negro como el azabache, la piel pálida como la nieve y unos ojos grises que parecían contener la memoria de siglos. La llamaron Lyra.

La dicha de la nueva familia era un faro en medio de la oscuridad. Pero incluso los faros pueden ser alcanzados por la tormenta.

La primera señal llegó apenas unas semanas después del nacimiento. Una nota, escrita en un pergamino amarillento y sellada con el emblema del Consejo, apareció sobre el umbral de la casona. Las palabras eran escuetas, pero su amenaza pesaba más que cualquier discurso:



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En el texto hay: vampiros, drama, amor imposible

Editado: 27.01.2026

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