En los últimos meses, la luz despreocupada que siempre había brillado en los ojos de Kael se había ido atenuando, como una vela que se consume sin remedio. La chispa traviesa que solía iluminar su mirada parecía ahora un reflejo lejano, mantenido por pura voluntad. Incluso sus bromas y su encanto fácil, que tantas veces habían desarmado a enemigos y amigos por igual, se notaban forzados, como una máscara que amenazaba con resquebrajarse bajo el más leve roce.
Lyra, mientras tanto, crecía con la velocidad inquietante de los niños bendecidos —o malditos— por la magia. Gateaba por los suelos encerados de la casona, un torbellino de curiosidad incansable, con sus cabellos negros como la noche y esos ojos grises que parecían observarlo todo con un entendimiento que no correspondía a su corta edad. A veces, cuando Kael la tomaba en brazos y ella alzaba la vista hacia él, sentía que su hija podía ver más allá de su piel y de sus mentiras piadosas, hasta lo que ocultaba en lo más profundo: un miedo que se había enraizado en su corazón inmortal.
Silas, aunque distante de la crianza diaria de Lyra, no era ajeno a ese cambio en su viejo amigo. Sus visitas se habían vuelto más esporádicas, pero cada vez que se presentaba en la casona, insistía en sonsacar a Kael sobre el estado de su confrontación silenciosa con el Consejo. Kael restaba importancia con evasivas, encogiéndose de hombros o esbozando esa sonrisa cansada que Silas detestaba más que cualquier silencio. Sin embargo, Silas lo conocía demasiado bien. Había compartido con él siglos de intrigas y batallas. Sabía leer el miedo en el temblor casi imperceptible de sus dedos, en la tensión que se alojaba en sus hombros como un peso imposible de sacudir.
A pesar de todo, Silas no lo juzgaba. El amor —lo sabía mejor que nadie— era la única fuerza capaz de desarmar la lógica implacable de un vampiro. Para Kael, Maeve y Lyra no eran solo un desafío al Consejo: eran su ancla y su razón de existir. Y Silas comprendía, con un dolor agrio que a veces lo desvelaba, que él mismo habría hecho lo mismo por aquellos a los que alguna vez había amado.
Lyra era un milagro viviente. Una criatura adorable y desconcertante, una mezcla perfecta de la belleza oscura de su padre y la serenidad misteriosa de su madre. Kael y Maeve la adoraban con una ternura que a Silas le resultaba casi insoportable de contemplar. En cada mirada y cada sonrisa se notaba la certeza de que todo su sacrificio, toda su huida y su traición al Consejo, habían valido la pena por ella. A veces, cuando Lyra balbuceaba sonidos incomprensibles y alzaba sus pequeñas manos hacia ellos, Kael se inclinaba a besarle la frente con un amor tan puro que parecía redimir todos sus pecados.
Pero nada de eso podía detener el tiempo, ni la amenaza que crecía en las sombras.
En las noches más silenciosas, cuando la brisa marina se colaba por los postigos, Kael se despertaba con el corazón martillándole el pecho. Sabía que el Consejo estaba más cerca de descubrirlos. Había rumores, señales demasiado precisas: movimientos de vigías en los senderos costeros, campanillas de advertencia que sonaban sin causa aparente, siluetas que se desvanecían cuando las miraba directamente. Y, a pesar de todas sus precauciones, de todas las protecciones tejidas por Maeve, comprendía que no podrían huir para siempre.
Esa noche de otoño, la tormenta se desató con una furia que parecía presagio. El viento aullaba en los acantilados con voz de animal herido. La lluvia caía en cortinas densas que borraban el contorno de la costa. Cada relámpago iluminaba los muros de la casona con un resplandor espectral. En la biblioteca de Silas, el fuego crepitaba en la chimenea, proyectando sombras largas que se movían como criaturas antiguas. Silas estaba absorto en un grimorio polvoriento, intentando sin éxito concentrarse en las páginas ajadas. Había algo en el aire —una tensión sutil, un presentimiento oscuro— que le oprimía el pecho.
Fue entonces cuando un golpe fuerte y desesperado sacudió la puerta principal.
Silas alzó la vista, el corazón latiéndole con violencia. Durante un instante permaneció inmóvil, como si necesitara confirmar que no lo había imaginado. El golpe se repitió, más urgente. Con paso rápido cruzó el vestíbulo y abrió la puerta.
Allí estaba Kael, empapado hasta los huesos. Su silueta se recortaba contra la noche embravecida, el cabello negro pegado al rostro. Sostenía a Lyra dormida, envuelta en una manta gris que chorreaba agua. Un bolso abultado colgaba de su hombro. Sus ojos —los mismos ojos grises de su hija— se clavaron en Silas con una mezcla de súplica y resolución.
—¿Kael? —preguntó Silas, apenas un murmullo—. ¿Qué sucede?
Kael entró sin responder, cerrando la puerta tras él con un ademán brusco, como si temiera que algo —o alguien— se colara detrás. Avanzó hasta el centro del recibidor y, con movimientos lentos, depositó con cuidado a Lyra en los brazos de Silas. La niña se removió en sueños, emitiendo un pequeño quejido, pero no despertó.
—Toma esto —dijo Kael, su voz ronca, entregándole el bolso—. Su ropa… algunos de sus objetos. Lo imprescindible.
Silas alzó la mirada, buscando sus ojos. Encontró en ellos una sombra de desesperación que le heló la sangre.
—¿Por qué? —preguntó, aunque una parte de él ya conocía la respuesta.
Kael inspiró profundamente, su pecho alzándose como si luchara por contener un océano de emociones.
—Estoy seguro de que el Consejo no sabe de Lyra —explicó en un susurro—. Todavía no. Pero es cuestión de tiempo. Van a venir por nosotros esta misma noche.
Un trueno estalló sobre la casa, haciendo vibrar los muros. Silas sintió que el peso de la niña se volvía infinito en sus brazos.
—Por favor, protégela —continuó Kael. Se pasó una mano temblorosa por el cabello mojado—. Si algo me ocurre… si no volvemos… tú serás lo único que le quede.
—Kael… —Silas apenas encontró voz—. No puedes hacer esto solo.