Silas permaneció de pie largo tiempo, contemplando a la pequeña Lyra, que dormía profundamente en la cuna improvisada en un rincón de su vasta biblioteca. La tormenta de la noche anterior había amainado, dejando en el aire salino un silencio casi solemne, como si el mundo contuviera la respiración. Sobre el suelo de piedra, la manta de la niña se mecían con su respiración tranquila, tan ajena al destino que acababa de cambiar para siempre.
La promesa que Silas había hecho a Kael seguía reverberando en su mente como un eco ineludible. Protegerla. Asegurarse de que siguiera viva. Cumplir con un deber. La palabra “cuidar” no despertaba en él la ternura que, suponía, habría sentido un padre humano. Para Silas, todo se reducía a un compromiso irrevocable: preservar la existencia de Lyra con la misma meticulosidad con que conservaba sus grimorios y códices antiguos. Era un guardián por obligación, no por afecto.
La idea de alimentar a una criatura tan pequeña, de alzarla en brazos cuando lloraba o de pronunciar palabras de consuelo, le resultaba no solo ajena, sino casi grotesca. Durante siglos se había nutrido de la soledad, de la independencia de cualquier lazo que pudiera debilitarlo. Había visto cómo otros inmortales sucumbían a la debilidad de la nostalgia, del apego, de la pérdida. Y se había prometido que jamás cometería el mismo error. Sin embargo, ahora la niña dormía bajo su techo, y la promesa a Kael se había enredado en su destino con la persistencia de una enredadera venenosa.
Desesperado, hizo lo que raras veces hacía: recurrió a su madre.
Esa madrugada, cuando la primera claridad despuntaba sobre los acantilados de Quequén, Silas marcó un número que no marcaba hacía décadas. El sonido de la conexión retumbó en su oído con un matiz de antiguo resentimiento. Cuando al fin escuchó la voz de Elara, su tono fue tan calmo e inmutable como siempre.
—Hijo —dijo ella—. ¿Qué te obliga a romper tu silencio?
Silas resumió la situación en unas pocas frases concisas. No adornó con sentimentalismos ni buscó despertar compasión. Sabía que Elara respetaba la claridad más que cualquier otro atributo. Y, como había anticipado, ella no mostró sorpresa ni irritación.
—Lo comprendo —respondió con serenidad—. Estaré allí esta misma noche.
No hubo más palabras. Ni reproches, ni condolencias, ni promesas de consuelo. Solo un pacto silencioso de eficacia.
Al caer la noche, Elara llegó a la casona. Su sola presencia cambió la atmósfera. Era alta y delgada, con el porte de una reina antigua y el cabello de un plateado imposible, como un río de mercurio que le caía sobre la espalda. Sus ojos, de un azul glacial, parecían atravesar cada superficie, cada mentira, cada emoción no pronunciada. La biblioteca de Silas se sintió pequeña con ella dentro.
Sin inmutarse, Elara tomó las riendas de la situación. Su autoridad llenó los silencios, ordenó los espacios, reguló las rutinas. Envolvió a Lyra en una red de cuidado metódico, casi ceremonial, que no pretendía imitar la ternura humana. Su afecto, si existía, era una suerte de respeto distante por la vida que le habían encomendado proteger. Mientras la alimentaba y cambiaba sus ropas, sus manos se movían con precisión y compostura. La niña, como si percibiera aquella serenidad fría, rara vez lloraba en su presencia.
A Silas le sorprendió el alivio que sintió al observar a Elara hacerse cargo. Mientras tanto, él podía concentrarse en lo único que le importaba: averiguar qué había sucedido con Kael y Maeve. Si la paternidad era un arte, como Elara le dijo una noche mientras doblaba una manta diminuta, él no aspiraba a dominarlo. Para él, Lyra era una promesa. Un recordatorio de su deuda. Un testimonio vivo de un compromiso que jamás habría deseado asumir.
Al amanecer siguiente, con la tormenta convertida en un recuerdo húmedo, Silas partió hacia la casona de su amigo. El camino estaba cubierto de ramas caídas y charcos que reflejaban el cielo gris. Durante el trayecto, intentó prepararse para lo que pudiera encontrar, pero nada lo habría preparado para la devastación que lo aguardaba.
El hogar de Kael y Maeve, aquel refugio luminoso donde la niña había aprendido a gatear, estaba reducido a un amasijo de vigas calcinadas y muros ennegrecidos. El olor del hollín y de la madera quemada era tan denso que parecía un ente propio, dispuesto a engullirlo. Silas caminó entre los escombros con paso lento, buscando algún signo de que sus amigos hubieran logrado huir. Pero todo indicaba lo contrario: la destrucción era demasiado completa, demasiado deliberada. Ni un mueble intacto. Ni un recuerdo salvado de las llamas. Ni un cadáver.
Se agachó y hundió la mano entre las cenizas, extrayendo un brazalete de plata ennegrecido por el fuego. Lo reconoció de inmediato. Maeve solía llevarlo en la muñeca izquierda. Lo sostuvo un instante, permitiéndose una única punzada de dolor, antes de guardarlo en el bolsillo de su abrigo.
Mientras se incorporaba, comprendió que no podía demorar más. Si había alguien que podía arrojar luz sobre aquella barbarie, era el Consejo.
Los tres ancianos lo recibieron en la sala de audiencias, sentados en sus tronos sombríos. El aire en aquel recinto siempre había tenido un frío peculiar, una quietud tan densa que cualquier sonido parecía sacrilegio. Silas relató con precisión lo que había encontrado. Su voz era serena, pero cada palabra se hundía como una daga.
Cuando terminó, uno de los ancianos —un vampiro de rostro pétreo, cuyos ojos recordaban a las profundidades de un pozo seco— inclinó levemente la cabeza.
—Kael y la bruja —dijo con calma—. Su paradero es desconocido para nosotros.
Silas sostuvo su mirada sin parpadear. En su mente, la certeza crecía como una raíz venenosa: mentían. Lo hacían con la misma impasibilidad con que se habían lavado las manos de otras atrocidades, convencidos de su propia autoridad inapelable. Pero contradecirlos sería una imprudencia suicida. No importaba cuánto desprecio sentía, cuánto ardía en su interior la furia. Debía disimular.