La investigación de Silas se había convertido en un verdadero laberinto de sombras escurridizas. Cada vez que creía vislumbrar una salida —un nombre revelador, un documento clave, una señal prometedora—, alguna fuerza invisible se encargaba de desbaratar su hallazgo. Como un dédalo diseñado por manos expertas, el rastro de Kael y Maeve se bifurcaba en callejones sin salida, se diluía en pistas falsas o se desvanecía por completo ante la menor presión. Era como si alguien hubiera previsto cada uno de sus movimientos y se tomara el trabajo minucioso de encubrir cada huella antes de que él pudiera acercarse lo suficiente.
Durante los primeros meses, Silas se convenció de que solo se trataba de la dificultad natural de una búsqueda tan delicada. Pero a medida que las semanas se convirtieron en años, la acumulación de coincidencias y extravíos comenzó a parecerle demasiado precisa. Documentos que parecían legítimos —pergaminos antiguos con referencias a antiguos pactos, expedientes sellados por el Consejo, cartas susurradas en clave— resultaban ser falsificaciones tan perfectas que costaba distinguirlas de los originales. Testimonios recogidos en los márgenes de la sociedad vampírica se contradecían con descaro: algunos aseguraban que Kael había huido al norte, otros hablaban de un refugio secreto en tierras australes, otros más afirmaban que ambos habían sido capturados y ejecutados en un acto discreto de purga. Silas catalogó cada versión con la precisión de un cirujano, intentando trazar patrones que se le escapaban como agua entre los dedos.
Mientras él se perdía en ese dédalo de rumores y engaños, la vida de Lyra se desenvolvía de manera silenciosa y constante bajo la mirada de Elara. Desde la llegada de la anciana vampiresa, la niña había crecido fuerte y curiosa, con una mezcla inusual de seriedad y un atisbo de travesura que parecía herencia de sus padres. A diferencia de Silas, Elara no consideraba su cuidado como una obligación mecánica. Sin llegar nunca a la indulgencia, ejercía una disciplina serena, combinada con pequeños gestos que, sin proponérselo, habían tejido entre ambas un afecto discreto.
Fue Elara quien decidió que Lyra debía aprender no sólo a sobrevivir, sino a comprender quién era. Así, la instruyó en la historia de su linaje —las viejas crónicas de los clanes, las guerras secretas entre facciones, las genealogías que se remontaban a reyes y cazadores de sombras— y en el manejo incipiente de sus poderes, que se manifestaban de forma intermitente. Algunas noches, cuando Lyra soñaba demasiado profundo, los objetos a su alrededor vibraban con una resonancia oscura, como si respondieran a una música secreta que sólo ella podía oír.
No obstante, la primera y más valiosa enseñanza de Elara fue el arte de la discreción. “Los humanos temen lo que no comprenden”, solía decirle, mientras le peinaba la melena oscura con manos pacientes. “Y la ignorancia es más peligrosa que cualquier cazador.”
Siguiendo su consejo, Lyra comenzó a asistir a la escuela local de Quequén. Allí, entre pupitres desvencijados y patios salpicados de eucaliptos, aprendió a mezclarse con los niños humanos como una más. Su palidez y sus ojos grises, aunque llamativos, se atribuían a la “genética de su familia extranjera”, un rumor que Elara alimentaba con hábil sutileza. Nadie sospechaba la verdad que latía bajo la apariencia delicada de aquella niña silenciosa. A pesar de su aspecto etéreo, Lyra se adaptó con sorprendente facilidad, destacando en sus estudios y ganándose el respeto de sus compañeros, aunque no su verdadera cercanía. Había en ella un muro de reserva, una pregunta sin respuesta que la ensombrecía, un anhelo de algo que ni ella misma sabía definir.
Esa melancolía la visitaba sobre todo en las noches de viento, cuando las paredes de la casona parecían gemir, y ella se preguntaba en silencio qué había sido de sus padres. Nunca formuló esa pregunta en voz alta. Había comprendido, con la intuición de los niños que crecen rodeados de secretos, que nadie le ofrecería una respuesta sincera.
Silas, por su parte, se había convertido en un fantasma en su propio hogar. Sus viajes para perseguir indicios le llevaban a ciudades distantes y a refugios olvidados, a viejas bibliotecas de órdenes extintas y a ruinas que sólo conservaban ecos de los que habían perecido allí. A veces, en medio de sus pesquisas, el Consejo le encomendaba misiones oficiales: recuperar un objeto robado, intermediar en una disputa menor, entregar un mensaje cifrado. Silas aceptaba estos encargos con la cortesía gélida que lo caracterizaba, consciente de que le brindaban la oportunidad de indagar sin levantar sospechas.
Cuando regresaba a Quequén, sus pasos resonaban con un sigilo casi involuntario. La casona lo recibía con la misma quietud antigua que había envuelto su infancia. Subía directamente a su biblioteca, el santuario donde acumulaba legajos y cartas, apenas dirigiendo una mirada a Lyra, que ya florecía en la adolescencia, o a Elara, que lo observaba con esa mezcla de preocupación contenida y resignación que se reserva a los irredimibles.
La relación entre Silas y Lyra nunca se transformó en algo que pudiera describirse como filial. Entre ambos se tendía un abismo de reserva. A veces, sus miradas se cruzaban en un pasillo, y ella lo saludaba con un gesto respetuoso que él respondía con una inclinación breve de la cabeza, antes de volver a hundirse en sus pensamientos. Si Lyra sentía algún resentimiento, nunca lo dejó traslucir. Si Silas experimentaba algún atisbo de ternura, jamás permitió que contaminara su propósito. Para él, la niña —ya casi una joven— era un recordatorio vivo de su fracaso: la incapacidad de salvar a Kael, la impotencia de no hallar la verdad.
Mientras tanto, la rutina en la casa había adquirido la textura inmutable de los rituales. Lyra comía principalmente alimentos humanos y mostraba un apetito voraz por los guisos que Elara preparaba con esmero. Disfrutaba especialmente de los dulces que traía de sus salidas con las compañeras de escuela: pequeños pasteles rellenos de crema, alfajores cubiertos de azúcar, tabletas de chocolate que guardaba con recelo en un cajón de su cuarto. A veces, cuando regresaba de clase, encontraba a Elara esperándola en la cocina, el delantal manchado de harina y un brillo inusual en sus ojos helados. Aquellos momentos constituían la forma más cercana a un hogar que Lyra conocía.