Era una mañana que, en apariencia, no difería de tantas otras en la vieja casona de Quequén. El aire traía consigo el olor salino del mar cercano, mezclado con el perfume tenue de los rosales que Elara cuidaba con obstinación en el jardín delantero. La luz del sol se filtraba con cautela a través de los ventanales del comedor, tiñendo de ámbar los lomos de los libros que Silas mantenía siempre apilados junto a su silla. La vajilla de porcelana, el café humeante, el suave murmullo del reloj de péndulo en la pared: todo componía una escena de rutina tan estable que se antojaba eterna.
Silas hojeaba un volumen encuadernado en cuero—una crónica de testigos que aseguraban haber visto a Kael en la frontera oriental, años atrás—y cada línea se le antojaba un eco de otras mil conjeturas. Durante tanto tiempo, esa búsqueda había sido el hilo que mantenía su vida cohesionada, aunque también lo enredaba en un ciclo sin salida. Aquella mañana no esperaba nada distinto. Alzó la taza para dar un sorbo, ensimismado en sus pensamientos, cuando un detalle, un cambio imperceptible, lo obligó a levantar la mirada.
Al otro lado de la mesa, sentada con la espalda erguida y las manos enlazadas sobre el mantel, no estaba la niña de cabello enmarañado que recordaba. Tampoco la adolescente que prefería desaparecer entre los anaqueles de la biblioteca, como si su sola presencia fuera un estorbo. La figura que tenía ante sí era la de una mujer joven, con la quietud orgullosa de quien se sabe dueña de su propio destino.
Lyra.
Sus dieciocho años se asentaban en ella con una gracia que lo golpeó con la fuerza de un rayo. El cabello, de un negro azabache que capturaba la luz como un pozo sin fondo, caía en una cascada ordenada sobre sus hombros. Sus rasgos eran una amalgama tan perfecta de Kael y Maeve que durante un instante Silas sintió que el tiempo se plegaba sobre sí mismo: estaba viendo a los dos, mezclados en un solo ser. Los pómulos altos, la barbilla decidida, la piel de un pálido luminoso, y sobre todo los ojos: ese gris acerado capaz de atravesar las mentiras más elaboradas.
Ella lo miraba con una serenidad que igualaba la de Elara, pero con un brillo distinto—una chispa de curiosidad inteligente, y un matiz de ironía que parecía burlarse de su mutismo.
—¿Silas? —preguntó finalmente, arqueando una ceja con estudiada paciencia—. ¿Por qué me miras así y no respondes mi pregunta?
La voz de Lyra era clara, templada, y sin embargo dejaba entrever un deje de impaciencia juvenil. Silas parpadeó, como si despertara de un trance. Su lengua, torpe por el asombro, tardó un momento en obedecerle.
—Lo siento —dijo al fin, su voz ronca de desuso—. No te oí. ¿Podrías repetirla?
Lyra exhaló un suspiro que llevaba más afecto del que quizá habría admitido. Una sonrisa pequeña, apenas un pliegue en la comisura de su boca, suavizó la tensión de su mirada.
—Te pregunté si esta noche podríamos hacer algo especial —repitió con calma—. Es mi cumpleaños número dieciocho. Pensé que tal vez... no sé, podríamos salir un poco.
El corazón de Silas dio un vuelco lento y doloroso. Dieciocho. Las cifras se clavaron en su mente como un reproche silencioso. Había estado tan inmerso en perseguir sombras que el tiempo real—el que transformaba a una niña en una mujer—se le había escapado de entre las manos. La culpa lo envolvió en una oleada fría, tan intensa que se sintió incapaz de responder de inmediato.
Antes de que pudiera balbucear una excusa o una promesa vacía, la voz de Elara se alzó desde el umbral del comedor. La vampiresa se apoyaba en el marco de la puerta, con su porte elegante y sus ojos antiguos fijos en ellos dos.
—Podríamos acampar esta noche —sugirió, como si llevara horas meditando la idea—. Lejos de la casa, bajo las estrellas. Un cambio de escenario les haría bien a ambos.
Silas giró el rostro hacia ella, sorprendido por la simpleza—y la audacia—de la propuesta. Acampar. Salir de las paredes donde se habían acumulado los ecos de Kael y Maeve, donde cada mueble y cada corredor le recordaban su fracaso. Por primera vez en diecisiete años, consideró de verdad la posibilidad de hacer una pausa. De apartar la obsesión que lo consumía y concederse un respiro. A él, y a Lyra.
Asintió en silencio. La determinación brilló un instante en los ojos de Elara antes de que ella se apartara con un gesto ligero, dándoles espacio.
—Prepararé lo necesario —anunció—. Esta noche será suya.
El resto del día transcurrió con una expectación inusual. Mientras Lyra ordenaba sus cuadernos y recogía algunas ropas sencillas para la excursión, Silas se ocupó de revisar su mente una y otra vez, como si esperara que algún deber inaplazable lo reclamara. Pero ninguna urgencia se presentó. Cuando el sol empezó a declinar, se vio ayudando a Elara a cargar un cesto con provisiones y dos linternas antiguas, sintiendo la extraña incomodidad de alguien que no sabe qué hacer con sus manos desocupadas.
Eligieron un claro a unos kilómetros de la casona. Allí, el campo se extendía abierto, salpicado de matas bajas y piedras redondeadas por siglos de viento. La noche cayó con lentitud, encendiendo un cielo tan vasto que hacía parecer insignificante cualquier preocupación. Pronto, encendieron una hoguera que crepitó con un calor que Silas había olvidado que se podía sentir en el pecho. Sobre la llanura, la bóveda celeste se desplegaba salpicada de constelaciones milenarias.
Lyra se movía con una libertad que Silas nunca le había visto. Reía con una música cristalina que evocaba a Kael de forma tan nítida que por un instante creyó que su amigo aparecería caminando desde la penumbra. La joven recogía ramas, señalaba estrellas, contaba anécdotas de la escuela local con un entusiasmo que no necesitaba permiso. Elara se permitió incluso reír suavemente, sus colmillos brevemente visibles en la penumbra, mientras observaba a su nieta florecer.
Cuando por fin Elara se retiró a la pequeña carpa que habían montado, Silas y Lyra se quedaron sentados junto a las brasas moribundas. Un silencio amable cayó sobre ellos. El viento soplaba con suavidad, levantando mechones del cabello negro de Lyra que se mecían como un estandarte vivo. Sin mirarlo, ella se acercó y apoyó la cabeza en su hombro.