La noche se había cernido sobre la casona de Quequén con un manto denso y expectante, como si el mismo aire presintiera que algo importante estaba a punto de suceder. Afuera, el viento levantaba pequeñas nubes de polvo entre los rosales, y los grillos cantaban su letanía ancestral. En el interior, reinaba un silencio profundo, apenas roto por el leve crujido de las vigas viejas y el murmullo de las llamas en la chimenea.
Silas se encontraba en su biblioteca, el único lugar donde sentía que su mente conservaba cierto orden. La estancia estaba iluminada por lámparas de aceite que proyectaban sombras largas sobre los anaqueles repletos. Un mapa estelar, desplegado sobre el escritorio de roble, capturaba toda su atención. Recorría con un dedo las constelaciones dibujadas a mano por astrónomos muertos siglos atrás, buscando patrones que pudieran guiarlo en su pesquisa interminable.
Aquella noche, más que nunca, necesitaba la distracción. Desde la excursión bajo las estrellas con Lyra, algo había cambiado entre ellos. O quizá solo había cambiado dentro de él. Cada vez que la miraba, percibía en su pecho un tamborileo primitivo y traicionero que no sabía cómo silenciar.
Fue entonces cuando el teléfono sonó.
El aparato, un modelo antiguo de campana metálica y disco giratorio, pareció gritar en la penumbra con un timbre chillón y anacrónico. Silas alzó la vista, el ceño surcado por un presagio oscuro. Con movimientos contenidos, se acercó a la mesilla y descolgó el auricular.
—¿Sí?
La voz que le respondió no era la de ninguno de los tres ancianos principales del Consejo. No era la voz autoritaria de Valerius ni la cadenciosa entonación de Neryssa. En cambio, era un barítono frío y calculado, sin inflexión de emoción alguna. El portavoz. El intermediario que se encargaba de transmitir órdenes cuando el Consejo prefería mantener las distancias.
—Silas de Quequén —dijo la voz, articulando su nombre como un título olvidado—. El Consejo solicita tu atención inmediata.
Un silencio de plomo se instaló en el cuarto. Silas respiró con control, pero su corazón —ese corazón viejo y cansado— repicó una alarma sorda.
—Estoy escuchando —respondió al fin, midiendo cada palabra.
La conversación que siguió fue tensa y llena de sobreentendidos. El Consejo, según decía el portavoz, había intensificado sus investigaciones sobre la desaparición de Kael y Maeve. Entre los rumores recogidos por los informantes en las colonias del norte, comenzaba a circular una sospecha: la posible existencia de un hijo de esa unión prohibida. Una criatura que no debía haber nacido.
—No hay evidencia concluyente —continuó la voz, pausada, como si relatara una lista de compras—. Pero los ancianos consideran prudente explorar todas las posibilidades.
Silas apoyó una mano en el respaldo de la silla, buscando sostenerse.
—¿Y qué esperan de mí? —preguntó, con un tono neutro que le costó un esfuerzo inmenso sostener.
—Esperan tu lealtad. —El portavoz hizo una pausa apenas perceptible—. Si llegaras a poseer alguna información sobre un híbrido descendiente de Kael y Maeve, debes ponerla en conocimiento del Consejo. Inmediatamente.
Las llamas de la chimenea parecieron oscilar en sincronía con la presión que se cerraba en su garganta. Durante un instante, Silas contempló la idea de confesar. Decirlo todo. Acabar con la farsa y aceptar las consecuencias. Pero la imagen de Lyra, con sus ojos grises y su sonrisa que iluminaba la noche, acudió a su mente como un conjuro que apartó cualquier rendición.
—No sé nada de ese asunto —mintió con voz apenas un susurro—. Si escucho algo, seré el primero en avisar.
—Confiamos en que así será. —La llamada terminó con un chasquido seco.
Silas permaneció un momento sosteniendo el auricular, como si el contacto con el frío plástico lo anclara a la realidad. Cuando por fin colgó, sintió que las piernas apenas le respondían. El eco de la conversación se expandía en la habitación, llenándola de un peligro invisible.
Se pasó una mano por el rostro. El Consejo estaba más cerca de descubrir la verdad de lo que jamás había sospechado. La red se estrechaba. Y él no estaba seguro de poder mantener la mentira para siempre.
Un sonido en el pasillo lo obligó a alzar la vista.
Lyra estaba de pie frente a un espejo antiguo, tallado con motivos florales, ajustándose el dobladillo de un vestido verde esmeralda que parecía diseñado para volver imposible apartar la mirada. El color realzaba la palidez traslúcida de su piel, el contraste casi violento con su cabello azabache. Se recogía algunos mechones con manos cuidadosas, los labios entreabiertos en una mueca de concentración. La luz de la lámpara dibujaba reflejos tornasolados en sus ojos grises.
La contempló, y un estremecimiento le recorrió la columna vertebral. Fue una corriente de deseo, abrasadora e instantánea, tan prohibida que lo hizo retroceder un paso. El corazón, que pocos minutos antes se había congelado, ahora ardía con un fuego distinto.
Silas apretó la mandíbula, incapaz de apartar la vista. La ira llegó a continuación: una furia sorda y autodestructiva contra sí mismo por permitirse sentir algo tan ruin. Ella era la hija de Kael, la niña que había prometido proteger. Ningún juramento, ningún código moral que conociera podía justificar el hambre que se le encendía en el pecho al verla convertida en mujer.
Fue Elara quien irrumpió en la escena, su presencia serena y casi maternal. Observó a Lyra con un brillo orgulloso en la mirada que suavizó la atmósfera.
—Te ves hermosa —dijo con afecto sincero—. Recuerda lo que te conté sobre bailar con él. Mantén la elegancia, pero no temas divertirte.
Lyra sonrió, y por un momento pareció una niña otra vez.
—Lo recordaré, abuela. —Sus ojos, sin embargo, destilaban emoción adulta.
Silas se obligó a recomponer su expresión antes de acercarse, aunque la tensión en sus músculos lo delataba.