Lyra no lograba sacar de su mente la mirada de Silas mientras ella se marchaba con Brendan. Aquella mezcla de desdén y desolación, de algo que parecía casi... anhelo. Se había repetido una y otra vez que sólo era su imaginación, que Silas nunca la vería como algo más que la hija de su amigo, una responsabilidad que arrastraba como una piedra atada al cuello. Sin embargo, el recuerdo de sus ojos oscuros siguiéndola hasta que la puerta se cerró había crecido en su interior, una semilla inquieta.
Por eso, aunque el salón del club estaba adornado con guirnaldas plateadas y el aire olía a champán y perfume, Lyra apenas había prestado atención a Brendan. Él era apuesto, sí, con su cabello dorado y su sonrisa segura, pero su conversación le resultaba superficial, lejana. Cada vez que Brendan se acercaba a invitarla a bailar, ella encontraba la forma de escabullirse con sus amigas o fingir que debía arreglar su peinado. Rió con ellas, brindó por el fin de año escolar y se dejó fotografiar con una copa en la mano, pero en el fondo de su mente todo el tiempo se preguntó si Silas estaría todavía despierto. Si la estaría esperando.
Cuando la fiesta empezó a decaer y el DJ anunció la última canción, Lyra salió al balcón para respirar aire fresco. El cielo estaba tan despejado que casi pudo distinguir la misma constelación que había señalado Silas semanas atrás, durante su cumpleaños. Sintió un nudo en la garganta. Antes de regresar al salón, miró su reflejo en los ventanales: el vestido verde, el cabello suelto cayendo sobre sus hombros, los labios apenas pintados de un rojo discreto. Por un instante, deseó que él pudiera verla así y pensar que era hermosa.
La limusina que la trajo de vuelta a la casona avanzó lentamente por el sendero bordeado de árboles, sus faros iluminando brevemente los muros centenarios. Elara no salió a recibirla, y Lyra sospechó que había decidido acostarse temprano. Cuando abrió la puerta principal, el silencio la envolvió. La única luz provenía del salón, donde el fuego de la chimenea crepitaba en un rojo cansado.
Allí estaba Silas.
Su cabello, siempre pulcro, caía en mechones desordenados sobre la frente. El abrigo negro estaba arrojado en el respaldo de un sillón, y su camisa se veía arrugada, apenas abotonada. Sostenía un vaso de licor que giraba distraído entre los dedos. La botella, casi vacía, reposaba sobre la mesa baja. Por un momento, Lyra se quedó en el umbral, indecisa. Nunca lo había visto así, desarmado. Vulnerable.
Silas levantó la vista al percibir su presencia. Sus pupilas se contrajeron un instante, como si volviera bruscamente de un lugar muy lejano. Su voz, cuando habló, sonó áspera, cargada de algo que Lyra no supo si era reproche o alivio.
—Has vuelto.
Ella asintió, cerrando la puerta tras de sí. Sus pasos sobre la alfombra parecieron retumbar en el silencio.
—Es tarde —dijo con suavidad—. ¿Has estado aquí todo el tiempo?
Silas soltó una risa breve, desprovista de alegría. Dio un pequeño trago y dejó el vaso sobre la mesa con un gesto torpe.
—He estado aquí... intentando olvidar que odio esta noche —murmuró—. Olvidar que odio todo esto.
Lyra se detuvo junto al respaldo del sillón. Su corazón palpitaba con fuerza, aunque no supiera exactamente por qué. Bajó la mirada hacia la botella.
—No deberías beber tanto —le dijo en voz baja—. Te hace daño.
Él alzó una ceja, como si la idea le pareciera absurda.
—¿Y qué no me hace daño, Lyra? —preguntó, en un susurro ronco—. ¿Crees que hay algo en esta existencia que no sea una herida abierta?
Sus palabras la estremecieron. Por un segundo, se vio tentada a dar un paso atrás, pero en lugar de eso rodeó el sillón y se sentó frente a él, de rodillas, para quedar a su altura. El fuego iluminaba su rostro pálido, sus labios entreabiertos.
—Silas... —comenzó, pero no supo qué decir después.
Él se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre sus rodillas. Sus ojos parecían más oscuros que nunca, dos pozos en los que Lyra sintió que podía perderse sin remedio.
—Cuando te vi salir esta noche —confesó, sin mirarla—, pensé que era mejor así. Que era... apropiado. Tú mereces todo eso: la música, la juventud, un muchacho que te mire con deseo sin que sea un crimen —su voz se quebró—. Pero entonces me di cuenta de que no puedo soportar... no puedo soportar imaginar que un día ya no regreses.
El corazón de Lyra dio un vuelco. Sintió calor subiendo a su rostro y se obligó a mantener la calma. Una parte de ella deseaba que esas palabras significaran exactamente lo que parecían, pero no se atrevía a preguntar.
—Siempre voy a volver —respondió con firmeza—. Esta es mi casa.
Silas alzó la vista y por un instante su mirada se suavizó. Parecía un hombre al borde de rendirse a algo que llevaba años negando. Sus manos temblaron, y Lyra las cubrió con las suyas, sin pensarlo demasiado. El contacto fue como un latido compartido.
—No deberías quedarte —murmuró él, apenas audible—. No deberías quedarte aquí conmigo.
—¿Por qué no? —preguntó ella.
—Porque soy... —Silas cerró los ojos, incapaz de continuar. Cuando los abrió, Lyra vio en ellos una tristeza tan profunda que le dolió en la garganta—. Porque soy todo lo que tu padre me pidió que no fuera. Todo lo que juré que nunca sería contigo.
Por un instante, el silencio los envolvió como una bruma. Afuera, el viento agitaba las ramas de los árboles. La casa entera parecía contener la respiración.
Lyra le apretó los dedos, incapaz de soltarlo.
—Silas... —susurró—. No importa lo que creas que eres. Yo... —Se interrumpió. No se atrevió a terminar la frase. Si decía más, todo cambiaría para siempre.
Él la miró largamente. En otro momento, en otro mundo, tal vez habría sido sencillo. Pero esa noche, todo lo que pudieron hacer fue quedarse así: con las manos entrelazadas, con la certeza de que algo ardía bajo la superficie, algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.