La casona estaba sumida en una calma inusual; ni siquiera el canto de los zorzales rompía el aire espeso que parecía haberse instalado desde la noche anterior.
Lyra despertó tarde, con los párpados pesados por el cansancio… pero su mente no se sentía en paz. No dejaba de pensar en esa mirada de Silas, la que había capturado algo dentro de ella y la había dejado suspendida, flotando entre la confusión y el deseo. Recordó el calor de su mano cuando él la tocó junto al fuego, el tono suave de su voz diciéndole que no estaba sola.
Aquel recuerdo le había robado el sueño.
Se levantó con lentitud, dejando que el aire salado del océano la despejara. Bajó a la cocina y encontró a Elara preparando infusión de salvia. La madre de Silas la saludó con una sonrisa tranquila, pero no hizo preguntas. No hacía falta. Las emociones de Lyra colgaban como hilos visibles en el ambiente.
—Silas está en la biblioteca —dijo Elara simplemente, como si leyera sus pensamientos.
Lyra asintió y fue hasta allí.
La biblioteca olía a cuero envejecido y papel antiguo. Silas estaba sentado frente a una mesa cubierta de libros, pergaminos y mapas abiertos. No levantó la vista cuando ella entró, pero su cuerpo se tensó de inmediato, como si hubiera sentido su presencia antes de verla.
—¿Interrumpo? —preguntó Lyra, quedándose de pie junto al umbral.
Silas alzó la mirada, y por un instante fugaz, sus ojos se suavizaron.
—Nunca —respondió, y señaló la silla frente a él—. Siéntate.
Lyra lo hizo, apoyando los codos en la mesa. Lo observó en silencio por unos segundos. Su cabello negro tenía algunos mechones sueltos sobre la frente, y había un leve cansancio en su rostro, como si no hubiese dormido.
—Pensé que tal vez podrías contarme más de ellos —dijo al fin—. De mis padres. Dijiste que lo harías algún día. Me gustaría conocerlos más allá de lo que me han contado.
Silas se quedó quieto. Luego cerró el libro que tenía abierto frente a él, con una lentitud ceremoniosa. Se levantó sin decir palabra y caminó hacia una vitrina del fondo. Sacó una pequeña caja de madera negra, tallada con símbolos que Lyra no reconoció. La colocó sobre la mesa con delicadeza.
—Esto es todo lo que guardé de ellos —murmuró.
La abrió. En su interior había pocos objetos, pero cada uno parecía sagrado. Una pluma blanca. Un colgante de plata con una piedra celeste. Una pequeña carta escrita con tinta azul, la caligrafía de Maeve elegante y segura. Una hoja seca, perfectamente conservada.
—Kael me regaló esa hoja cuando supimos que Maeve estaba embarazada —dijo Silas, tomando el objeto con cuidado—. "El otoño nos regala algo que nunca muere", me dijo. No entendí del todo entonces. Ahora creo que hablaba de vos.
Lyra no dijo nada, pero una emoción cálida le llenó el pecho.
—Tu padre era impulsivo, valiente hasta la locura. Tenía esa forma de amar que no conoce medida —continuó Silas—. Y Maeve… ella era luz. Pura. Tenía una inteligencia feroz y una dulzura que desarmaba. Cuando estaban juntos, era como si el mundo se detenía.
Lyra bajó la vista al colgante. Lo tomó entre sus dedos y lo observó brillar bajo la tenue luz de la biblioteca.
—¿Y vos? —preguntó de pronto, sin pensarlo demasiado—. ¿Los envidiabas?
Silas tardó en responder. Luego dijo:
—Creo que los admiraba... y también los temía. Su amor no conocía límites. Ni reglas. Ni prudencia. Era hermoso. Y peligroso. Yo siempre fui de trazar líneas. Ellos se encargaban de cruzarlas.
Lyra lo miró largamente. Esa respuesta le dijo más sobre él que cualquier otra cosa. Entonces, casi sin darse cuenta, apoyó una mano sobre la suya. Silas la dejó estar.
—Gracias por compartir esto conmigo —dijo Lyra—. A veces me siento como si todo lo que soy estuviera hecho de preguntas sin respuestas.
—Vos sos más que eso, Lyra —dijo Silas, con una intensidad inusitada—. Sos la respuesta que tus padres dejaron al mundo. Una que aún nadie entiende del todo... pero que vale la pena descubrir.
El silencio que siguió no fue incómodo. Era como un puente invisible tendido entre ambos.
Lyra lo miró fijamente, deseando poder decirle lo que sentía. Pero no se atrevió. No todavía. Solo apretó levemente su mano, antes de soltarla.
Silas también sintió el impulso de hablar, de decirle lo mucho que ella significaba para él, de cómo su presencia había llenado un vacío que ni siquiera sabía que tenía. Pero no lo hizo. En cambio, volvió a guardar los objetos en la caja, cerrándola con reverencia.
—Podés quedártela por un tiempo si querés —dijo—. Para conocerlos a tu manera.
Lyra asintió, emocionada. La tomó con ambas manos como si llevara una reliquia.
—Gracias, Silas.
Él le dedicó una mirada suave, fugazmente cálida. Y cuando Lyra salió de la biblioteca con la caja contra el pecho, Silas se quedó allí, con la mirada perdida en el espacio donde ella había estado, preguntándose cuánto tiempo más podrían sostener este delicado equilibrio sin romperse.