La tarde había comenzado a declinar sobre la costa cuando un carruaje oscuro, tirado por dos caballos negros como la noche, se detuvo frente a la casona. El sonido de los cascos retumbó en el silencio que envolvía Quequén, como un augurio que nadie había pedido.
Lyra estaba en la planta alta, sentada sobre la alfombra de su habitación, con la caja que Silas le había confiado abierta sobre sus rodillas. Había pasado horas revisando cada objeto, intentando atrapar retazos de su madre y su padre. El colgante de plata aún descansaba entre sus dedos cuando escuchó el crujido de la puerta principal.
No hizo falta asomarse para comprender que algo no estaba bien. La energía en la casa cambió, densa como una tormenta que acechara justo detrás de los muros.
Contuvo la respiración. Bajó la tapa de la caja con sumo cuidado y se puso de pie. Recorrió el pasillo hasta el hueco de la escalera. Desde allí, vio a Silas de pie en el vestíbulo, rígido como una estatua. Frente a él, un hombre envuelto en un abrigo largo se sacudía la capucha. Su rostro era anguloso, de una palidez casi enfermiza, y sus ojos, de un azul acerado, parecían capaces de perforar cualquier defensa.
—Silas Thorne —saludó el emisario con una voz carente de emoción—. Traigo preguntas de parte del Consejo.
Silas no se movió. La tensión en sus hombros se hizo visible incluso para Lyra, que contuvo el aliento. Desde donde estaba, apenas podía distinguir sus rasgos, pero conocía lo bastante su lenguaje corporal como para adivinar que su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa.
—¿Por qué esta visita? —preguntó Silas con cautela.
—Es rutinaria —respondió el hombre, aunque su tono desmentía aquellas palabras—. Ha surgido información preocupante en los registros. Una serie de… coincidencias que nos hacen sospechar que la descendencia de Kael y Maeve podría no haberse perdido del todo.
El silencio se volvió tan espeso que Lyra sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Desconozco a qué se refiere —dijo Silas con voz neutra, impecablemente contenida—. Ambos murieron. La criatura con ellos. No hubo supervivientes.
—Eso dicen los informes —concedió el emisario—. Pero el Consejo considera prudente corroborar. Ya sabe usted cuánto valora la certeza.
—Por supuesto —respondió Silas—. Aunque no puedo aportar nada más que lo que ya he declarado hace dieciocho años.
El emisario entrecerró los ojos. Sacó un pequeño cuaderno negro de un bolsillo interno y comenzó a leer en voz alta:
—“Se cree que el linaje de Maeve portaba atributos excepcionales. El cruce con un guerrero como Kael podría producir un descendiente con facultades difíciles de rastrear en sus primeros años.”
Cerró el cuaderno y alzó la mirada:
—Dígame, Silas. ¿Nunca ha encontrado a un joven… o a una joven… cuya existencia no pudiera explicar del todo? ¿Algún niño con rasgos inusuales?
Lyra dio un paso atrás, temblorosa. Se llevó una mano a la boca. El corazón le latía tan fuerte que temió que se oyera desde la planta baja.
Silas se quedó inmóvil un segundo demasiado largo. Fue apenas un instante, pero bastó para que Lyra comprendiera que estaba a punto de mentir.
Y que lo hacía por ella.
—Jamás —respondió al fin, cada sílaba pronunciada con un control glacial—. Si existiera un híbrido, yo sería el primero en alertarles. Mi lealtad no ha cambiado.
—Esperemos que así sea —musitó el emisario. Guardó el cuaderno en el abrigo—. Si su memoria llegara a aclararse, sabrá dónde contactarnos.
El hombre se volvió hacia la puerta sin añadir una despedida. El silencio que dejó tras de sí resultó más opresivo que su presencia. Lyra retrocedió otro paso, pero el crujido de la madera bajo su pie la delató.
Silas alzó la vista. Sus ojos se encontraron con los de ella, que lo miraba desde la penumbra del piso superior.
Era imposible disfrazar lo que ambos sentían: miedo. Miedo a la amenaza del Consejo, miedo a lo que ocurriría si la verdad salía a la luz.
Y algo más, algo que ardía debajo de todo eso: el reconocimiento de un vínculo que se había vuelto tan peligroso como necesario.
Lyra bajó con lentitud. Cuando llegó al pie de la escalera, él no se movió para apartarse. Parecían dos piezas de un mismo rompecabezas, rotas pero encajando en el sitio exacto.
—¿Por qué… por qué has mentido? —preguntó, la voz quebrada.
Silas inspiró hondo. En su mirada había un cansancio tan profundo que Lyra sintió un nudo en el pecho.
—Porque hay cosas que el Consejo no merece poseer —dijo—. Y vos… vos sos una de ellas.
El silencio se derramó sobre ambos. Solo la brisa marina se filtraba por los marcos de las ventanas, trayendo el perfume salado que Lyra asociaba con su hogar.
Y en ese instante comprendió algo con tanta claridad que le dolió:
Ese hombre no solo la protegía. La elegía. Una y otra vez.
Era eso lo que la atraía de una forma que le resultaba imposible combatir.
Pero también entendió que su cercanía los ponía a ambos al borde del abismo.
—Silas —susurró—. ¿Qué vamos a hacer?
Él alzó una mano, como si fuera a acariciarle el rostro, pero se detuvo a medio camino. Sus dedos temblaron en el aire antes de volver a caer.
—Lo que sea necesario —respondió.
La certeza de aquellas palabras la hizo sentir un temblor en lo más hondo. Un presentimiento oscuro, inevitable.