El híbrido prohibido

La verdad que nadie dice

Habían pasado tres días desde la visita del emisario, pero el eco de su voz aún reverberaba en cada estancia de la casona. Silas se refugiaba en la biblioteca hasta altas horas de la noche, releyendo documentos y cartas antiguas, en un intento desesperado de anticiparse a los movimientos del Consejo.

Lyra, por su parte, había abandonado toda pretensión de normalidad. Caminaba por los pasillos con una ansiedad que no conseguía disimular. Cuando se cruzaban, ella bajaba la mirada, y Silas fingía no notar cómo se le aceleraba el pulso.

Solo Eleara, con su paciencia y su intuición implacables, comprendía la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

Aquella tarde, cuando la luz del crepúsculo se derramaba en haces dorados sobre la casa, Eleara decidió que había llegado el momento de intervenir.

Encontró a Lyra sentada en el invernadero, con un libro abierto sobre las rodillas y la vista fija en un punto indeterminado del jardín.

—¿Puedo sentarme contigo? —preguntó Eleara con voz suave.

Lyra asintió en silencio. El perfume de los geranios y las lilas envolvía la escena con una calma engañosa.

Durante un momento, ninguna habló. Eleara aguardó, paciente como siempre. Finalmente, fue Lyra quien rompió el silencio.

—Él miente por mí —susurró—. A sabiendas de lo que eso puede costarle.

—Lo sé —respondió Eleara—. Y también sé que vos harías lo mismo por él.

Lyra bajó la mirada, abrumada por la evidencia de su propio corazón.

—No debería sentir lo que siento —dijo al fin, en un murmullo que se quebró—. Es… es como si una parte de mí hubiera estado esperándolo siempre. Como si todo lo demás fuera un accidente.

Eleara posó una mano cálida sobre la suya.

—El corazón no entiende de normas —dijo con ternura—. Ni de edades, ni de prohibiciones. Entiende de verdad.

Los ojos grises de Lyra se llenaron de lágrimas.

—¿Y si lo destruyo todo? —preguntó, con un miedo tan grande que apenas podía sostenerlo—. ¿Y si lo arrastro conmigo cuando el Consejo descubra lo que somos… lo que… lo que podría haber entre nosotros?

—Ya lo arrastraste —respondió Eleara con calma—. Desde el primer momento en que Silas te sostuvo en brazos, cuando eras una recién nacida y Kael apenas había muerto. ¿Crees que hay marcha atrás para alguien como él?

Lyra desvió la mirada, incapaz de sostenerla.

—¿Entonces qué hacemos? —susurró.

—Lo que siempre hacemos —dijo Eleara—. Vivir cada día con la verdad de lo que sentimos. Aunque no podamos confesarlo, aunque sea más seguro fingir que no pasa nada. Y cuando llegue el momento de elegir… —sus ojos brillaron con una mezcla de nostalgia y orgullo—. …entonces decidirás si vale la pena el precio.

Lyra se enjugó las lágrimas con la punta de los dedos.

—¿Y vos qué crees que él siente?

Eleara la miró largo rato antes de responder:

—Creo que Silas lleva demasiados años negándose el derecho a amar. Y vos… vos le recordás que todavía es capaz.

Un silencio profundo siguió a esas palabras. Lyra sintió algo parecido a un alivio, aunque también más miedo que nunca.

Al anochecer, Eleara caminó por el pasillo hasta la biblioteca. Silas estaba inclinado sobre un pergamino, con las manos crispadas y el ceño fruncido.

—Te ves más viejo estos días —dijo ella, con un atisbo de sonrisa.

Silas no levantó la vista.

—Tal vez sea porque lo soy.

—No, Silas —corrigió Eleara con suavidad—. Es porque por primera vez en muchos años estás vivo.

Él se quedó inmóvil. Solo el chisporroteo de la lámpara rompía el silencio.

—¿Viniste a advertirme? —preguntó al fin, la voz baja.

—No —dijo Eleara—. Vine a recordarte que todo lo que niegues de vos mismo acabará devorándote.

Silas cerró los ojos. Durante un instante, su expresión fue la de un hombre exhausto, no la de una criatura inmortal.

—Si supieras… si supieras lo que me cuesta no… —Se interrumpió, incapaz de acabar la frase.

Eleara se acercó y le posó una mano en el hombro.

—Sí lo sé —respondió con voz firme—. Y también sé que cuando llegue el día en que ya no puedas callar, nada podrá detenerte.

Sus miradas se encontraron. Fue un instante breve, pero contenía la verdad de todo lo que ninguno se atrevía a decir.

Cuando Eleara se retiró, el silencio volvió a envolver la biblioteca. Silas pasó una mano por el escritorio, como buscando un ancla en la madera. Luego cerró los ojos y exhaló un suspiro tembloroso.

Él también comprendía que el momento de decidir se acercaba.



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En el texto hay: vampiros, drama, amor imposible

Editado: 27.01.2026

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