El híbrido prohibido

La visitante inesperada

La noche había caído sobre la casona como un manto pesado cuando el timbre sonó, inesperado. Silas alzó la vista del libro que intentaba leer, aunque su mente estaba muy lejos de sus páginas.

Cuando abrió la puerta, su expresión pasó del desconcierto a una calma distante. Allí, bajo la luna llena, se erguía Seraphine, envuelta en un abrigo de terciopelo negro que resaltaba su cabellera cobriza y su piel nívea. Sus ojos, de un ámbar profundo, se iluminaron al verlo.

—Silas —murmuró con su voz aterciopelada, esa voz que hacía siglos había sabido enredarlo—. Necesito tu hospitalidad.

Durante un instante, Silas no dijo nada. Seraphine había sido su amante cuando la guerra entre clanes arrasaba el norte. Hacía más de un siglo que no la veía. Aunque antaño le inspirara un deseo abrasador, ahora su presencia solo despertaba un leve cansancio.

—Por supuesto —dijo al fin, en tono cortés—. Puedes quedarte unos días.

—Qué considerado —sonrió ella mientras entraba, su perfume dulzón impregnando el aire.

En los días que siguieron, Seraphine se comportó con una cortesía tan afilada como su instinto. Nadie podía negar su elegancia: se movía por la casona con la seguridad de quien se sabe deseada. Aprovechaba cualquier momento para rozar el brazo de Silas, para reír suavemente junto a su oído o recordarle anécdotas de su pasado compartido.

Silas, aunque siempre amable, mantenía la distancia. Contestaba con monosílabos a sus coqueteos, la escuchaba con paciencia y no permitía que se acercara más de lo necesario.

Lyra, por su parte, lo observaba todo en silencio. No dijo ni una palabra de más. Fingía indiferencia cuando se cruzaba con Seraphine en el pasillo, pero en sus entrañas crecía un fuego áspero, feroz. Cada carcajada insinuante de la vampira, cada mirada prolongada a Silas, le revolvía el estómago.

Aun así, se esforzaba por mantener la compostura. Cuando Silas le hablaba, contestaba con cortesía seca. Cuando Seraphine la saludaba, respondía con un gesto de cabeza y un frío educado.

Una noche, después de una cena silenciosa, Lyra se quedó leyendo en su habitación hasta que la sed la obligó a bajar a la cocina.

Cuando llegó al vestíbulo, escuchó voces. Se asomó apenas al salón contiguo, y lo que vio le clavó un puñal en el pecho.

Seraphine estaba de pie ante Silas. Le hablaba con suavidad mientras una mano se posaba en su hombro. Él intentó apartarse con gentileza, pero Seraphine no le dio tiempo. Se inclinó y le robó un beso, un roce de labios que duró apenas un parpadeo, pero que a Lyra le pareció eterno.

La respiración se le cortó. Contuvo un sollozo, retrocedió sin hacer ruido y subió las escaleras con las lágrimas brotándole sin remedio. Se encerró en su habitación y se dejó caer sobre la cama. Durante horas lloró en silencio, con el corazón encogido de un dolor que no se atrevía a nombrar.

A la mañana siguiente, la casa parecía envuelta en una tensión distinta. Silas notó enseguida que Lyra no le dirigía la mirada. Cada vez que intentaba hablarle, ella respondía con monosílabos fríos. Seraphine, en cambio, se mostraba radiante, como si nada hubiera ocurrido.

Finalmente, incapaz de soportar más ese silencio glacial, Silas la encontró sola en la biblioteca.

—Lyra —dijo en voz baja, aproximándose—. ¿Qué te ocurre?

Ella cerró con fuerza el libro que fingía leer.

—Nada —contestó, sin mirarlo.

—No me mientas —insistió él, con paciencia contenida—. Hace días que apenas me hablas.

Lyra alzó la vista, y sus ojos grises, idénticos a los de Kael, lo taladraron con una mezcla de furia y desconsuelo.

—¿Por qué me preguntas? —espetó, la voz quebrada—. ¿Por qué habría de importarte si estoy bien o no?

Silas frunció el ceño, dolido.

—Me importa porque… porque siempre me importa —respondió, sin atreverse a decir más.

El pecho de Lyra subía y bajaba con respiraciones rápidas. Un temblor le recorría la barbilla.

—Vi lo que pasó anoche —soltó de pronto—. Vi cómo ella te besaba. Y… y no tienes que darme explicaciones. No soy nadie para pedirlas, pero…

La voz se le quebró del todo. Se tapó el rostro con las manos mientras las lágrimas le brotaban en un torrente incontenible.

—No puedo más —lloró—. No puedo fingir que no me duele… que no me importa… No puedo…

Silas dio un paso hacia ella, pero Lyra se apartó con un ademán desesperado.

—No —dijo entre sollozos—. No me consueles… No quiero tus disculpas…

Y antes de que él pudiera responder, salió corriendo de la biblioteca, su llanto resonando en los pasillos. Subió las escaleras y se encerró en su habitación, dejando tras de sí un silencio tan denso que parecía ocupar cada rincón.

Silas permaneció inmóvil, con el corazón latiéndole en la garganta. Comprendía, al fin, que todo lo que habían intentado negar se había vuelto imposible de ocultar.

Unos minutos después, respiró hondo, se pasó una mano temblorosa por el rostro y salió en busca de Seraphine. La encontró junto al ventanal del salón, admirando su propio reflejo en el cristal.

—Seraphine —dijo con voz tranquila, aunque su mirada estaba helada—. Te agradecería que te marcharas hoy mismo.

Ella ladeó el rostro, una ceja arqueada en divertida sorpresa.

—¿Tan pronto me despides? —preguntó con un deje de fingida tristeza—. Apenas hemos compartido… recuerdos.

—Precisamente por eso —contestó él, en un tono que no admitía réplica—. Fue un error dejar que te quedaras.

Durante un instante, algo parecido al orgullo herido cruzó la mirada de Seraphine. Pero enseguida recuperó su sonrisa elegante.

—Como desees, Silas —murmuró, con un leve encogimiento de hombros—. Aunque lamento que aún seas tan… incorruptible.

—Buen viaje, Seraphine —respondió, antes de darse la vuelta.

Horas más tarde, la vampira se marchó en su coche oscuro, dejando tras de sí solo el eco de su perfume y un vacío extraño en la casa.



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En el texto hay: vampiros, drama, amor imposible

Editado: 27.01.2026

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