"Siempre serás nuestro milagro amado. Si te sientes diferente es porque lo eres; eso es bueno. Nunca lo olvides, ser diferente te hace tu y ser tu es ser el niño más amado del inframundo"
Con amor: Mamá Perséfone.
Caminar por los pasillos del Ala Olimpo fue como atravesar un zoológico donde él era la criatura más exótica.
Zoí sentía las vibraciones de los "espejos de memoria" capturando su imagen y el veneno de los susurros rozándole la espalda. Los jóvenes lo miraban y reían más no se acercaban, como si temieran ser mordidos.
Pero él no se inmutó; para alguien acostumbrado a la quietud de las praderas de asfódelos, el ruido de los vivos no era más que estática. Los muertos también miraban y juzgaban, solo que con más dignidad.
Cuando llegó a la puerta 05, el pomo vibraba. Un sonido rítmico, pesado y agresivo se filtraba desde el interior. Zoí primero tocó tres veces esperando unos minutos afuera sin respuesta alguna, luego abrió la puerta con la delicadeza de quien entra en un templo que no le pertenece.
El espectáculo fue inmediato.
El lado derecho de la habitación era un monumento al caos: latas de energizantes amontonadas como trofeos, sacos de boxeo que olían a esfuerzo y testosterona y posters de figuras gritando frente a micrófonos. Zoí levanto las cejas. El tiempo de instalación era de 3 días, el hijo de hades había llegado al último y la habitación ya parecía un campo de guerra.
En el centro, dándole la espalda, estaba su compañero de cuarto: Rogmí Stratos. El hijo de Ares era una montaña de músculos y cicatrices negras que parecían tatuajes de guerra, los cuales resaltaban sobre su piel morena tostada. Aun de espaldas podía ver su pelo blaquecino rapado a los costados con una semi-cresta atada en una coleta para no molestarle al trabajar.
Estaba concentrado, afilando un hacha de doble filo con una piedra de amolar, mientras la música de sus auriculares bramaba tan fuerte que Zoí podía sentir el bajo en sus propios huesos. Otro de los raros instrumentos modernos que parecían mágicos para Zoí, atrapar música en el "espejo de memorias" le era aun más lejano al hijo de Hades pues estaba acostumbrado a la música en vivo de trovadores y músicos. Rogmí estaba tan concentrado que Zoí ,a sabiendas de la fama que tenían los hijos de Ares, decidió no molestarlo.
Sin decir una palabra, Zoí se dirigió a su lado de la habitación: el vacío impoluto de la izquierda.
Con movimientos fluidos, casi coreografiados, comenzó a desempacar. Sacó las cortinas de seda oscura que parecían absorber la luz del sol que entraba por la ventana. Extendió un tapete antiguo con el emblema de su familia ,el simnolo de Hades, colocó sobre el escritorio sus frascos de tinta y sus plumas de fénix negro.
Cambio las blancas sebanas de su cama por unas negras de lana con patrones dorados y rojos tejidos personalmente por musas muertas y acomodo su ropa en su guardarropa personal, sabía que probablemente no podría usar buena parte de su guardaropa pero le gustaba la idea de tenerlas a mano si la situación se le presentaba.
Sus movimientos eran tan silenciosos que ni siquiera el roce de la seda contra la madera producía sonido.
Zoí se agachó para acomodar sus monedas de Caronte en un cuenco de piedra y sus collares y anillos en unos soportes que precian de mármol negro cuando, de repente, la música se detuvo.
El silencio fue más violento que el ruido.
Rogmí se dio la vuelta, impulsado por ese instinto de guerrero que le avisaba que no estaba solo. Al ver una figura de pelo blanco y ojos de vacío agachada en su cuarto a sus espaldas, sus reflejos tomaron el control. El hacha voló de sus manos con un silbido letal.
Zoí ni siquiera parpadeó. Ladeó la cabeza apenas un centímetro, lo justo para que el filo del hacha pasara rozando su oreja y se clavara con un golpe seco en el marco de la cama, justo detrás de él. Su pelo blanco se movió con la fluidez de una neblina apartándose del camino, ni un solo cabello blanco fue cortado por el filo.
—Un saludo un tanto... tajante para un compañero de cuarto —dijo Zoí con voz serena, levantándose lentamente y girándose para mirar a Rogmí. Mostrándole una sonrisa calidad, casi humorística.
Rogmí estaba en posición de combate, con sus ojos rojos encendidos como brasas y los puños apretados, respirando con agitación.
—¿Quién mierda eres y por qué te mueves como un puto fantasma? —gruñó Rogmí, el sudor brillando sobre sus cicatrices negras.
Zoí bajó la mirada hacia el hacha clavada en su cama y luego volvió a mirar a Rogmí con una amabilidad que descolocó al hijo de Ares.
—Soy Zoí Korell, tu nuevo compañero. Y técnicamente, no me muevo como un muerto; me muevo como alguien que no tiene prisa por llegar al final de su ciclo. Tú, en cambio, pareces tener mucha prisa por acortar el mío.
Zoí se encogió de hombros manteniendo su sonrisa suave como si estuviera en una racha de chistes astutos.
—¿Korell? PFFF no me jodas, no eres Korell, ese apellido es del hijo de Hades y Perséfone y por toda la mierda que tu no puedes serlo. Un hijo de un principal nunca se vería tan maricón.
Rogmí soltó una risa alta y se cruzó de brazos incrédulo.
—¿Maricón? ¿Qué se supone que significa eso?
Zoí deslizó su mano por el mango del hacha y la sacó de la cama con un movimiento secó.
La miró un segundo, notando aquellos detalles por el desgaste y el sobre-uso sin cuidado. Luego con un movimiento suave y ligero la agarró por el filo y extendió el mango hacia Rogmí para devolverselo.
Rogmí lo miró en repentino silenció, pareció palidecer un par de tonos en medio segundo. Sintiendo un escalofrío recorrerle la columna.
El hacha debía estar varios centímetros clavados en la madera, incluso a él le hubiera costado un par de tirones sacarla y Zoí no había necesitado ni usar las dos manos. Aun más agarrarla por el filo, le había parecido imposible siquiera creer que los aparentes bracitos delgados de Zoí fueran capaces siquiera de sostener sus armas.