"Los mortales cambian su lenguaje como cambian de piel: por miedo a la exclusión. Qué falta de carácter. Quien mucho parlotea, poco piensa. Mantén tu compostura, hijo mío; la verdadera autoridad no necesita gritar ni adaptarse para ser respetada. Mantenerte fiel a tus palabras y formalidad demostrará que no necesitas doblegarte ante nadie para tener un lugar."
Atentamente: Tu padre, Hades.
Zoí guardó con cuidado la carta en un pequeño cofre que tenía sobre su escritorio.
La caligrafía de su padre, grabada con tinta de estigia sobre un pergamino frío que olía a granada, todavía pulsaba con una energía reconfortante. Tras el portazo de Rogmí, el silencio de la habitación 05 le había dado tiempo a terminar de acomodar sus cosas y ojear la carta que su padre le había dado antes de salir del inframundo.
No pudo evitar sonreír apenas al leerla, su padre siempre formal y protector. Con ese toque de desdén hacia los vivos pero ese cuidado oculto entre líneas.
La noche llegó rápido a la Academia, Zoí sentía en los colores opacos y el aire frío algo similar a su hogar. Salió de su habitación ya llegada la hora de la cena.
Caminar hacia el comedor fue enfrentarse a una marea de estímulos mucho más vividos y gritones que las almas del río del Estigia. Los pasillos de la Academia Reia eran blancos, amplios e impolutos, con el aura de un lugar que solo los dioses podían habitar y un aroma a limpio y desodorante. Los alumnos se apartaban al pasar a su lado como si llevará alguna enfermedad contagiosa, reían y murmuraban mirándolo de reojo.
El comedor de la Academia Reia era una contradicción arquitectónica. Las columnas de mármol blanco y dorado sostenían techos con pantallas de luz blanca que proyectaban un cielo artificial y las largas mesas de madera de cedro estaban llenas de bandejas de plástico y tablets. El olor a ambrosía se mezclaba con el de las hamburguesas y el perfume caro.
Cuando Zoí entró, el murmullo de cientos de voces pareció bajar de volumen, como si alguien hubiera girado una perilla. Varios ojos curiosos se giraron discreta y no tan discretamente a mirarlo. Era como si la sala hubiera bajado un par de grados.
Le dió una mirada rápida al lugar; muchos grupos ya formados, ruidosos y amistosos. Sin embargo todos se callaban mirándolo por sobre el hombro al pasar serca; una clara señal de que no era bienvenido. Notó a Rogmí comiendo junto a otros hijos de Ares en una mesa muy llena y ruidosa para que Zoí siquiera pensara el acercarse.
Se sentó en el extremo de una mesa vacía, lejos del bullicio. Frente a él, un plato de ensalada y frutas parecía la opción más segura; la comida procesada de los otros estudiantes le olía a químicos y desesperación. Además, su madre siempre le había hablado maravillas de todos esos alimentos naturales que florecían en la tierra.
—Llamas mucho la atención para no ser hijo de Afrodita o Zeus.
Dijo una voz melodiosa a su lado.
Una joven rubia se sentó frente a él con una sonrisa perfecta. Llevaba el uniforme impecable y su cabello rubio ondulado recojido en una coleta alta que parecía brillar con luz propia. Su piel era de un tostado brillante y sus ojos celestes con pecas doradas delataban su genética antes siquiera de presentarse. Noto sus manos largas con uñas de acrílico con temática de estrellas y notas musicales tamborilear en la mesa con Impaciencia.
—Soy Liria Daphne, hija de Apolo y próxima delegada del curso. Un gusto —se presentó, extendiendo una mano. Al aceptarla, ambos notaron el choque al instante: ella era cálida y él frío como un muerto, aunque ambos agarres eran amables y cuidadosos—. He visto las fotos que circulan por los grupos; literalmente eres trending topic ahora mismo, todo el mundo está flípando. Dicen que saliste de una grieta en la tierra vestido como un Dios antiguo. Un poquito retro y dark, ¿no crees?
Zoí miró la mano de Liria y luego sus ojos, con esa intensidad tranquila que la puso nerviosa.
—Algunos llegan con rayos dramáticos o olas que rompen de la nada. Yo solo salí de la puerta de mi hogar a la puerta de la Academia. No hay forma más sutil de salir del Inframundo.
Liria soltó una risita al escucharlo. Él sonaba exactamente como se veía: suave y demaciado formal para si edad. Ella estaba acostumbrada a chicos rudos y engreídos que mordian más de lo que podían tragar.
—Tienes razón. Solo creo que tuviste un pésimo timing para tu debut. Mira, creo que eres un chico bueno y pareces súper amable. No me gusta la idea de que inicies con malas vibes y te quedes solito —apuntó discretamente a una mesa más al centro donde un grupo ruidoso y brillante comía—. Deberías venir a la mesa top con tus primos más cercanos. Abel ha preguntado por ti; es el chico con más flow que conocerás y estará encantado de conocerte.
Antes de que Zoí pudiera responder, una sombra brillante se proyectó sobre la mesa detrás suyo.
—Vaya, pero si es el Príncipe de las Tinieblas en persona.
Icho Kingsley se apoyó en la mesa a su lado, rodeado por un par de amigos.
Su uniforme estaba desaliñado, se veía una musculosa fluorescente bajo la camisa, la corbata floja y jugaba con un encendedor que soltaba chispas eléctricas. Él era de contextura robusta y atrevida, la melena dorada con tintes blancos le caía hasta la altura de la barbilla. Sus ojos de iris amarillo brillante y pupilas azules delataron mucho menos su sangre que sus gestos atrevidos y dominantes. Casi como si quisiera lanzarse sobre Zoí.
Un hijo de Zeus. Uno de tantos...
—Liria, deja de atosigar al nuevo. Seguro que está intentando procesar que aquí la luz no es un filtro —Icho miró a Zoí con una sonrisa ladeada—. Dime una cosa... ¿En el Inframundo el dress code es de un funeral de 1800 antes de Cristo o es que tu padre se quedó sin presupuesto? Qué look tan vintage, de verdad, es casi... creepy.
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Editado: 01.05.2026