El hijo del inframundo

Capítulo 4

"Hijo de los muertos y la vida,

Se que tu tiempo en el inframundo te ha bañado de un amplio conocimiento pero recuerda: el conocimiento no es un regalo, es una posición. Observa los hilos que mueven a los que te rodean; la envidia es una emoción predecible y ,por lo tanto, fácil de neutralizar. No busques la aprobación de los ignorantes, busca la precisión de tus actos.

Tu linaje te otorga un asiento, pero tu intelecto y decisiones es lo que te mantendrá en él."

Atentamente: Atenea.

Zoí leyó la carta de su tía antes de salir hacia el aula de hechicería. Era un mensaje impecable, escrita en un lenguaje tan perfecto que se sentía casi gélido.

A diferencia de las cartas de su madre, que olían a flores, o las de su padre, que vibraban con autoridad, la de Atenea era como una ecuación: lógica, útil y despojada de afecto innecesario. Aun así, le dio el impulso que necesitaba para enfrentar el pasillo lleno de miradas cargadas de estática que los hijos de Zeus seguían lanzándole.

El aula de Hécate no se parecía en nada al resto de la academia. No había pantallas ni luces blancas. Era un espacio circular que parecía existir en un pliegue del tiempo, con toda la arquitectura original y antigua de la academia, iluminado por velas negras que nunca se consumían y un olor denso a lirios y plata vieja. Los alumnos se sentaron disparejos en las mesas, Zoí fue a la esquina más oscura y alejada al notar las miradas fulminantes de sus compañeros.

De la nada dos antorchas se materializaron flotando al frente del salón, su fuego azul crepitando suavemente. Todos guardaron silencio. Las antorchas empezaron a girar en circulo hasta que de entre la estela de fuego emergió la silueta de Hécate, la cual se materializo en un pestañeo frente a ellos. Y una vez su figura emergió, las antorchas se apagaron dejando toda la atención en la bruja.

—Hoy hablaremos de la fuente —dijo Hécate, caminando entre los calderos de piedra que había junto a las mesas—. La magia cetónica no es un truco de luces; es un trato con el tejido mismo de la existencia. Vida por muerte, sombra por verdad. Es la base de todo trato Olímpico.

Hécate golpeó el suelo con su bota y unos pergaminos volaron hacia las mesas.

—Trabajarán de a dos. El objetivo es desglosar un contrato divino antiguo. Los que lo logren para el final de la clase aprueban esta primera tarea. Los que no deberán entregar un ensayo completo de 10 paginas escritas a mano con tinta del contrato y sus consecuencias para la próxima clase. Elijan a sus compañeros.

El silencio fue inmediato y pesado. Los estudiantes se agruparon rápido, como si ya tuvieran todo arreglado. Icho se unió a un hijo de Poseidón sin dudarlo un segundo y Rogmí se sentó al fondo con otro hijo de Ares. Nadie miraba a Zoí.

El hijo de Hades miraba alrededor sintiendo por primera vez lo que era la exclusión social. No era un sentimiento lindo, pero tampoco duradero.

—¿El asiento está libre o la materia oscura ya lo ocupó? —preguntó una voz firme y segura.

Una chica joven pero altiva se sentó al lado de Zoí sin esperar respuesta. No tenía la calidez de Liria ni la agresividad de Icho. Su piel era tostada pero lisa, su pelo castaño oscuro corto rizado y sus ojos grises eran tan agudos que parecían estar escaneando el código fuente de la realidad. Le recordaba mucho a la mirada de los búhos. Llevaba su uniforme perfectamente ordenado y uno de esos ¨espejos de memoria¨ grande lleno de diagramas complejos.

—Soy Eftheía Metis —se presento, abriendo el pergamino que había sobre la mesa—. Y antes de que lo preguntes: no, no me importa que Zeus te escribiera una carta de amor paternal, cualquier carta de ese cretino es un insulto más que alago.

Zoí la miró levantando las cejas, sorprendido por su franqueza.

—¿No te molesta el... "aura de favoritismo" que los demás murmuran que tengo?

Eftheía soltó un suspiro corto, casi una risa seca.

—Es una estupidez estadística, Zoí. Mi madre me envió una carta, sí. Fue general, superficial y probablemente la escribió un escriba autómata. El enojo de Icho y los demás es ridículo porque asumen que una carta cambia su estatus. Para los Dioses, somos un trámite. Un hijo más en una lista de milenios. Estar amargado por no recibir una carta es como estar amargado porque el sol no te saluda por tu nombre cada mañana.

Zoí bajó la mirada al contrato que tenían frente a ellos.

—En el Inframundo no somos tantos. Mi familia es... pequeña. Cada palabra cuenta.

—Por eso eres el mejor compañero para esta tarea —respondió Eftheía, señalando un glifo en el pergamino y mostrando una pequeña sonrisa astuta—. Tú entiendes el valor del peso emocional en un trato. Yo entiendo la estructura. Si trabajamos juntos, terminaremos esto antes de que Icho logre encender su primera vela sin quemarse las cejas.

Zoí sonrió mostrando sus blancos dientes. Por primera vez en la superficie, sentía que alguien no lo miraba como a un bicho raro o un tesoro, sino como a un igual con el cual resolver un problema.

—Hagámoslo entonces, Eftheía. Muéstrame cómo los hijos de la sabiduría desglosan la eternidad.

Eftheía y Zoí trabajaron con una sincronía que dejó sorprendidos a varios compañeros, quienes veían de reojo como ambos jóvenes murmuraban y anotaban como si de un aquelarre secreto se tratase. Mientras Eftheía desglosaba las cláusulas legales del contrato divino con una lógica matemática, Zoí aportaba la visión y entendimiento que solo alguien que ha vivido entre sombras posee.

—Este glifo no significa "castigo eterno", Eftheía —corrigió Zoí suavemente, señalando una runa que parecía una cadena rota—. Significa "deuda de memoria". El alma no sufre por el dolor, sino por lo que no puede olvidar.

Eftheía se detuvo, con el lápiz digital suspendido sobre la pantalla. Miró la runa y luego a Zoí. Una chispa de respeto genuino brilló en sus ojos grises.




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