"Mi querido nieto, hijo de la primavera que espero cada año,
Espero que estés comiendo lo suficiente en la tierra, se que los seres del inframundo tienen paladares peculiares. Desde la nueva "modernidad" la superficie tiene esa manía de ofrecer alimentos procesados que no alimentan el alma, sino que la entumecen.
Recuerda que tú vienes de lo más profundo y fértil; no dejes que el brillo artificial de los que se creen dueños del cielo te confunda. Las raíces más fuertes crecen en silencio, bajo tierra. Y por favor, mantén tu compostura, hay mucha mala hierba que necesita ser podada
en esa Academia.
Espero con paciencia poder verte en persona aunque sea una vez.
Atentamente: Tu abuela, Deméter.
PD: Dile a tu padre que si no se presenta para la fiesta de bienvenida este año bájare al inframundo personalmente y los traeré yo misma."
Zoí sonrió al leer la carta de su abuela, sintiendo el aroma a trigo fresco que desprendía el papel. La guardó en el cofre junto a las de sus padres antes de alistarse. Conocía mucho de Deméter por los relatos de su madre y las historias de los muertos; era uno de los dioses que más ansiaba conocer, aunque sus amenazas de "bajar personalmente" al Inframundo siempre hacían que su padre se pusiera nervioso.
Rogmí había desaparecido temprano. Al parecer ,incluso desvelándose frente a la pantalla, el hijo de la guerra mantenía un instinto madrugador casi militar.
Al salir de la habitación, Zoí estuvo a punto de chocar con una figura imponente.
Se detuvo justo a tiempo frente a Raz. El hermanastro de Rogmí estaba allí plantado, con los brazos a los lados y las piernas firmes, como una columna de granito. Era una cabeza y media más alto que Zoí y sus ojos escarlata, aunque serios, carecían de la chispa salvaje de Rogmí.
—Oh, buenos días, Raz. ¿Buscas a Rogmí? Salió hace un rato.
—Hola. No, de hecho... te buscaba a ti —Raz soltó un suspiro largo y se rascó la nuca, rompiendo su postura rígida por un momento—. Mira, seré directo. Lamento que mi hermano te esté dando tantos problemas. Es un pesado y me siento mal porque te haya tocado compartir cuarto con él.
—Oh, está bien. No me molesta realmente —respondió Zoí con sinceridad.
—Sí, sí debería molestarte. Rogmí siempre fue difícil, pero... —Raz bajó la voz, mirando a ambos lados del pasillo como para asegurarse que nadie escuchará—. Su madre murió de cáncer cuando él tenía doce años. Fue una batalla injusta que lo destrozó. Nuestro padre, en lugar de darle espacio, intentó "enderezarlo" poniéndole metas imposibles para mantenerlo ocupado. Y eso solo consiguió alimentar su hostilidad.
Raz clavó su mirada en Zoí, esta vez con algo de súplica.
—Lo que quiero decir es: no es personal. Rogmí tiene una ira ciega que explota contra cualquiera. No dejes que te pisotee, pero tampoco te tomes en serio sus gritos. Y si alguna vez la situación se sale de control, búscame a mí o a cualquiera de los otros hijos de Ares. Nos gustan las peleas, pero las peleas justas. No el acoso.
Zoí levantó las cejas. Podía ver el peso que Raz cargaba; llevaba años intentando recoger las piezas que Rogmí rompía a su paso.
Un inicio caótico. Un final en calma.
—Lo entiendo, Raz. Gracias por decírmelo —Zoí sonrió suavemente y palmeó el hombro del mayor—. Ahora comprendo mejor algunas cosas. No te preocupes; si la situación me supera, no dudaré en llamarte. Agradezco el apoyo de tu grupo.
El tacto frío como muerto de Zoí hizo que Raz tuviera un escalofrío involuntario, pero sus palabras lo relajaron. Notó que en el hijo de Hades no había miedo ni lástima, solo una calma inamovible. Era un alivio que una víctima de Rogmí no gritara o se escandalizara por todo.
—Bien... ¡Bien! Me dejas más tranquilo. Te veo luego —Raz asintió, bajando los hombros por primera vez, le saludo brevemente con una mano y se alejó por el pasillo con pasos pesados.
Al llegar a la esquina, Zoí vio cómo el grupo de hijos de Ares rodeaba a Raz de inmediato, murmurando preguntas con curiosidad y mirando de reojo a Zoí.
Negó suavemente con la cabeza sonriendo para si mismo antes de cerrar la puerta de su habitación y salir por otro lateral.
Se dirigió al comedor, esperando encontrar a Eftheía, pero la mesa habitual estaba vacía. Escuchó de otros estudiantes que Liria y ella estaban en una reunión de delegados organizando la "Fiesta de Bienvenida", un evento que a Zoí le sonaba a ruido innecesario.
Estaba a punto de sentarse solo cuando una figura que parecía irradiar una luz dorada y bélica a la vez le hizo una seña desde la mesa central.
—¡Korell! Ven aquí, Darling. No dejes que la mesa del rincón se acostumbre a tu presencia —exclamó un joven acercándose enérgicamente.
Abel Lovelace no caminaba, parecía deslizarse con una confianza absoluta. Era ligeramente más alto que Zoí, con una complexión atlética de hombros anchos y cintura estrecha que el uniforme de la Academia, ajustado a medida, resaltaba sin esfuerzo. Su piel tenía un tono dorado permanente, como si el sol lo iluminara solo a él y su cabello era un desorden calculado de mechones rubios cobrizos que brillaban como metal recién forjado, adornado con algunas hebillas con forma de corazones y estrellas.
Pero lo más impactante eran sus ojos: tenían el azul cristalino de Afrodita, pero con un anillo en sus pupilas de color escarlata que se encendía como brasas cuando algo le interesaba, herencia directa de la mirada bélica de Ares. Llevaba una cadena de oro con un dije de una rosa envuelta en alambre de espino alrededor de su cuello. Sus movimientos tenían la gracia de un modelo de alta costura mezclada con la tensión de un soldado a punto de atacar.
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Editado: 01.05.2026