El hijo del inframundo

Capítulo 8

"Primo, Del reino donde el sol se rinde ante el olvido.

Tu silencio es una nota que nunca
he oído,
una estrofa de invierno que al
verano mata.
​No temas a la luz que mi carro derrama,
pues sin oscuridad, ¿Qué valor
tiene el brillo?
El Olimpo es un teatro que tu
nombre clama,
y el destino, un hilo que ya no es sencillo.
​Bienvenido al estrado, primo. Que tu estancia aquí sea tan rítmica como los latidos de un corazón... mientras sigan sonando.
​PD: Dile a tu padre que el Elíseo necesita músicos nuevos. Los que tiene se están volviendo tan repetitivos como él.

Tu Primo Hermano, Apolo."

Zoí terminó de leer la carta mientras caminaba junto a Abel por los pasillos de cristal que daban al ala oeste de la Academia. Abel y Zoí habían decidido saltarse la primera clase para recorrer la Academia, Lowy y Marin sí asistirían y luego los pondrían al tanto.

—¿Otra carta? —preguntó Abel, arqueando una ceja con curiosidad mirando por sobre el hombro de Zoí la carta—. Tienes un buzón muy ocupado para ser el chico nuevo.

—Varios dioses me enviaron mensajes por mi llegada. Estoy leyéndolas entre clases para poder contestarles a todos después —explicó Zoí, guardando el papel con aroma a laurel en su bolso.

Abel soltó una risita suave.

—Es lo que tiene ser un "Dios Nuevo" en una generación de mestizos genéricos, Zoí. Nosotros somos el upgrade del Olimpo. A mí me encanta la atención, los beneficios... es como tener un pase VIP permanente a la existencia. No entiendo a los que, como Rogmí, se quejan por el peso del linaje. El peso es poder, si sabes cómo llevarlo.

Caminaron hacia un balcón privado que se abría como un secreto entre los muros de mármol. Abajo, el jardín zen no era de arena blanca, sino de grava volcánica gris oscura, con estanques de agua tan quietos que parecían espejos de obsidiana.

​Abel se apoyó en la barandilla, dejando que el sol de la tarde resaltara el brillo dorado de su piel, aunque el albinismo natural de Zoí parecía brillar con una luz propia. Abel se acercó más a Zoí lo suficientemente discreto para no ser tan invasivo, pero lo suficientemente serca para sentir el frío natural de la piel de Zoí.

​—Sabes, Zoí —dijo Abel, bajando el tono de voz hasta que sonó como un ronroneo—, este jardín fue diseñado para el equilibrio, pero tú acabas de romperlo por completo. Tienes una estética... Iconica. Esa palidez casi etérea hace que el entorno parezca aburrido. Es como si fueras una estatua de mármol que ha decidido, por pura benevolencia, caminar entre nosotros.

​Zoí se limitó a observar un pequeño bonsái de hojas negras. Su mente, acostumbrada a la franqueza absoluta de las almas que ya no tienen nada que ocultar y a la solemnidad eterna del Hades, procesaba el halago como un dato estadístico.

​—El mármol es frío y se agrieta con el tiempo —respondió Zoí con una cortesía tan plana que el aire pareció enfriarse—. Parezco albino pero sólo saque los rasgos más pálidos de mis padres y nacer en un lugar donde nunca pega el sol sólo me quito más color. Es una cuestión de supervivencia y herencia, no de estética.

​Abel soltó una risa seca, un rastro de frustración asomando tras su sonrisa perfecta. Dio un paso más hacia el espacio personal de Zoí, atrapando el aroma a granadas y tierra mojada que desprendía el hijo de Hades.

​—Eres difícil, ¿lo sabías? —Abel pasó un dedo por el borde de la barandilla, acercándose un poco más—. Normalmente, a estas alturas, la gente ya me está pidiendo que les muestre el resto del jardín. Pero contigo... es como intentar atrapar humo con las manos. Cuanto más aprieto, más rápido te deslizas entre mis dedos.

​Zoí giró la cabeza lentamente, sus ojos claros encontrándose con los intensos de Abel sin un solo parpadeo de nerviosismo.

​—El humo no se puede atrapar, Abel. Y las sombras no se dejan conquistar. Deberías saber que en el Inframundo no tenemos prisa por llegar a ninguna parte. Tenemos toda la eternidad para observar.
Zoí miró otra vez el jardín oscuro, siento en el la familiar sensación de poder admirar un paisaje eterno.

​Abel se quedó en silencio un segundo, desconcertado por esa calma absoluta que no podía romper ni con su linaje de guerra ni con su herencia de deseo. Por primera vez en mucho tiempo, el cazador se sentía fascinado por la presa que no corría.

—Tienes una conexión especial con Icho, ¿no? —comentó Zoí, mirando hacia las nubes. Mirar el cielo mortal le era tan extraño, pues en el inframundo solo había techo sobre techo—.Fue el único que te escuchó esta mañana sin rechistar.

Abel se apoyó en la barandilla, dejando que el sol resaltara el dorado de su piel.

—Bueno, Icho y yo tenemos algo... flexible. Verás, Zoí, yo soy alguien de "corazón abierto". Tengo relaciones abiertas con varias personas de aquí. Icho es uno, Marin a veces, un par de hijas de Hestia, Zeus y Apolo... No puedo desaprovechar que haya tantos pretendientes, chicos y chicas, muriéndose por un poco de mi atención.

Zoí ladeó la cabeza, procesando la información.

—¿Cuál es la diferencia entre tener relaciones abiertas y tener, simplemente, amigos con derechos o amantes?

Abel sonrió, y por un segundo, el Dios de la Conquista asomó tras sus ojos de ídolo pop.

—El título, darling. Ser "pareja abierta" me da un control que los amantes no tienen. Mantiene los sentimientos a mi ritmo. Me permite divertirme de forma controlada y, sobre todo, me facilita poner límites o romper lazos cuando el ciclo de conquista se completa. Es... gestión de recursos emocionales.

Zoí se quedó en silencio. Entendía perfectamente el juego de Abel. No era amor, era territorio. Abel no buscaba compañeros, buscaba súbditos que le entregaran su voluntad de forma voluntaria, una conquista "limpia" donde el otro creía tener libertad mientras orbitaba alrededor de él.




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