"Mi querido PrimoBoy,
Sé que nos vemos seguido, pero no quería que tu colección de cartas estuviera incompleta.
Considera esto un recordatorio: en el camino de la vida, hay quienes corren para alcanzar la gloria y quienes corren porque algo los persigue. Asegúrate de estar siempre en el primer grupo. Y un consejo de profesional: si vas a tomar algo que no es tuyo, asegúrate de que tener un buen alegato en defensa.
Hay deudas que ni yo puedo esquivar.
Atentamente: Tu primo favorito, Hermes.
PD: si necesitas alguien que te aconseje un buen outfit para la gala no dudes en llamarme, My PrimoBoy."
Zoí leyó de reojo la carta mientras comía con una media sonrisa. Le sorprendió ver una carta del mensajero de dioses en el montón, pero tenía sentido; Hermes siempre quería estar en todas partes. Al día siguiente le entregaría un fajo de respuestas para los Olimpos.
La cena de esa noche en la Academia Reia era tranquila, extrañamente tranquila. Su curso estaba particularmente cansado por el entrenamiento y el resto de las clases como para gritar como otras noches.
Icho había regresado de la enfermería, pero no se veía mejor. Estaba sentado en la mesa central, rodeado de Abel y su squad, pero parecía un extraño entre ellos. Estaba anormalmente pálido y ojeroso y sus manos temblaban tanto que el tintineo de su tenedor contra el plato era el único sonido en varios metros.
Zoí estaba junto a Eftheía como era habitual, quien lo miró de reojo mientras revisaba unos planos en su "espejo de memorias". Aunque tenía la invitación de sentarse con el grupo de Abel cuando quisiera, el hijo de Hades esa noche prefería la calma y familiaridad de un charla con Eftheía, hablando de tareas y datos estadísticos curiosos.
—Icho te ha estado mirando desde que entraste como si fueras a sacarle los ojos —murmuró ella mirando de reojo al hijo de Zeus—. Ten cuidado, está al borde de un breakdown.
—No entiendo porque estaría molesto conmigo, si los ayudamos en la prueba de hoy.
—Porque es un resentido. Suele buscar presas solitarias para descargar su mal carácter, pero no te preocupes, me quedaré contigo. No suele tener los huevos de acorralar frente a una chica, mucho menos una como yo. —Eftheía le guiño un ojo sonriéndole cómplice.
Sin embargo esa noche no era una normal y no tuvieron que esperar mucho para darse cuenta.
Icho se levantó de golpe, tirando su silla hacia atrás con un estruendo que hizo que todo el comedor guardara silencio. Caminó hacia la mesa de Zoí, sus pasos eran erráticos y su respiración sibilante. Sus ojos estaban iluminados por la rabia y desequilibrio.
—¡Tú! —gritó Icho, señalando a Zoí con un dedo tembloroso—. ¡Detenlo ahora mismo! ¡Diles que se detengan!
Zoí dejó su cubierto lentamente y levantó la vista, manteniendo esa expresión de mármol que tanto desquiciaba a los demás. Eftheía frunció el seño y se puso entre ambos ya adelantándose a cualquier enfrentamiento.
—¿Detener qué, Icho?
—¡La maldición! ¡El mal de ojo! Lo que sea que me hayas echado encima —Icho estaba fuera de sí, las chispas eléctricas brillaban de forma errática en su cabello—. No he dormido en días. Siento sus manos en mi cuello cada vez que cierro los ojos. ¡Sé que fuiste tú! ¡Nadie más en este lugar apesta tanto a tumba como tú!
Abel y el resto de la mesa top se acercaron, observando la escena con una mezcla de vergüenza y curiosidad. Los cuchicheos empezaron a recorrer las mesas de los mestizos.
—No jodas Icho, estas mal de la cabeza y no tienes razón para acusarlo ¿Y que tal si fue alguna de tus ex? ¿Y que tal si fue alguno de los que llevas años jodiendo?
Eftheía se levantó y se planto frente a Icho dispuesta a defender a su amigo.
—Tu no te metas, perra. Lo defiendes solo porque es el único raro con el que te puedes juntar sin hacer de puta friki —Icho le grito en la cara casi esculpiéndole encima —. Asique apártate que esto es entre el maricon gótico y yo.
Eftheía jadeo ofendida y la gente en el comedor murmuro un "Huuu" Al unísono. Abel y su grupo dudaron en meterse aún muy sorprendidos por la situación cuando una sombra se adelantó desde atrás, tomando a Icho del hombro y apartándolo con brusquedad de Eftheía, quien parecía ya dispuesta a levantar los puños.
—¡¿Qué mierda te pasa, imbécil?! ¡Déjalos en paz! —Rogmí se plantó frente a Icho con los ojos encendidos en rojo—. ¿O acaso eres muy cobarde para meterte con alguien de tu tamaño?
Ahora era su turno de defender a sus compañeros. De devolver el favor y ,por sobre todo, evitar que pisotearan a los únicos idiotas que le tendieron la mano sin esperar nada a cambio.
—¡¿Tu que te metes?! ¿No que te hacías muy el malo con ese rarito? —Icho lo encaró igualmente aunque rápidamente volvió a ver a Zoí—. ¿Y tu que? ¿Vas a dejar que tus noviecitos te defiendan? Eres un cobarde que apesta a muerto.
Le grito casi esculpiéndole.
Rogmí lo codeó para que retroceda ya dispuesto a darle un golpe. Sin embargo Zoí se levantó finalmente, lo hizo despacio sin embargo la habitación se sintió fría de repente lo cual llamó la atención de todos.
—Yo no te he puesto ninguna maldición, Icho —respondió Zoí, su voz sonando con una profundidad que hizo que las luces del comedor parpadearan—. Pero te advertí en el desayuno: lo oculto no perdona agravios. Todas mis joyas, cada anillo y pulsera que llevo, son regalos de los muertos. Son vínculos de lealtad. Si alguien decide tomarlos sin permiso, no me roba a mí... le roba al descanso eterno. Y los muertos no son tan pacientes como yo.
Icho palideció tanto que pareció que iba a desmayarse. Su mano derecha se cerró con fuerza sintiendo el anillo robado en su dedo. La comprensión lo golpeó como un rayo de su propio padre: el peso, las pesadillas, el frío, las sombras, todo empezó el momento en que deslizó ese anillo en su dedo.
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Editado: 01.05.2026