El hijo del inframundo

Capítulo 11

"Mi pequeño brote,

​He sentido un temblor en las raíces del Inframundo. Los muertos susurran que uno de sus tesoros fue reclamado y devuelto. Espero que no hayas tenido que ser demasiado severo, aunque sé que la superficie a veces carece de la etiqueta necesaria. Recuerda que no eres solo el final del camino, también eres la tierra fértil que espera después. Mantén tu jardín interior en orden, porque pronto el invierno llegará a la Academia.

​Con amor: Tu madre, Perséfone.
PD: Tu padre dice que el anillo te queda mejor a ti que a ese 'cachorro de trueno' distraído, al parecer es más perspicaz al persivir quien le roba a su hijo.
¡Que hilarante! ."

​Zoí guardó la carta en su cofre, sintiendo el suave aroma a flores prensadas y granada. Le reconfortaba saber que, incluso a kilómetros bajo tierra, sus padres estaban al tanto.

​Al caminar por los pasillos el ambiente era radicalmente distinto. Ya no había risas sofocadas ni dedos señalando su palidez. Ahora, los estudiantes se apartaban, pero no por asco, sino por una mezcla de reverencia y miedo instintivo. Se había corrido la voz: Zoí Korell no maldice, simplemente deja que tus propios pecados te alcancen.

​En el comedor, la mesa de los "inadaptados" se sentía más sólida que nunca. El lugar olía a café quemado y algo frito pero el barullo estaba sorprendentemente activo aquella mañana.

​Rogmí estaba ,por primera vez, sentado allí, ocupando más espacio del necesario, como un guardaespaldas no solicitado. Comia su desayuno mirando cada tanto por sobre el hombro, principalmente hacia la mesa de sus medios hermanos. Zoí intercambio una mirada con Raz quien parecía aliviado de que su hermanastro finalmente se comportará y buscará un grupo al que pertenecer.

​Eftheía repasaba unos apuntes de la clase de hechicería mientras desayunaba, pero saludó a Zoí con un choque de puños casual.

​—Anoche fuiste tendencia en el foro de la Academia —comentó Eftheía sin levantar la vista—. Icho ha pedido el cambio de habitación. Dice que no puede dormir en el mismo piso que "un portal al Tártaro".

​—Le deseo suerte encontrando un lugar donde sus propias sombras no lo sigan —respondió Zoí, sentándose con ellos.

​—Eres un tipo raro, Korell —dijo Rogmí, apuntándolo con su cuchara—. Pero tienes huevos. No muchos se plantan así frente a un hijo de Zeus y lo humillan en público. Si necesitas que alguien "acomode" a los que sigan hablando mierda por los pasillos, avísame.

Se trono los dedos dejando en claro que ¨ajustar¨ no era algo de dialogo y comprensión.

—Ho, no te preocupes. No me importan los rumores o las difamaciones. Las verdades siempre llegarán, sin importar cuánto tiempo tarden.

—O cuantas maldiciones de muertos, querrás decir —Eftheía río por lo bajo.

​Zoí sonrió para sus adentros. Había ganado dos amistades contrarias pero fieles. Por primera vez, la Academia Reia no se sentía como un lugar solitario e inhóspito para el hijo de Hades.

Una ventisca suave y enérgica entró de repente por una de las ventanas altas, revolviendo el cabello de todos y haciendo que los platos tintinearan. Los estudiantes se enderezaron al instante; ya sabían de quién era esa entrada.

—¡Good morning, darlings! ¡Holi, besties! —exclamó Hermes, apareciendo de la nada y saltando de mesa en mesa con una agilidad sobrenatural—. ¿Cómo los trata el inicio de año? ¿La señora Hécate los tiene recitando hechizos hasta dormidos? ¡Espero que no, porque les traigo el verdadero hype!

Hermes aterrizó con gracia en el centro del comedor, luciendo sus botas aladas que daban pequeños aleteos impacientes.

—Como la fiesta de bienvenida de este año va a ser un evento de otro nivel ¡Sus papis y mamis les enviaron un montón de spam del bueno para que luzcan increíbles! —Hermes empezó a sacar cartas y paquetes de su bolso infinito, lanzándolos con precisión milimétrica a cada alumno—. ¡Toma, para ti! ¡Esto es para ti, intenta no romperlo! ¡Slay, nena, ese color te va a quedar genial!

El ánimo del comedor explotó. Los mestizos se sentían finalmente vistos y apreciados. Una vez entregado el último paquete, Hermes apareció recostado sobre la mesa de Zoí, apoyando el mentón en su mano y sonriéndole con picardía.

—Hey, my primoboy. ¿Cómo va todo por aquí? Veo que very good, mira el squad de élite que te has montado... Ajam, ajam —Hermes le guiñó un ojo a Eftheía mientras le pasaba un paquete dorado perfectamente doblado y a Rogmí le lanzó una carta algo arrugada—. Aunque, lo siento, my boy, esta vez no hay correo para ti. Dioses ocupados y todo eso.

—Está bien, señor Hermes. Esta vez soy yo el que entrega —respondió Zoí con su calma habitual. Sacó de su bolso una pila de cartas escritas con una caligrafía impecable y selladas con cera oscura y el emblema de su familia—. Estas son las respuestas para los dioses que ya leí: Zeus, Atenea, Ares, Afrodita, Deméter, Apolo y Hefesto. Todavía me falta procesar el resto, así que en tu próxima visita te daré las demás.

—¡Oh, darling! Eres un encanto de los que ya no quedan. ¡No hay problema, se las daré en un zip-zap! —Hermes tomó el fajo con entusiasmo, guardándolo en su bolsa.

—Y esta es para usted, señor Hermes. Agradezco sinceramente sus consejos y su paciencia —Zoí le entregó una última carta, haciendo una breve y elegante reverencia con la cabeza.

Hermes se quedó mudo por un segundo, algo que rara vez ocurría. Su sonrisa eterna vaciló, mostrando una sorpresa e incredulidad genuinas. Levantó un poco su casco alado para asegurarse de que no estaba alucinando; nadie, absolutamente nadie en el Olimpo, se molestaba en escribirle una carta de agradecimiento a "el mensajero".

—Oohh... ¡¡MY DARLING!! —gritó Hermes conmovido, abalanzándose sobre Zoí para darle un abrazo que casi lo deja sin aire.




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