El hijo del inframundo

Capítulo 12

"Primo,

No soy de las que envían cartas perfumadas ni consejos de salón. Mi reino es el de la flecha y el bosque, donde las cosas son lo que parecen. Me han dicho que estás en esa Academia rodeado de 'civilización'. Ten cuidado: las fieras más peligrosas no son las que rugen, sino las que sonríen mientras esperan que bajes la guardia.

Tu madre es una de las pocas divinidades que respeto en ese Olimpo de egos inflados. Como consecuencia guardo esperanza en que te haya criado para ser igual. Asegúrate de que nadie ensucie sus nombres con sus lenguas de serpiente.

Si alguien intenta cruzar tus límites, no les des explicaciones; dales una razón para correr.

Tu prima, Artemisa."

Zoí terminó de leer la carta en la biblioteca, sintiendo una extraña afinidad con la honestidad cortante de Artemisa. Se había demorado en leer su carta pues las otras parecían resaltar en el montón, pero le alegraba saber que había dioses que lo veían a él y a su madre como algo más que piezas lindas de un tablero brillante.

Guardó el sobre en su bolso y se dispuso a ir a la clase de Genealogía y Protocolo, una asignatura que solía ser aburrida, pero necesaria para la gala. Y para Zoí ,uno de los nuevos dioses más alejados de las ramas del olimpo, resultaba una materia interesante para desvelar finalmente el árbol genealógico completo.

La clase transcurría bajo una luz azulada y artificial. El profesor, Mnemón, un hijo de la Titánide Mnemosine con una memoria tan vasta que a veces olvidaba cómo parpadear, no usaba pizarras. Con un simple gesto de sus dedos, proyectaba en el aire hilos de luz dorada que se entrelazaban formando árboles genealógicos tridimensionales que flotaban sobre las cabezas de los alumnos.

Los nombres de dioses y semidioses bailaban en el aire como constelaciones atrapadas. Se hablaba de las uniones sagradas, de los linajes perdidos y ,sobre todo, de la pureza de la esencia divina; un tema que los hijos de Zeus y Poseidón escuchaban con el mentón bien alto.

—Como pueden observar —decía Mnemón, cuya voz tenía un eco extraño, como si hablara desde el fondo de un túnel del tiempo— el linaje de los Tres Grandes no es una línea recta, sino un mapa de conquista. Zeus, en su papel de Rey, ha extendido su esencia por todos los reinos conocidos, ramificando el poder del rayo hasta en las estirpes más inesperadas.

El profesor hizo un movimiento de barrido y el árbol de Zeus brilló con una intensidad cegadora, opacando casi por completo a los demás.

—Sin embargo —continuó Mnemón, clavando su mirada vidriosa en Zoí—. existen ramas que se hunden en la tierra, lejos de la luz del Olimpo. Linajes que no buscan la expansión, sino la preservación de lo que queda al final del camino.

Zoí sintió las miradas de sus compañeros nacer como pequeñas agujas en su nuca. En el aire, la rama de Hades apareció: un hilo de luz violeta oscuro, casi negro, que no subía hacia el techo como las otras, sino que parecía querer perforar el suelo del aula. Debía ser de las ramas más cortas, conectadas de arriba a su madre Rea, su padre Cronos y sus hermanos a los lados. Incluso más pequeña que otras ramas de dioses cetónicos como Nicte.

—La pureza en el Inframundo —murmuró el profesor, acercándose al escritorio de Zoí mientras el holograma de una corona de laureles y espinas flotaba sobre ellos— es... distinta. No se trata de cuántos eres, sino de quién sobrevive al silencio de la eternidad.

Icho, que se había mantenido en un silencio sombrío en la parte trasera del aula, soltó una risita seca. Ya no tenía su grupo de apoyo, pero su voz seguía teniendo ese timbre de autoridad heredada que obligaba a los demás a escuchar.

—Es irónico que hable de "silencio", profesor —comentó Icho, balanceándose en su silla con una falsa languidez—. Porque el árbol genealógico del Inframundo siempre ha sido... un poco borroso, ¿no cree? Especialmente en las ramas de los hermanos de Zoí.

Icho miró la proyección, señalando con un gesto despreocupado los nombres de Zagreos y Melinoe. Algunos alumnos soltaron una risita nerviosa, intuyendo hacia dónde iba.

—Dinos, Zoí, ya que estamos en confianza ,para chequear datos nomas, —continuó Icho, bajando la voz como si compartiera un chisme divertido—. ¿Qué versión de la "Cortesía del Olimpo" te enseñaron en casa? Porque en los registros de mi padre, los nombres de tus hermanos aparecen con una nota al pie muy interesante. Algo sobre... confusión de identidad.

El aula se sumió en un silencio incómodo. Eftheía dejó de escribir, sus dedos apretando su lápiz con fuerza.

—Son hijos de mis padres —respondió Zoí, sin girarse. Su voz era un hilo de seda, pero en los bordes ya empezaba a notarse el frío—. Mis hermanos mayores por muchos milenios; Zagreos dios del renacimiento y la vida misteriosa y Melinoe Diosa de: Fantasmas, pesadillas, terrores nocturnos y sacrificios a los muertos.

—Claro, claro. La "hospitalidad" de los hermanos —Icho soltó una carcajada ligera, casi encantadora—. Es fascinante la genética divina. Mi padre tiene esa manía de... ayudar a sus hermanos cuando sus casas se sienten vacías. Dicen que, en la oscuridad del Inframundo, es fácil confundir un trueno con un susurro, ¿no?

Icho se inclinó hacia adelante, bajando el tono como si contara un secreto trivial.

—Solo digo que es curioso. Esa mirada que tienes, Zoí... no sé. A veces parece que tienes más "luz" de la que el tío Hades podría haberte dado por sí solo. Es un rasgo muy de mi familia. Pero supongo que es un alivio para tu padre; al final del día, todos estamos bajo el mismo techo... aunque algunos prefieran quedarse en el sótano cuidando lo que otros dejaron allí.

El aula estalló en murmullos y risas ahogadas. No era un grito, era una burla aceptada. Para los hijos de los otros dioses, era simplemente el viejo chiste de Zeus siendo Zeus, un "engaño brillante" del que todos formaban parte.




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