"Hermanito,
Las sombras aquí abajo están más inquietas desde que te fuiste; dicen que les falta tu silencio. Yo creo que solo extrañan tu sonrisa y palabras bonitas.
Madre ha vuelto a dedicarle más tiempo a su jardín, ella esta bien. Le alegra que finalmente conozcas la superficie. Aunque se nota que le faltas cuando reacomoda tu recamara por tercera vez en un día.
Cerbero tambien esta inquieto sin tus canciones antes de dormir. He intentado cantarle pero ¡Parece irritarle! Se ve que yo no herede los dotes musicales de mamá, una pena.
Melinoe se la pasa afuera, ahora que la señora Hécate esta en la Academia ella se esta haciendo cargo de sus mandados y cuidando su hogar. Notó que siempre te busca con la mirada cuando vuelve, supongo que por eso se la pasa tan lejos.
Padre dice que todo esto es el ¨síndrome de nido vacío¨ o algo por el estilo que le ha dicho algún espíritu. No se. Ya sabes como se pone cuando intenta explicar lógicamente lo que siente.
En fin.
Me han llegado ecos de que las cosas en la superficie son... ruidosas.
No dejes que el ruido te confunda, Zoí. Tú eres sangre de nuestra sangre, nacido del amor que hizo que un Rey se arrodillara ante una Reina. Disfruta del sol por nosotros, corre por los campos que yo no puedo pisar y recuerda: no importa lo que digan los que viven en la luz, ellos nunca entenderán la lealtad que nace en la oscuridad.
Te extraño, renacuajo. No tardes en escribir.
Tu hermano, Zagreos."
Zoí dejó la carta sobre su mesa de noche. No podía leer más. La calidez de Zagreos dolía más de lo que nunca había sentido. Se sentía tan lejos de su familia que el frio le quemaba el pecho. Se ovilló en su cama, dejando que las sombras de su habitación se espesaran hasta que el mundo exterior no fuera más que un murmullo lejano.
Mientras tanto, en los pasillos de la Academia, el ambiente era denso. La desaparición de Zoí tras la clase de Genealogía se había convertido en el tema de conversación principal. Todos murmuraban de la salida dramática y esa sensación fría y espeluznante que recorrió los pasillos a su paso.
—Es un imbécil. Un completo imbécil —gruñó Rogmí, caminando a zancadas por el pasillo del ala de dormitorios—. Si vuelvo a ver a Icho, le voy a meter el rayo de su padre por donde no le da el sol.
—Golpearlo no va a derretir el hielo de la habitación de Zoí, Rog —respondió Eftheía, que caminaba a su lado intentando seguirle el ritmo cargando los bolsos de los tres, pues Zoí había huido sin llevarse nada.
Rogmí se detuvo frente a la puerta de Zoí. La madera estaba cubierta por una capa de escarcha negra que parecía absorber la luz del pasillo.
—¡Korell! ¡Abre la maldita puerta! —Rogmí golpeó la madera con fuerza, pero el sonido fue sordo, como si golpeara un muro de carne fría—. ¡Icho es un idiota, todos lo saben! ¡No dejes que ese perdedor gane!
—No es por Icho, Rogmí —susurró Eftheía, apoyando una mano en el hombro del hijo de Ares—. Es por lo que dijo. Hay cosas que para nosotros son chismes mitológicos, pero para Zoí es su familia. Es su madre y sus hermanos.
—Sigue cerrada —gruñó Rogmí, golpeando la madera con el puño—. Y esa maldita escarcha negra está empezando a cubrir el pasillo. Los inútiles de mantenimiento dijeron que no podían hacer nada contra estas cosas ¨cetónicas y oscuras¨ y una mierda.
Pateo la puerta más por bronca que por resultados.
—No va a abrir, Rogmí —Eftheía suspiró, cruzándose de brazos—. Está en modo "repliegue total". Lo que dijo ese imbécil de Icho... fue demasiado personal.
Rogmí soltó un bufido de frustración y se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la puerta de Zoí. Eftheía, tras dudar un momento, hizo lo mismo. Por primera vez, la hija de la sabiduría y el hijo de la guerra estaban en el mismo bando, sin pullas ni sarcasmos.
—Sabes, siempre pensé que los "puros" eran intocables —dijo Rogmí después de un rato, mirando sus manos—. Pero Zoí... él es diferente. Se toma las cosas en serio, muy en serio. No como Abel, que todo es una pose. O Icho y su gran ego de príncipe.
—Es porque Zoí no tiene una máscara —respondió Eftheía suavemente—. Lo que ves es lo que hay. Él no quiere grandes dramas ni escenas. Además al venir de su familia tan recatada y... ¿Conservadora? ¿Antigua? lo que sea, ellos son todo lo que tiene. Ese fue un golpe muy duro.
Rogmí soltó una risa amarga, rascando con la uña un poco de la escarcha negra del suelo.
—Mi familia no es antigua. Es un campo de batalla —confesó y por primera vez su voz no tenía ese tono de bravuconería—. Mi padre... Ares... solo aparece cuando quiere que rompa algo. O cuando quiere que sea "más". Siempre más fuerte, más rudo, más Ares. Nunca suficiente.. Nunca yo.
Eftheía giró la cabeza hacia él, sorprendida por la confesión. Dejó los bolsos de Zoí a un lado y abrazó sus rodillas.
—Atenea no es muy diferente —admitió ella con un suspiro—. Para ella, yo soy una extensión de su biblioteca. Si saco una nota perfecta, es lo que se espera. Si cometo un error, es una mancha en su legado. A veces siento que no soy una hija, sino un experimento de lógica... Apenas me llevo con mis hermanastros y mi propio padre, todo lo que importa es que seamos los más listos y destacados.
Rogmí la miró de reojo. El hijo de la guerra y la hija de la estrategia compartían el mismo peso: la expectativa de ser perfectos en lo que representan. Ambos dioses hermanos no resultaban ser tan distintos.
—Por eso nos gusta Zoí, ¿verdad? —dijo Rogmí, dándole un empujoncito amistoso con el hombro—. Porque a él le importa una mierda ser "el más algo". Solo quiere estar ahí, con sus sandalias raras y su calma de cementerio.
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Editado: 01.05.2026