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Para salir de la Academia Reia no bastaba con cruzar la reja o el frondoso bosque que los rodeaba. El territorio estaba sellado por un velo antiguo que solo se abría con sangre real o permiso del Olimpo. Tristemente ese día el ritmo de permisos de salida estaba saturado por las docenas de alumnos que querían salir para ir de comprar para la fiesta de bienvenida.
Pese a ser un Nuevo Dios Zoí no tenia el permiso para darse el permiso o a alguien de cruzar ,debido a que seria muy tonto darle a un alumno inicial el permiso libre de salir cuando quisiera, por lo que cansado de esperar el papeleo burocrático de los preceptores, decidió usar su línea directa.
Rogmí y Zoí estaban esperando en los limites del bosque y la academia, el hijo de Ares tan impaciente que arrancaba el pasto con las manos mientras gruñía por lo bajo maldiciones a cada persona que se le ocurriera. El sol picaba la piel blanca de Zoí como si nunca lo hubiera tocado. El hijo de Hades se levantó suspirando impaciente, puso dos dedos en su boca y pareció silbar en un tono que nadie escucho, luego levanto un brazo como si llamara un taxi.
Rogmí lo miró como si ya hubiera perdido la cabeza cuando la suave brisa fresca que pasaba entre ellos de la nada sopló tan fuerte que ambos fueron empujados medio paso atrás antes que una figura se detuvo estrepitosamente entre ellos.
—¡Servicio exprés de mensajería! —exclamó Hermes, haciendo una reverencia exagerada y acomodándose su chaqueta de aviador—. ¿Qué tal estas mi PrimoBoy? Prometí que vendría ni bien me llamaras y ¡Im Here My Boy! ¿Qué se te ofrece?
—¿Nos das permiso para salir señor Hermes? Rogmí está a punto de morder a alguien si no salimos pronto —respondió Zoí.
Hermes soltó una carcajada y ,con un chasquido de dedos, el aire frente a ellos vibró. Los arboles del bosque frente a ellos se sacudieron como si fueran ramitas y ,de la nada, se abrió un camino corto en el bosque que daba directo con la ciudad, pareció magia o un truco de perspectiva muy ingenioso pues el frondoso bosque de hectáreas de largo pareció desaparecer en ese único camino para entrar a la ciudad. Rogmí se levantó de un salto visiblemente sorprendido por el camino.
—¡Hagan un desastre my boys! Pero no se dejen grabar por los humanos ¡El Instagram de los mortales no está listo para su flow! —gritó el dios antes de desaparecer en un estallido de estática.
Rogmí y Zoí se miraron con una sonrisa cómplice por la entrada tan fácil, ya podían escuchar el barullo de la ciudad hacer eco por el camino y el aire pesado con sabor a humo golpearlos de frente. Sin embargo Rogmí detuvo en seco a Zoí cuando este se dispuso a cruzar.
—Wo wo wo. Alto ahí emoción. No poder ir a la ciudad viéndote así ,digo, ser albino y toda la vibe gótica se pueden disimular pero necesitas cambiar tus ojos ¿tienes lentillas o lentes para cubrirte? —tomó a Zoí por la chaqueta para evitar que siguiera avanzando.
Zoí lo miró un momento entre sorprendido por la petición y pensativo.
—Tengo algo que servirá —se detuvo y tomó aire cerrando los ojos.
Venas negras se movieron alrededor de sus ojos y sus pecas parecieron deslizarse sobre su piel como estrellas en movimiento. Rogmí levanto las cejas sorprendido y expectante. Para cuando las pecas de Zoí volvieron a su lugar y las venas negras se desvanecieron volvió a abrir los ojos revelando como sus escleras ahora eran de un blanco normal, sus pupilas negras y sus iris se mantenían de un verde cristalino vivo.
—Woow... Eso fue.. wow... —Rogmí se quedó unos momentos pasmado por el extraño cambio y la belleza que había en los ojos ahora normales de Zoí.
—¿Vamos? No hay tiempo que perder —sonrió Zoí acomodándose la chaqueta antes de tomar del brazo a su amigo para jalarlo hacia el camino.
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Al entrar de lleno en el centro de la ciudad, Zoí sintió que sus sentidos colapsaban. El ruido de los motores, el olor a gasolina y la marea de gente caminando con prisa eran lo opuesto a la paz eterna del Érebo.
Pero lo más notable era el contraste visual. Rogmí vestía unos jeans rasgados, una camiseta negra de una banda de rock y zapatillas gastadas. Zoí, en cambio, caminaba con su uniforme de la Academia, sus sandalias de cuero atadas hasta la pantorrilla y sus joyas de oro tintineando. Con su piel de tiza y sus ojos verdes, parecía un dios que se había caído de un pedestal directamente al pavimento.
—Oye, ¿por qué todos se quedan mirando? —susurró Zoí, sintiendo los flashes de algunos teléfonos de adolescentes curiosos.
—Porque pareces salido de una convención de anime o de un museo, tonto —rio Rogmí, agarrándolo de la chaqueta para que no lo atropellara un taxi—. Te advertí que trajeras ropa normal.
Zoí parpadeo sintiendo su pelo moverse por el empujón y la ráfaga de aire del taxi al pasar a centímetros de su cuerpo. Las bocinas se le hicieron muy extrañas y ruidosas.
—No tengo ropa "normal", Rogmí. Lo más moderno que hay en mi armario son las túnicas de la época dorada del olimpo.
—Ya, ya. Por eso la primera parada es el centro comercial. Vamos a camuflarte antes de que nos volvamos virales en TikTok.
Rogmí arrastró a Zoí hacia un gran centro comercial urbano. Zoí miro el lugar algo asombrado, el aire frio de los aires acondicionados y el aroma a muestras de perfume lo golpearon de frente ni bien entrar. Veía como un enorme coliseo pero sin gradas ni peleas, solo tiendas de ropa y artículos modernos que escapan de su conocimiento.
El hijo de Hades miraba las escaleras mecánicas como si fueran trampas del Tártaro.
—¿Eso... se mueve solo? ¿Es una criatura mecánica? —preguntó Zoí, señalando la escalera con genuina desconfianza. No podia evitar pensar en el laberinto del minotauro y las trampas mecánicas del inframundo al verlas.
—Es una escalera para vagos, súbete y cállate —Rogmí lo empujó hacia arriba, asegurándose de sostenerlo por el hombro para que no perdiera el equilibrio.
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Editado: 01.05.2026