"Querido hermano,
He sentido las pesadillas de los vivos agitarse más de lo normal cerca de tu academia. Hay un miedo que no viene de los monstruos, sino de los espejos. Espero que Hipnos sea el único que visita tus sueños y que las pesadillas sean solo producto del nerviosismo a lo nuevo.
Espero la estés pasando bien, se que pronto madre y padre te visitaran para una fiesta de bienvenida. Yo no iré pero te envió mis mejores deseos.
Te veo en mis sueños,
Melínoe."
La carta de su hermana había estado flotando en su pequeño jarrón con agua del estigia todo el día. Zoí no la había notado hasta que volvió a su habitación para acomodar sus compras y prepararse para la noche. Le alegraba tener una carta de su hermana y no dudo en guardarla con cariño en el cofre junto a las cartas de sus padres y Zagreo.
Una vez caida la tarde la habitación olía a tela nueva, desodorante y una inquietud punzante. A solo una hora de que comenzara la Gala de Bienvenida, el hijo de Ares estaba rodeado de un caos de perchas, camisas arrugadas y zapatos esparcidos. Se miraba al espejo por décima vez mientras se acomodaba bruscamente la camisa, bufando con una frustración que rozaba la ira.
—Esto es estúpido —gruñó Rogmí, tirando de la solapa del traje color vino que Zoí le había ayudado a elegir—. Parezco un muñeco de vitrina. No soy yo.
La ropa elegida era de negro azabache, pantalón de vestir y camisa, un chaleco de vestir vino con detalles en dorados y el pin con el emblema de haces en su collar de cadena. Zoí le había prestado sus joyas asique no había desaprovechado la oportunidad de ponerse anillos y brazaletes lindos de estética gótica. Tenía la cresta rubia recogida en una coleta y un par de mechones caían rebeldemente por su frente.
Se veía bien, pero se sentía como un impostor en su propio cuerpo.
Un suave golpe en la puerta interrumpió su autodesprecio. Zoí entró, ya bañado y listo para vestirse. Al ver el desastre y la expresión desencajada de su amigo, Zoí cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella, observándolo en silencio.
—La ropa no muerde, Rogmí —dijo Zoí con su calma habitual—. Aunque si sigues apretando los puños así, vas a romper las costuras antes de salir.
Rogmí se giró bruscamente, con los ojos inyectados en una mezcla de rabia y algo que Zoí identificó como puro pánico.
—Es que no puedo hacer esta mierda ¿entiendes? —exclamó, dejando caer los hombros—. No puedo salir ahí y fingir que soy... que soy alguien importante. Todos esperan ver al bruto hijo de Ares, al que rompe narices y se ríe de los débiles. Pero me pongo esto y siento que soy un puto cristal. Que cualquier mirada me va a hacer pedazos.
Zoí se acercó lentamente. No dijo nada, simplemente empezó a organizar las solapas del traje de Rogmí con manos firmes y frías. La cercanía obligó al hijo de Ares a bajar la guardia, su respiración agitada chocando contra el aire frío del albino quien lo miraba y tocaba con esa calma exasperante que tenía.
—La violencia es una armadura muy pesada, Rog —susurró Zoí sin levantar la vista del emblema de su padre en el cuello de Rogmí—. Sé que la usas para que nadie se acerque lo suficiente como para ver dónde duele.
Rogmí soltó una risa seca, casi un sollozo ahogado.
Una semana atrás habria lanzado por la ventana a quien sea que se atreviera a exponer cualquier cosa de su interior sin dudar, sin embargo Zoí se había adentrado tan fríamente en los confines de su alma que se había vuelto el único ser con permiso exclusivo de tocar su corazón en la privacidad de las sombras y ese aliento gélido.
—Mi madre... ella era la única que me hacía sentir que no tenía que estar en guerra todo el tiempo. Cuando la perdí, el mundo se volvió un lugar de mierda donde solo sobrevivía el más fuerte. Así que me convertí en el más fuerte. En el más odioso. En el matón que todos temen porque, si me temen, no pueden lastimarme.
Se alejó un paso de Zoí, sentándose en el borde de la cama y cubriéndose el rostro con las manos mientras empujaba con sus pies su hacha.
—Y ahora estoy aquí, siendo el perro del "Príncipe de las Sombras". Mírame, Zoí. No estoy a la altura. No soy inteligente como Eftheía, ni tengo tu linaje impecable, ni la redención de Icho o el encanto de Abel. Solo soy un maldito perro de guerra que no sabe cómo dejar de ladrar. Ni siquiera merezco caminar a tu lado esta noche.
Zoí guardó silencio un largo momento mirándolo desde arriba. El peso de las palabras de Rogmí llenó la habitación. Finalmente, se sentó a su lado, lo suficientemente cerca como para que sus hombros se rozaran. Para que Rogmí sintiera el aura fría de Zoí.
—En el Inframundo, las almas más ruidosas suelen ser las que más miedo tienen al silencio —comenzó Zoí, mirando hacia la ventana—. Mi padre siempre dice que la verdadera fuerza no está en cuántas guerras ganas, sino en qué decides proteger cuando todo arde. Tú me protegiste cuando nadie más sabía quién era yo. No me importa el hijo de Ares que los demás ven. Me importa el chico que no dudó en saltar por mi cuando nadie más lo hizo.
Zoí extendió una mano y ,con una lentitud casi sagrada, cubrió la mano de Rogmí que descansaba sobre la sábana. Fue un contacto sutil, frío y muy fuera de lugar para la naturaleza del hijo de Hades pero cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con el Olimpo. Una mucho más similar a dos corazónes latiendo a la par.
Rogmí volteo a verlo con sierta sorpresa, sus ojos rojos brillando levemente.
—Para mí, eres más que suficiente, Rogmí.—Zoí lo miró directamente a los ojos, su mirada verde brillando con un valor y honestidad desarmante—. No eres un acompañante. Eres mi ancla. Y decía la verdad cuando dije que tu eres mi tipo de persona. Nadie más.
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Editado: 01.05.2026