El hijo del inframundo

Capítulo 21

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Hades emergió primero. Vestía un traje antiguo de ceda color obsidiana que parecía estar hecho de sombras sólidas que fluían con cada paso. Su piel era tan pálida como la de Zoí, cubierto de pecas negras como manchas de tinta en un lienzo blanco, pero sus ojos eran dos pozos de negrura infinita donde brillaban sus iris rojo como un corazón palpitante. Sobre sus hombros, una capa que parecía ser niebla oscura vuelta tela se sujetaba con una cadena de diamantes en bruto. No llevaba corona aunque sí joyas doradas y monedas de Caronte, el aire parecía inclinarse ante él o al menos enfriarse.

​A su lado, con su mano entrelasada al antebrazo del rey del inframundo, caminaba Perséfone.

​Ella era el equilibrio perfecto de la suavidad y la belleza. Llevaba un vestido de terciopelo verde tan oscuro que parecía negro, bordado con granadas de rubíes que parecían gotas de sangre fresca. En su cabeza, una corona de espinas de hierro entrelazadas con flores de asfódelo que nunca marchitaban. Su pelo era blanco puro liso como su hijo y estaba atado alrededor de su corona con una pulcritud y belleza olímpica. Sus ojos eran del mismo verde vivo que los de Zoí, pero en ellos se leía la sabiduría de quien ha visto nacer la primavera y morir el invierno un millón de veces.

​Al verlos, los Olímpicos retrocedieron un paso, casi por instinto. Incluso Zeus enderezó la espalda, perdiendo esa sonrisa socarrona.

Una vez la pareja salió del portal, este volvió a hundirse en la tierra volviendo al piso de la pista como si nada hubiera pasado.

​Hades recorrió el salón con una mirada aburrida, como quien ve el trabajo que tendrá que hacer más tarde, hasta que sus ojos dieron con la pequeña figura de Zoí junto a Rogmí. Una chispa de orgullo, casi imperceptible, suavizó sus facciones de mármol.

​—Veo que la superficie no ha logrado ensuciar tu elegancia, hijo mío —la voz de Hades no retumbó como la de Zeus; se deslizó por el suelo como una serpiente, fría y presente en los oídos de todos los asistentes—. Y veo que finalmente has decidido rodearte de... —miró a Rogmí de arriba abajo, sus ojos deteniéndose en el emblema de Ares— ...companía interesante.

​Perséfone soltó el brazo de su esposo y caminó hacia Zoí. El hielo que se había formado en el suelo se derritió a su paso, dejando pequeños brotes de flores oscuras entre las grietas de la piedra. Ignoró a Zeus, ignoró a Hera y fue directa a su hijo, tomándole el rostro con sus manos, que para sorpresa de los presentes, irradiaban un calor reconfortante.

​—Mi pequeño brote —susurró Perséfone, dándole un beso en la frente mostrando una sonrisa suave y maternal—. Estás radiante. Y hueles a... ¿hamburguesa?
​Zoí se puso rojo hasta las orejas mientras Rogmí intentaba, sin éxito, hacerse invisible detrás de una columna.

Los alumnos se apartaban evidentemente de la familia cetónica como si tuvieran miedo de ser arrastrados al inframundo solo por estar demasiado cerca.

​—Es una larga historia, madre —logró decir Zoí, recuperando su compostura mientras hacía una reverencia impecable—. Bienvenidos a la Academia.

​Hades se acercó a ellos, situándose detrás de su esposa y su hijo. La tríada del Inframundo ahora estaba completa en medio del salón, formando una mancha de oscuridad elegante y poderosa que hacía que el resto del Olimpo pareciera, por un momento, demasiado ruidoso y brillante.
​Hades clavó su mirada en Zeus.

​—Hermano —dijo con una cortesía cortante—. Lamento la demora. Abrir portales desde el Inframundo a lugares exactos resultó más complicado de lo que creímos.

Zeus apareció en un relámpago frente a la familia. Los tres cetónicos se frotaron los ojos a la vez por el repentino resplandor.

—¡Por el amor de...! Zeus, ¿puedes dejar de hacer eso? —Hades se masajeó el puente de la nariz con un suspiro de agotamiento—. Tienes el control del rayo, no eres una lámpara estroboscópica. Hay gente aquí con córneas sensibles.

Zeus soltó una carcajada que hizo vibrar las copas de néctar, ignorando por completo la queja. Se acercó a Hades con la intención de darle una palmada en la espalda, pero se detuvo al ver la mirada gélida de su hermano, que parecía decir: "Tócame y te juro que Caronte no te aceptará el cupón de descuento cuando mueras".

—¡Siempre tan alegre, Hades! —Zeus sonrió, expandiendo su pecho—. El Olimpo te extraña. Bueno, lo que no extrañamos son el pilón de cartas sin responder. Inventaste el termino ¨clavar el visto¨ mucho antes de que los celulares existieran.

—Hades, querido —Hera se acercó, luciendo su corona con una dignidad que intentaba eclipsar la de Perséfone—. Sigues vistiendo como si fueras a tu propio funeral. Y Perséfone... ese color verde es tan... ecológico.

Perséfone le devolvió una sonrisa que tenía la misma calidez que un bosque antes de una tormenta de nieve. Se había movido al lado contrario de su marido para evitar discretamente la cercanía de Zeus.

—Hera, siempre es un placer ver que tu capacidad de observación no ha disminuido con los milenios. Veo que Zeus sigue brillando tanto que casi no se notan sus nuevas... distracciones.

La tensión entre las reinas era casi palpable, pero Hades simplemente miró a su alrededor con una calma imperturbable, ignorando los dramas de su familia como si fueran simples moscas.

Poseidón aparicion como una ola palmeando amistosamente la espalda mientras soltaba una gran carcajada.

—¡Que alegría tenerte otra vez cerca hermano! Y a la linda Perséfone y el nuevo encanto de Zoí —Se apoyo sobre el hombro de su hermano como si no temiera pagar de más en el barco de Caronte —. La familia finalmente reunida. Y tambien finalmente podemos hablar de todos esos mensajes sin respuesta que llevan siglos acumulando polvo. ¿Sigues sin considerar conseguir un celular cetónico y conectarte a la red?

Hades quito suave pero firmemente el brazo de Poseidón de su hombro y algo asqueado por su olor a pescado y sal de mar.




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