El hijo del inframundo

Epilogo

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La Gala de Bienvenida llegaba a su fin. El brillo dorado de las lámparas de colores y las antorchas mágicas se había atenuado y la mayoría de los dioses habían regresado a sus reinos, dejando tras de sí un rastro de ambrosía derramada y promesas vacías a sus hijos. La mayoría de los estudiantes ya habían vuelto a sus dormitorios o estaban merodeando y charlando por los pasillos de la academia.

Hades y Perséfone se habían quedado hablando con Reia en un balcón del salón, poniéndose al día de los siglos en un par de horas. Eftheía y Raz habían encontrado finalmente un buen ritmo para bailar en la pista vacía mientras Abel y Lowy los grababan y chismoseaban de la noche.

Zoí caminaba por los jardines laterales de la Academia, buscando a Rogmí. El hijo de Ares había desaparecido de su lado hacía apenas diez minutos tras ir a buscar, supuestamente, "algo de aire fresco". Al doblar una esquina bordeada de estatuas de mármol, Zoí lo vio.

Rogmí estaba apoyado contra una de las columnas, pero algo en su postura era diferente. No era la tensión habitual de sus hombros; había una soltura extraña, una elegancia que no encajaba con el chico que apenas sabía qué hacer con sus propias manos en un evento formal.

—Por fin te encuentro, Zoí —dijo Rogmí, y su voz sonaba más suave, más melódica de lo normal.

Se acercó a Zoí con un paso felino, atrapándolo entre su cuerpo y la columna. Rogmí lo miró intensamente, con una confianza que rozaba la arrogancia y deslizó una mano por la cintura de Zoí, atrayéndolo hacia él con una fuerza posesiva que no tenía nada de la torpeza bruta que el hijo de Ares solía mostrar.

—La fiesta ha sido larga —susurró inclinando la cabeza para rozar con su nariz la oreja de Zoí—. ¿Qué te parece si buscamos un lugar donde los ojos de tu padre no lleguen? He estado pensando mucho en lo que me dijiste de aprovechar cada momento.

Zoí se quedó inmóvil. Sintió la mano cálida del chico subir por su espalda, un toque eléctrico que le erizó los cabellos de la nuca. Pero en lugar de sonrojarse o corresponder ,Zoí suspiró, una exhalación gélida que hizo que el aire se condensara frente a sus labios.

—Sabes, tío —dijo Zoí, su voz tan plana y aburrida como la de Hades en un lunes por la mañana—, para ser el Rey del Olimpo, tus métodos de seducción están un poco anticuados.

El cuerpo de Rogmí se tensó. Zoí lo apartó con una mano firme en el pecho y dio un paso hacia atrás, cruzándose de brazos con una calma exasperante. Apartándose con la facilidad de un espectro sin cuerpo físico.

—¿Qué te ha delatado? —preguntó la figura. En un parpadeo, la imagen de Rogmí se deshizo en chispas eléctricas y Zeus apareció en su lugar ganando altura y luminosidad en medio segundo. El dios se encogió de hombros, divertido, sin un ápice de remordimiento en su rostro—. ¿Acaso ha sido el aura? ¿O es que tu poder de hijo de la muerte puede ver a través de mis disfraces?

—No hizo falta nada de eso —respondió Zoí, limpiándose una mancha inexistente en su túnica, para nada intimidado con la aparicion del dios—. Rogmí no es capaz de decir dos oraciones seguidas sin soltar una palabrota o insultar a alguien. Este "Rogmí" hablaba como un poeta de cuarta categoría. Fue insultante para mi inteligencia, la verdad.

Zeus soltó una carcajada estruendosa que hizo temblar las hojas de los árboles cercanos. No parecía ofendido por haber sido descubierto intentando engañar al hijo de su hermano; para él, era solo un juego de poder más, una de esas travesuras divinas que en el Olimpo se normalizaban como si fueran anécdotas de cena.

—Tu padre me advirtió que eras difícil —Zeus sonrió, y sus ojos relampaguearon con una mezcla de curiosidad y respeto peligroso—. Solo quería ver si la "ancla" de la que tanto hablas era real o solo una fachada. Ver que sacaste de cada uno de tus padres. Tienes buen ojo, pequeño espectro. La lealtad es una moneda rara en este mundo.

—En mi casa, la lealtad es lo único que mantiene a las almas en su lugar —replicó Zoí, manteniendo el contacto visual, sus ojos verdes manteniéndose firme—. Y si lo que buscabas era divertirte a costa de mis sentimientos, te sugiero que busques a alguien más impresionable. Aprendí a detectar mentiras antes de aprender a caminar, tío.

—Dile a Hades que tiene un heredero digno de su mal humor y mándale saludos a tus hermanos de mi parte. Yo ya me tengo que ir, no quiero que Hera te vuelva una lombriz si sospecha algo. Espero verte pronto, Zoí —Zeus asintió, en un trueno que hizo retumbar el piso dejando una marca quemada en el pasto y una estática que le crespo los pelos.

Tras el retumbar del trueno el silencio regresó al jardín. Zoí dejó escapar el aire que no sabía que estaba reteniendo mientras se frotaba los ojos por la repentina luz. No estaba asustado; estaba cansado. Esa era la realidad del Olimpo: una red constante de engaños, transformaciones y caprichos divinos que no respetaban límites. Era de los pocos puntos negativos de la tierra ,a sus ojos, ya suponía que Zeus intentaría engañarlo tal cual hizo con su madre pero el silencio que debía mantener por el hecho era lo que más le molestaba.

—¿Zoí? ¿Por qué mierda te fuiste tan lejos? Solo salí un momento a buscar esto —la voz de Rogmí, el de verdad, resonó desde el otro lado del jardín.

Zoí se giró y vio al hijo de Ares acercándose, llevaba en sus manos dos latas de Monster de mango loco, tropezando con una raíz y soltando una maldición entre dientes que habría hecho sonrojar a un camionero. Se veía despeinado, con la camisa ya desabotonada, sin el chaleco a la viste y una expresión de genuina preocupación.

—No era nada, Rogmí —sonrió Zoí, sintiendo por fin el calor real que emanaba de su amigo—. Solo me estaba asegurando de que el cielo no cayera sobre nosotros esta noche.

Rogmí miró el cielo confundido y le ofreció una lata.

—Tío, hablas más raro cada vez. Pero oye, Eftheía dice que ya nos tenemos que ir o Hécate nos hará limpiar el lugar. Tambien conseguí estas latas para pasar la noche en vela. Vamos, muévete antes de que nos cierren las puertas y la tumbe a cabezazos.




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