El Hijo del Sol

Prólogo. Cazadores de Vampiros

Dicen que desde siempre ha existido lo bueno y lo malo, y que donde hay oscuridad siempre va a haber luz. Pero eso es una mentira. Hace muchos siglos atrás, la bondad y la alegría no existían en Darél, solo había maldad. Nadie sabe con exactitud quién fue el primero, ni de donde vino. Pero todos sabían qué eran: Vampiros.

Eran personas de todos los tamaños y formas, con un aura imponente y una belleza codiciada. Una verdadera maravilla de la naturaleza, o al menos, solo por fuera. Porque con su llegada, trajeron desgracia y muerte.

Los vampiros eran codiciosos, solo buscaban saciar su sed de sangre, sin importar a cuantos niños, hombres y mujeres tuvieran que asesinar… Las familias tenían que esconderse y tan pronto como la noche caía, lo único que les quedaba hacer era rezarle a un ser omnipotente para que los ayudara o simplemente para que su muerte no fuera tan dolorosa.

Y cuando creyeron que era el fin de la humanidad, por primera vez en un siglo de oscuridad, un rayo de luz alumbró a Darél, con el nacimiento de cinco niños, que portaban la señal divina: una cruz.

Estos niños crecieron con una fuerza sobrehumana y con habilidades que nadie podía explicar. Y cuando se hicieron mayores, fueron los únicos que pudieron enfrentarse a los vampiros. Y por primera vez, Darél volvió a florecer, y aquellos descendientes con la marca divina fueron llamados: Cazavampiros, los hijos del sol.




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