El Hijo del Sol

Capítulo 1. Cicatrices del pasado

El alba apenas comenzaba a diluir la oscuridad cuando los puños de Rowan golpearon el tronco de un roble hasta desgarrarse la piel. La corteza quedó marcada, y sus nudillos también. Corría hasta que el aire le quemaba los pulmones. Y trepaba hasta que los músculos le temblaban. Y aunque caía, siempre se levantaba.

Rowan entrenaba no para ser fuerte, sino para dejar de ser el error de su familia. Los Valenor no eran un apellido: eran una promesa. Durante siglos, su linaje había sido bendecido con el don del fuego, llamas que ardían contra los vampiros. Una marca de superioridad, de pureza.

O al menos lo era, hasta que nació Rowan.

Rowan Valenor, el hijo menor. El que nunca invocó una chispa y aquel que sobrevivió cuando no debía.

- ¡Maldita sea, Rowan!. ¿Es enserio que en vez de estar entrenando estés durmiendo? Solo estás perdiendo el tiempo – Valkyon Valenor, jaló tan fuerte las sábanas que terminó tirando a su hijo.

Rowan no respondió de inmediato, no podía decirle que llevaba horas despierto. No pudo decirle que prefería entrenar por la noche y regresar por la mañana.

- Esta será tu última prueba, si no lo logras, no me importará expulsarte del clan.

Rowan ni siquiera intentó volver a dormir y bajó al comedor, donde ya lo estaba esperando su madre, dedicándole la misma sonrisa cálida de siempre.

- ¿Dormiste bien hijo? – Su madre preguntó con suavidad, pero Rowan no contestó. Sabía lo que venía. – Hoy es el aniversario de tu hermano – añadió ella. – ¿Podrías venir con nosotros esta vez?

Los hombros de Rowan se tensaron.

- Ya déjalo, madre. – Castiel apareció apoyado en el marco de la puerta. Tan perfecto y fuerte. Todo lo que un Valenor debía ser. – Rowan no tiene derecho a pararse frente a Darius.

- Castiel.

- Es la verdad. De no ser por él, Darius aún estaría vivo – Castiel lo miró con odio. – Esa noche, él debió morir.

Rowan aún podía escuchar la voz de su hermano, como si aquella fatídica noche hubiera sido ayer y no hace dos años. En ese entonces Rowan tenía 17 años, cuando suplicaba acompañar a Darius en su vigilia.

- Solo media hora - le había dicho Darius aquella noche. – Y será a escondidas. Si padre se entera, me mata a mí primero.

Darius siempre lo protegía y siempre lo cubría. Le explicó los límites del territorio, los tratados entre clanes, las zonas prohibidas.

- Nuestro límite llega hasta ese pino. ¿Lo ves?

Rowan apenas escuchaba. Estaba embriagado por la emoción de, por fin, sentirse incluido. Y entonces el comunicador vibró: Actividad sospechosa.

- No te muevas de aquí – ordenó Darius antes de desaparecer entre los árboles. Rowan prometió. Y rompió la promesa segundos después.

Lo siguió… Corrió… Se perdió. Y cuando intentó regresar, ya había cruzado el límite.

Rowan sintió una presencia antes de verla, era algo que no pertenecía al mundo humano. Una mujer emergió de la oscuridad como si la noche la hubiera dado a luz. Cabellos dorados. Sonrisa lenta. Ojos demasiado antiguos para un rostro tan joven. Era la primera vez que Rowan veía a un vampiro y no era un monstruo. Era hermosa, eso lo aterrorizó más.

Ella se abalanzó primero.

Rowan luchó. Mal, torpe y asustado. Y cuando sus fuerzas cedían, el fuego iluminó el bosque. Darius apareció como una llamarada viva. Las llamas danzaban en sus manos, puras y brillantes. La vampira retrocedió, siseando.

Rowan apenas respiraba cuando ocurrió. No hubo advertencia, ni siquiera sonido. Solo una sombra que se desprendió del tronco detrás de Darius. Una silueta más alta, más quieta y más peligrosa. Rowan quiso gritar, pero el miedo no lo dejó. Algo atravesó el pecho de Darius.

Limpio, preciso….. y el fuego se extinguió al instante. Darius cayó.

Rowan aún escuchaba el sonido del cuerpo de su hermano al caer. Aún olía la sangre y aún sentía el peso insoportable de haber cruzado esa línea. Porque cuando los cazadores llegaron, cuando su padre llegó… El cuerpo de Darius, había desaparecido.




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